Actualizado: 13/07/2020 12:18
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Ajedrez

Ni ruso ni jamón

El Gran Maestro Leinier Domínguez, un fiñe a quien pude arrancar un par de tablas hace mucho tiempo, triunfa en el Capablanca in Memóriam.

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Un amigo lamenta que su ídolo ajedrecístico haya hecho de la maestría en las competiciones de alto nivel un modo de practicar el oficio de carpintero. "Tablas, tablas, tablas… ¿Es que no sabe hacer otra cosa que tablas? ¿Juega a no perder?", dice y se le sale el cubaneo: "¿Es que no le cuelgan?".

Como muchos otros, él también mueve la cabeza de un lado a otro, pesimista, cuando oye la misma letanía: tablas, medio punto, armisticio… Pero yo no comparto su decepción. Quisiera convencerlo a partir de hechos y análisis de partidas, pero no, me subo a la máquina del tiempo, y lo que hago es recordar.

Campeonato Nacional Juvenil, Matanzas, 1995. Tengo delante de mí, tablero por medio, a un "enano" de doce años precedido de mucha fama. Minutos antes de comenzar la partida, lo examino bien, mirada ceñuda, y abombo el pecho como los palomos, algo inconsciente pero que suele impresionar. Al alfeñique no. Parece más interesado en colocar sus piezas negras en el medio perfecto de las casillas, y ese acto me remite a los niños que juegan con soldaditos. El pensamiento me relaja, y me digo confianzudo que lo voy a desaparecer del tablero: "Eso de niños ganándole a maestros, sólo sucede en Rusia".

Comienza la partida, juego el agresivo peón rey y mi contrario mueve un soldadito planteándome la defensa siciliana, y quien ha visto El Padrino, sabe que estos, de defensivos, no tienen nada. "¿Ah, sí?", me espoleo y le juego una continuación aguda, con la idea de machucar su precoz valentía. Pero él también hace lo mismo, sosteniéndose en el precipicio. Llega un momento en que pienso que tengo un ataque arrollador, y le coloco un caballo "ahí-ahí", a merced de sus juguetitos, pero parece que le han leído La Odisea y conoce el concepto de "Caballo de Troya".

Vuelvo a abombar el pecho, enseño bíceps, arqueo más las cejas si es posible, y del vapor sale la idea de embutirlo de hemoglobina, y le acerco mi otro caballito a su rey, quien se ríe a carcajadas rodeado como está de una muralla de peones centrales: ¡No les hace caso! A la vez, se entretiene en organizar un ataque, ahora que tengo mis dos caballitos allá lejos, allá, y menos piezas operativas acá para defender a mi rey. Y me doy cuenta, quién sabe si demasiado tarde, que el enanito no será ruso, pero tampoco es jamón.

Paso a la defensiva, ahora es a mí a quien le pende la espada de Damocles. El ataque es fuerte, tengo que recoger la madera de mis caballos para reponer defensores caídos, y la lucha que yo estimaba más corta que la estatura de mi oponente, se extiende las cuatro horas reglamentarias y más allá, hasta el aplazamiento, con más interrogantes que certezas acerca de mi futuro.

Por suerte, durante la noche, mi entrenador y yo encontramos una combinación salvadora, sacrificando la dama, y la partida terminó por jaque perpetuo. Cuando firmamos el armisticio y nos estrechamos las manos, sentí el apretón mucho más fuerte que al inicio. No sé, puede que haya sido idea mía.

Mi amigo sigue con la cantaleta, dale que dale. Se parece a los de la Esquina Caliente, con la diferencia que en ajedrez de élite a veces las estadísticas no indican el conocimiento que se tiene de un jugador. Se lo hago notar, me mira acomplejado, preguntándose si le habré dicho sapo, pero por si las moscas saca su tablero de ajedrez, y me muestra las partidas de los torneos recientes. "¿No ves?". Me enseña lo que son regueros de piezas para él, amenazas inmediatas, posiciones finales. "¿Cómo es posible que todas terminen en tablas? Por ejemplo…", dice y enseña esta otra: "…aquí está ganado, ¿no?".

A él se le han escapado unos cuantos detalles. No sólo en una, sino en varias el ídolo ha estado ganado. Aunque también ha estado perdido y se ha salvado. Pero mi amigo no lo sabe. No lo nota. También se le ha escapado lo cruento de las batallas que ha reproducido, donde el humo no deja contar las bajas, pero como el que no sabe es como el que no ve, no ha sentido la vibración de los golpes ni las gotas de sangre salpicarlo. Reproduce una y otra vez enfrentamientos que, si se llevaran a la vida real, opacarían las escenas de El Gladiador. Está ciego, y no sé cómo explicárselo. Lo dejo hablar, manotear, y desconecto.

Los ninjas de las pelis

Vuelvo en el tiempo, donde el mismo alfeñique, un año mayor, menos enano y más fuerte. Lo tengo de nuevo ante mí, con un título de Maestro Internacional y esta vez con piezas blancas: Open Internacional ISLA, 1996.

Ha cambiado un poco. Ha dado un estirón —como su juego—, tiene pelitos en las mejillas y la voz se le desafina a veces: las hormonas no entienden de títulos. Pero eso lo había notado antes. Ahora está concentrado frente a las piezas, disueltas en una variante "vieja-vieja" que le saqué de la manga con la idea de sorprenderlo, objetivo que al parecer logré. Mi variante de apertura no es nada espectacular, incluso dicen es inferior, pero tiene que encontrar una sola jugada que lo mantenga y luego jalar una larga cadena de movimientos para mantener algo más que la ventaja de la salida; no creo que lo logre, es "inexperto" y, por lo visto, nunca ha visto la variante.

Consume todo el tiempo del mundo buscando la jugada que lo saque del atolladero, hasta que lo logra. Bien, no es nada del otro mundo; le respondo con rapidez, y se suma en cavilaciones. Apenas pestañea, se sostiene la cabeza con las manos y sigue con sus ojos varios recorridos imaginarios para sus piezas, pero sabe que sólo tendrá una oportunidad. Así que sin perder la concentración, saca otra jugada, y otra jugada, y otra más. Veo que las cosas me habrían podido ir mal, sino fuera porque la variante que los libros consideran ventajosa para mi rival, en realidad no lo es tanto, y estaba dispuesto a demostrarlo con una novedad teórica… pero su mano se queda en suspense, en el aire, sin llegar a cometer el error de libro, y se sume de nuevo en sus pensamientos.

El reloj no se ha detenido, pero no parece molestarle, determinado como está en encontrar la mejor continuación. Y quedándole apenas diez minutos, se ha apartado del precipicio, convencido de que no estoy allá abajo, en el fondo, sino a sus espaldas, calculando cómo rebanarle el cuello lo más rápido posible, y dándome el frente, ha desenvainado el sable de una contra-novedad, parida in situ.

Una vez más, vuelvo a estar a la defensiva. En esta ocasión corro el peligro de ser inmortalizado en los textos de cómo "no" se debe jugar ajedrez. El muchachito que tengo frente a mí me está masacrando como sólo lo pueden hacer los ninjas de las pelis coreanas, pero para su desgracia tiene que elegir entre tasajearme fino, como bistec de primera, o hacerme ropa vieja a base de estrellitas voladoras, y todo eso con menos de dos minutos.

Por primera vez lo veo nervioso, intercambiando miradas entre el reloj y sus armas en la mano: y comete el error de quererlo todo, aporrearme el flaco rey y acuchillarme el de la dama, sin darse cuenta que con una simple continuación protejo mi campo y él tiene que retirarse con su tropa dispersa. Al desvanecerse el polvo de la contienda, y sacando las cuentas de las bajas, percibimos que todavía tengo una pequeña desventaja, pero que se puede desbalancear en cualquier momento. Caballo viejo, prefiero pedirle tablas que serán aceptadas por el fiñe ante la posibilidad de que Cronos lo devore.

"¿Ves?", me despierta mi amigo. "¿No crees que son muchas tablas?". No sé cómo convencerlo, no cuenta la historia ni los éxitos de este fiñe mucho tiempo después que pude arrancarle un par de tablas. No tiene valor el razonamiento de que, si jugara con él ahora, virtualmente me despedazaría, como a muchos que dentro de unos años —me gusta soñar— recordarán que compartieron el punto con Leinier Domínguez allá, en la élite, y le cuenten una historia parecida a otros jugadores inferiores —vanagloriándose: "¡Le hice tablas a Domínguez, le hice tablas a Domínguez!"—, aunque tal vez ellos sí sean capaces de hacer entender, como lobos que fueron, que las garras se crían y endurecen con el tiempo, y que del otro lado del tablero también hay quienes se afilan los colmillos.

No sé cómo decírselo a mi amigo sin que piense que lo menosprecio, así que me encojo de hombros, desconecto otra vez y me sumerjo en mis recuerdos.


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