Actualizado: 03/02/2023 19:25
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Costa Rica

Más allá de la retórica

Acoso y derribo: La Habana y el diario 'Granma' intentan desestabilizar al gobierno de Oscar Arias.

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El viernes 6 apareció en la primera plana del Órgano Oficial del Partido Comunista de Cuba una nota de la "dirección" del periódico anunciando a sus lectores la publicación de tres escritos de costarricenses.

Uno de los nuevos "colaboradores" de Granma es Rodrigo Carazo, ex presidente y opositor del Tratado de Libre Comercio (TLC) entre Estados Unidos y Costa Rica, quien acusa a Arias de militarista porque no excluye las armas del texto del TLC.

La segunda arremetida la firma un dirigente estudiantil de la Universidad de Costa Rica, quien se une a la línea de exigir manos libres al caos urbano, y se duele de no haber tenido libertad de acción para introducir el desorden en los actos de la Fiesta Patria, el pasado 14 de septiembre. Oscar Barboza escribe: "Es inaudito e inaceptable que la Fuerza Pública requise y controle el libre tránsito de los ciudadanos".

El control del movimiento en un evento masivo, con el antecedente de haberse encontrado armas, explosivos y una lista de posibles amenazas de muerte contra autoridades del gobierno, no sólo parece justificable, sino necesario. Inaudito, eso sí, fue lo sucedido meses atrás en los predios de la Universidad de Costa Rica, cuando compañeros de Barboza impidieron por la fuerza la participación de Oscar Arias en un debate preelectoral.

El tercer tico del Granma, el líder sindical Albino Vargas, convoca y realiza a menudo movilizaciones callejeras en Costa Rica, arenga sobre la desobediencia civil desde la televisión y la radio, y a pesar de ello, es convocado con frecuencia por la Asamblea de Diputados y los ministerios a formar parte de comisiones conciliadoras de posiciones ante diversos asuntos. Son obligaciones elementales del Estado de derecho. No hay nada extraordinario en ello. Lo que sí resulta extraordinario es que Vargas vaya al Granma y a la Cuba de Fidel Castro a hablar de aparatos represivos privados en su país natal.

Granma, por supuesto, no ha publicado ni reflejado en modo alguno los criterios e ideas del gobierno de Costa Rica.

¿El tiro por la culata?

Toda esta acción de "internacionalismo periodístico", evidentemente orquestada desde el hospital habanero en que yace Fidel Castro, se avizora como el preludio de una ofensiva de manifestaciones, obstruccionismo y desestabilización contra el gobierno de Arias.

La confrontación podría agudizarse si al binomio Castro-Chávez y a ese pequeño y contestatario sector costarricense se le suma un gobierno nicaragüense presidido por Daniel Ortega, que tentativamente podría contribuir a la radicalización de los conflictos en la zona.

El riesgo para estos grupos costarricenses que refrendan las políticas populistas de Caracas y La Habana, a la vez que fungen como abanderados de una apasionada e irracional oposición al TLC y a la estrategia modernizadora del gobierno de Arias, podría ser una pérdida de credibilidad interna.

Convertirse en instrumentos de una evidente injerencia extranjera en los asuntos más delicados y vitales que maneja el país podría ser su tumba. Deberían recordar a Ollanta Humala y lo que aconteció con la intromisión de Hugo Chávez en la contienda electoral de Perú.


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