Actualizado: 24/06/2022 11:47
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Rusia

Un muerto muy vivo (I)

¿Desapareció la KGB en 1991? ¿Mantienen los actuales servicios de seguridad los mismos poderes que el antiguo organismo?

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La llegada al Kremlin del actual presidente ruso Vladimir Putin en el año 2000 puso fin a una década de azarosas reformas en Rusia, que había tenido su punto de mayor desastre con el crack de 1998, cuando, bajo el mandato de Boris Yeltsin, el rublo se desplomó y el país quedó al garete, mientras la gente se moría literalmente de hambre.

Entonces, para la mayoría de los rusos quedó claro que los hombres que estaban sacando al país del caos venían de los servicios secretos y la prueba más convincente fueron los tres espías que llegaron consecutivamente al cargo de primer ministro en ese período: Yevgeny Primakov, Sergei Stepashin y, por último, el delfín, Vladimir Putin.

Yeltsin se ocupó además de nombrar como altos consejeros de su etapa final presidencial a otros importantes hombres procedentes de la KGB: el general Nikolay Bordyuzha, ex alto oficial del servicio secreto, y su subalterno Vladimir Makarov. El jefe del servicio de prensa del Kremlin era Boris Ivanov, igualmente ex oficial de inteligencia.

Por su parte, Primakov se encargó de colocar al vicealmirante Yury Zubakov (quien antes había sido su segundo al frente del Servicio de Inteligencia para el Exterior) como su jefe de personal, y al general Valery Kanterov, otro oficial de inteligencia, de supervisor de seguridad para la industria militar.

Los espías reciclados también se apoderaron en esa época de las direcciones de instituciones y empresas consideradas importantes. Por ejemplo, el general Gribory Rapota, otro protegido de Primakov, dirigió la principal empresa exportadora de armas rusas (Rosvooruzheniye) hasta que fue reemplazado por otro oficial cercano a la hija de Yeltsin. Esta empresa recauda ingresos por más de mil millones de dólares cada año, según la agencia ITAR-TASS.

Alexey Chestaperov, ex número dos de la agencia gubernamental para las comunicaciones FAPSI, pasó a dirigir la empresa Rostek, que recauda fondos de los ingresos aduaneros. La prensa no se salvó de esta invasión. Yury Kobaladze, ex portavoz de los servicios secretos, se convirtió en director de la agencia ITAR-TASS, y Lev Koshlyakov, un veterano del contraespionaje, se convirtió en jefe de los servicios de información de la radio y la televisión públicas rusas.

Ante la 'humillación de Rusia'

Los expertos consideran que, aunque por distintos caminos, esta ascendencia de los hombres de la KGB se debió mucho al deseo de la gente de que llegara el orden y cesara la humillación de Rusia por la pérdida del estatus de superpotencia, así como por su desencanto con la democracia.

Primakov, quien había sido jefe de la inteligencia exterior, fue llamado por un debilitado Boris Yeltsin para enfrentar la debacle económica de 1998, y luego sacado abruptamente y reemplazado por Stepanshin, un leal ex jefe de los servicios de inteligencia domésticos (FSB). Pero su incapacidad para restaurar la autoridad, lo hundió en tres meses y dio luz verde al ascenso vertiginoso de la carrera del ex oficial de la KGB Vladimir Putin, quien era jefe del FSB en julio de 1998 y maniobró con mucha habilidad para catapultarse al poder supremo.

Cuando Putin fue nombrado primer ministro, en agosto de 1999, tenía 46 años y había pasado más de 20 en los servicios de inteligencia, dentro y fuera del país: primero en la KGB y luego con su sucesora, el Servicio Federal de Seguridad (FSB). En diciembre de ese año fue nombrado sustituto de Yeltsin, y al año siguiente, 2000, fue elegido en primera vuelta, con una mayoría aplastante, segundo presidente democrático de Rusia.

Nikolai Petrov, analista del Centro Carnegie de Moscú, estima que Primakov, y especialmente Putin, utilizaron sus antecedentes como oficiales para presentar una imagen confiable a sus aliados, el parlamento y la opinión pública.


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