Actualizado: 25/01/2022 14:16
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Literatura

Un judío de números y letras

José Kozer: «La poesía se ha vuelto de élite y la gente perezosa, hay una enorme pereza espiritual y cultural».

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Considerado una de las figuras fundamentales de la actual poesía en castellano, referencia creciente para la joven literatura cubana, José Kozer ha segregado alrededor de 6.300 poemas, además de ensayos y diarios. "A veces digo, en broma, que soy ocho o diez poetas —asegura este escritor de ascendencia hebrea—. Cuando me hablan de un poeta muy prolífico, que ha escrito 800 ó 1.000 poemas, qué decirte, me desternillo de la risa".

Premio de la Fundación Cintas en 1964, de Gulbenkin en 1967 y de Poesía Julio Tovar en 1974, Kozer ha publicado más de treinta títulos, entre los que figuran Este judío de números y letras, La maquinaria ilimitada, Una huella destartalada (prosa) y No buscan reflejarse.

La editorial Visor publicó recientemente la antología Y del esparto la invariabilidad, que reúne poemas suyos escritos entre 1983 y 2004. Se trata de la primera ocasión en que la prestigiosa casa madrileña publica a un autor cubano en el exilio. "No hago libros de poemas, sólo segrego poemas —puntualiza Kozer—: soy un gusano (desde 1960) de seda acostumbrado a esta labor que me ocupa y vacía".

Una pregunta práctica: ¿En qué forma ha sobrevivido, y crecido, un poeta prolífico como usted en un país como Estados Unidos?

Hay una clave, y en el mundo moderno tendemos a olvidar las lecciones más elementales. Nos hemos desconectado de Confucio, de las bases del sentido común, que es uno de los sentidos menos comunes hoy en día.

En Cuba al centavo, a la moneda de un centavo, se le llama quilo. Y he inventado un verbo que espero algún día exista en el diccionario de cubanismos: quiletear. Yo llegué a Estados Unidos sin un centavo, llegué con cincuenta dólares en el bolsillo y puse la mitad en un banco. Una tradición judía muy vieja dice que si cuidas el centavo, si lo quileteas, encontrarás un espacio de libertad para hacer lo que quieres hacer. Y en este país le corresponde a cada quien hacer lo que quiere hacer, de acuerdo a sus necesidades y a sus deseos. Lo mío fue siempre la escritura y la lectura.

Tengo un gran amigo colombiano que en un momento determinado se me acerca preguntándome cómo yo, que ganaba mucho menos dinero que él, podía tener una buena casa —esto fue hace algunos años en Nueva York—, viajar todos los años a España, atender a mis hijas… "Yo, en cambio —me dice—, vivo mal, no puedo viajar, tengo deudas… ¿cómo te las arreglas?". "Amigo, porque no gasto mi dinero en chicle", le respondí. Y le expliqué: "Tú te levantas por la mañana y compras cuatro revistas que no lees porque no tienes tiempo… desayunas fuera en vez de hacerlo en casa… en lugar de tomar el metro tomas el tren de Long Island, que cuesta cuatro veces más… sales del trabajo y almuerzas en la calle (cuando yo me llevo un bocadillo a la Universidad), etcétera. Malgastas tu dinero en chicle, yo quileteo".

Aprecio el tipo de vida en la que he incurrido, y que me he ganado a pulso con base a este concepto del quileteo. Es decir, cuesta mucho trabajo ganar dinero y, si eso es así, debe uno esforzarse en cuidar ese dinero. Lo cual no implica tacañería, sino respeto por el dinero. Un respeto no como avaricia, sino como posibilidad de vivir libremente.

¿Cómo actúa la modernidad sobre José Kozer?

Soy un hombre muy frugal. No necesito ropa, no necesito pachanga. Mi vida es una vida interior, y lo fue desde mi niñez. Siempre necesité una interioridad, tiempo para mí mismo. Ahora la vida se ha vuelto quizás más complicada que nunca, pero complicada por culpa nuestra, es decir, en el mundo moderno hay muchas cosas que nos permitirían una mayor libertad si supiésemos cómo manejarlo.

Por ejemplo, siempre fui muy reacio a utilizar la computadora, prefería la mano que escribe, ese movimiento de la mano que escribe. Y hoy no sólo acepto la computadora, sino que la defiendo, porque me ha dado una libertad única a la hora de escribir poesía. Antes, cuando tenía que mecanografiar o escribir a mano, no tenía esa libertad. La mano también es una condena. Lo que no es una condena es tener opciones. Y en el mundo moderno proliferan las opciones.


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