Actualizado: 05/08/2021 10:23
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Colombia

El secuestro como arma de guerra

La sociedad de rehenes que los grupos insurgentes han configurado son la antesala de un Estado totalitario.

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Cuando se aborda un tema como la guerra, es necesario determinar de qué tipo de guerra se trata. La regular está sujeta a normativas que le marcan límites y penalizan las transgresiones de sus leyes. En cambio, las guerras irregulares, como la de guerrillas, se basan en la delincuencia, pues actúan fuera del marco legal establecido por las normas militares, en relación con las leyes de la guerra.

Además, toda fuerza guerrillera, tarde o temprano, practica la delincuencia, o adopta características mafiosas por el simple hecho de que no responden a una doctrina militar, sino a una técnica de guerra. Además, los problemas de logística y sobrevivencia obligan a los guerrilleros a delinquir, para procurarse los medios necesarios de subsistencia y combate. Al cabo de cierto tiempo, la lógica de este entramado conduce al surgimiento de los señores de la guerra, para quienes el conflicto representa un fin en sí mismo, un modo de vida.

En el caso de civiles que practican la violencia, al estar desprovistos de un marco referencial institucional, su acción como guerrilla suele estar motivada por creencias ideológicas. Consideran que el fin justifica los medios y caen inexorablemente en la delincuencia y el terrorismo, pese al idealismo que podría motivarlos.

La diferencia con los militares de carrera es que estos últimos, en lugar de ideología, sustentan su acción en un cuerpo doctrinario, provisto de técnicas que conforman al mismo tiempo una práctica profesional ejercida en nombre del Estado. Cuando los ejércitos regulares, impelidos por las circunstancias, se enfrentan a una situación insurreccional o reprimen bajo regímenes dictatoriales, incurren en terrorismo de Estado, como es el caso de las dictaduras de los años setenta del pasado siglo en América Latina

La guerra irregular es la que ejercen desde hace varios decenios los grupos armados que combaten fuera del sistema establecido en Colombia: guerrillas y paramilitares. La práctica del tráfico de drogas y el secuestro masivo son dos de los ejemplos más fehacientes de sus rasgos delincuentes.

Simple moneda de canje

En Colombia, el secuestro reviste características particulares. Se practica de forma masiva y la manera de procurarse rehenes utilizando como mano de obra a delincuentes urbanos, le otorga connotaciones de tipo gansteril: una relación entre truhanes. La similitud entre la guerrilla y el hampa se percibe en su rechazo al Estado de derecho y en el uso de la extorsión como medio de financiación. En principio, los insurgentes colombianos utilizan a los rehenes para procurarse medios económicos. Se trata seguramente de una reserva en caso de tener dificultades con el tráfico de drogas, su mayor fuente de ingresos.

En realidad, los secuestros son principalmente un arma de guerra ejercida en contra de la sociedad civil, que es, de hecho, la víctima principal del enfrentamiento que libra la guerrilla en Colombia. Su objetivo es mantener a la población en el terror, creando un estado de guerra sin necesidad de atacar militarmente las zonas urbanas.

Además de significar una fuente de financiación de la guerra, el secuestro cumple con un objetivo simbólico, al atentar contra la dignidad humana de los estratos de la sociedad que rechazan los valores del proyecto totalitario que persigue instaurar la guerrilla. Cuando se convierte a un ser humano en rehén, se atenta contra lo que este posee de más íntimo y vulnerable, que es su cuerpo. Se oblitera la dimensión humana de la persona y se le convierte en un cuerpo-objeto, simple moneda de canje. Esa objetivación del cuerpo significa una efracción, una violación del cuerpo, que demuestra el desprecio de quienes ejercen semejante medio, hacia la condición humana, producto del resentimiento que los anima.

El rehén es humillado en lo más íntimo de su dignidad humana. Convertido en objeto inerte, pasivo, desprovisto de iniciativa, sufre por las condiciones a las que es sometido, porque sabe que los suyos sufren. Sufre la temporalidad insoportable de los días que pasan sin la esperanza de un desenlace.

El secuestro y los derechos humanos

La condición de rehén, en particular en Colombia, es una de las más dramáticas en cuanto a derechos humanos se refiere. Separados de la familia, sin derecho a visitas, ni a recibir noticias de sus seres queridos, viven en condiciones infrahumanas, sujetos a enfermedades, sin cuidado médico, sin ley que los proteja, ni opinión pública que abogue por ellos. Entre la categoría de prisioneros, la de los rehenes colombianos, es la más vejada, la más alejada de la condición de ser humano y, hasta ahora, la más olvidada por la opinión pública internacional.

La sociedad de rehenes que los grupos insurgentes han configurado en Colombia, prefigura la sociedad que ellos pretenden crear: la que existe en todos los regímenes totalitarios, donde el grueso de la población es convertida en rehén del poder. ¿Qué se puede esperar de quienes practican, aun sin haber llegado al poder, semejantes métodos vejatorios de la condición humana?

Quienes impiden la libertad de movimiento de los ciudadanos colombianos son los grupos insurgentes y no el gobierno de Colombia. Sobre este elemento no debería existir confusión. ¿Cuándo se le conferirá el apelativo de delincuentes y asesinos a quienes todavía se les menciona con simpatía en la prensa internacional como la "guerrilla marxista"?

¿Cuándo las instancias competentes decidirán decretar el secuestro como un crimen contra la humanidad?


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