Actualizado: 20/05/2022 11:41
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Béisbol

La pelota en su terreno

Cuba alcanzó en 2006 el segundo lugar en el Clásico Mundial, pero archivó un rosario de derrotas internacionales.

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Pocos días después, fue el Torneo Preolímpico de las Américas, cuya sui géneris modalidad organizativa —que no ofrecía peligros para las aspiraciones cubanas— no pudo evitar la contundente derrota frente al equipo norteamericano en el juego final, cuando se había conseguido el objetivo de la clasificación olímpica.

Por último, las provincias centrales del país fueron sede de un hecho inédito: un equipo cubano quedaba por debajo del cuarto lugar en un evento de primer nivel. La representación de la mayor de las Antillas sólo pudo anclar en el sexto lugar del Campeonato Mundial Juvenil.

¿La victoria?

Finalmente, para concluir la temporada, el equipo Cuba ganó la Copa Intercontinental (9-19 noviembre), en Taipei de China. Para vencer, necesitaron enfrentar el único certamen en la historia en que un representativo europeo discutió el primer lugar (un torneo sin representación del continente americano —donde se concentra la fuerza de este deporte—, aparte de la suya).

Se trató de una representación asiática, con fuerza muy disminuida al no contar con atletas de mayor calidad y renombre (léase una selección de la Liga Empresarial Amateur de Japón), que fue incapaz de anotar una sola carrera en los dos juegos de la etapa final y, sin embargo, venció al elenco cubano en un juego amistoso y en otro del calendario regular.

Para ganar la Copa, en el desafío final, el equipo cubano necesitó 11 entradas, cinco errores de los jugadores holandeses, cinco lanzadores contrarios, y la decisión del director técnico adversario de retirar del juego a los dos lanzadores que habían logrado maniatar fácilmente a la ofensiva antillana.

No obstante, la angustiosa victoria puede servir de consuelo a dirigentes y aficionados sobrecogidos ante un cúmulo de derrotas nunca antes vistas ni soñadas en el panorama beisbolero nacional.

Balance y perspectivas

Este año más que gris para el béisbol cubano y de pésimos augurios para la hegemonía internacional a que está acostumbrado, es resultado del poco espíritu crítico que predomina en las autoridades de la Isla, las cuales sobrestimaron en los últimos años las victorias logradas ante rivales inferiores y despreciaron las señales de debilidad que reportaron varias victorias angustiosas, las derrotas ante equipos profesionales japoneses y mexicanos, o la pérdida del título olímpico en Sydney 2000.

Directivos y fanáticos continúan cantando loas a esa supuesta superioridad, sin reconocer que el equipo de los Orioles de Baltimore asumió en 1999 sus enfrentamientos con la selección cubana sin sus principales figuras, que casi ningún bateador salido de la Isla en los últimos años ha dado la talla en las Ligas Mayores del béisbol norteamericano, y que Omar Linares, quien fue por mucho el mejor bateador de las Series Nacionales en los años ochenta y noventa, no pudo hacer justicia al béisbol de la Isla durante su permanencia de tres temporadas en la pelota élite de Japón.

Al concluir el Clásico de marzo, volvió a pasarse el cerrojo informativo sobre las Grandes Ligas y la pelota profesional en general. Parece que el gobierno persiste en imponer al deporte nacional esa especie de síndrome de la Muralla China, conformándose con victorias huecas en torneos de poca monta.

Está por ver si decide conectar con la realidad y reconocer que, como todo en el mundo, la pelota también cambió y para ocupar el lugar que corresponde a la tradición, potencialidad y preferencias de que goza este deporte en Cuba, debe renunciar al politizado monopolio que mantiene sobre la práctica y la difusión.

Si Cuba no se abre a los nuevos horizontes y escenarios, las glorias del béisbol nacional serán cosa del pasado. Está por ver si el gobierno demuestra la valentía política y la consecuencia ética de liberar el deporte nacional de las trabas que lo retrasan, o si se conformará con esperar a ejercer una falsa superioridad en eventos sin calidad. De cualquier manera, después de esta temporada difícil ya no quedarán muchos incautos desinformados que sigan creyendo en una supremacía sin fundamento real.

Finalmente, se ha dado la voz —esta vez en serio— de jugar al duro, según el lenguaje beisbolero de las calles. Ante este reto, los que mandan tienen la responsabilidad de decidir y la "pelota en su terreno".


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