Actualizado: 18/04/2019 9:42
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Europa del Este

Un volcán en erupción

La guerra entre Rusia y Georgia destapa los conflictos postcomunistas y alerta a Occidente sobre la inestabilidad del Cáucaso.

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¿Qué quiere Rusia?

Expertos como Andrei Kortunov, presidente de la Fundación Nueva Euro Asia, rechaza que "haya un plan maestro diseñado por Rusia frente a este conflicto", porque desde el primer día "Rusia siempre ha reaccionado en la improvisación, probablemente no siempre exitosa".

Sin embargo, Occidente tiene otra impresión y la prueba es que durante el período de su presidencia, el actual premier ruso, Vladimir Putin, mantuvo muy malas relaciones con su contraparte georgiana, Mikhail Saakashvili, a quien considera un peón de Washington en la región y quien aspira a convertir Georgia en miembro de la OTAN, algo a lo que Rusia se opone abiertamente.

Si Rusia quisiera una victoria militar sobre Georgia, lo podría lograr fácilmente, pero en el fondo del problema está la llamada "política de los oleoductos" y el actual conflicto en Georgia supone un nuevo reto a los gobiernos y empresas que buscan nuevas vías para llevar el petróleo y el gas del Caspio hacia los mercados mediterráneos.

En el presente, hay tres oleoductos que pasan por Georgia, muy cerca de las posiciones que Rusia tiene en esta región, pero lo que está ahora en peligro son los planes de expansión de Occidente para crear un cuarto corredor que beneficie tanto a los productores del Caspio como a los consumidores europeos.

La Unión Europea respalda las propuestas de desarrollar líneas paralelas que puedan transportar el gas desde Turkmenistán y Kazajstán. O sea, un "cuarto corredor" que evada Rusia y atraviese Georgia, con el cual complementaría los suministros que ahora llegan de Rusia, Noruega y el Norte de África.

Pero la demostración de fuerza de Rusia para "defender a los ciudadanos rusos en el territorio de Osetia del Sur" está siendo vista por los productores de energía del Caspio como una advertencia, ya que allí el 30% de la población es rusa y posee pasaporte ruso. Esta situación seguramente alejará a los inversores del cuarto corredor. Por otro lado, los esfuerzos de las empresas que buscan fondos para proyectos en el sur del Cáucaso serán más difíciles en lo adelante. Y lo peor es el golpe dado por la guerra a la reputación de Georgia como un país seguro para las inversiones de capital foráneas en infraestructura energética.

Esta guerra entre Rusia y Georgia recuerda que los llamados "conflictos congelados" postcomunistas se vuelven con rapidez en volcanes en erupción. Lanzar nuevas líneas y expandir los sistemas de inversión en este ambiente es casi imposible.

Rusia confunde a los aliados

Otra novedad de esta guerra es la manera en que Moscú ha explicado sus acciones: dijo tener "derecho legal" para proteger a sus soldados y a la población rusa en la región, que se encontraban bajo ataque. El premier Vladimir Putin habló del "derecho" de Rusia a "garantizar la seguridad en el Cáucaso" y explicó que la constitución rusa exige a los gobernantes defender a sus ciudadanos, no importa dónde estén. Este argumento convenció a la opinión pública rusa.

Y es que los rusos hablan ahora con una terminología tomada de Occidente. "Aplicar la paz" fue su objetivo declarado y, según avanzó el conflicto, bombardeó ciudades georgianas "para limitar la posibilidad de que Georgia escalara el conflicto". Además, envió miles de soldados al escenario de la guerra y también a Abkjazia y reforzó su flota en el Mar Negro y hundió barcos georgianos con el argumento de "tomar medidas preventivas para que los abkjazios no temieran que el escenario de Osetia del Sur se iba a repetir en su parte".

Rusia pretendió que su avance era una "ayuda humanitaria" para defender a los "rebeldes separatistas y sus tropas de paz". Con esa excusa, los rusos prácticamente demolieron la base militar georgiana de Senaki, "para eliminar la amenaza de nuevos ataques sobre Osetia Sur".

Los rusos también atacaron el puerto de Poti "para impedir que Georgia lanzara otro ataque", y se han cuidado muy bien de utilizar los mismos argumentos que Occidente utilizó en los años recientes para demostrar que los santuarios nacionales pueden cambiar según los intereses políticos que persigan.

Por ejemplo, la "intervención humanitaria" fue la justificación que dio la OTAN para bombardear Yugoslavia en 1999 y también fue en parte la base utilizada por Estados Unidos y Gran Bretaña en 2003 para invadir Irak. Pero, sobre todo, este fue el argumento de otra decisión que ha irritado a Rusia: la independencia de Kosovo contra la voluntad de Serbia.

Rusia también confía en que ni la UE ni EE UU quieren que vuelvan los tiempos de la Guerra Fría y está claro para todos que Occidente no va a utilizar la fuerza para presionar a Rusia. Existen otros muchos problemas de seguridad en el mundo mucho más urgentes, como son Irak, Afganistán, Corea del Norte e Irán.

Los analistas afirman que esta guerra ha mostrado el poder de Rusia en la región y la debilidad de Occidente, que ha sido incapaz de ayudar a Georgia de manera activa y sólo ha brindado palabras de apoyo, mientras Rusia movió sus tropas no sólo a Osetia del Sur, sino también a Abkhazia, la otra provincia separatista georgiana.

Sin solución rápida a la vista

La guerra también puso sobre el tapete que para Georgia no será fácil llegar a las instituciones europeas como la UE y la OTAN, como lo hicieron otros países ex comunistas de Europa del Este, incluso ex repúblicas soviéticas como Estonia, Letonia y Lituania. Su ubicación en el turbulento Cáucaso y los "conflictos congelados" heredados son realidades objetivas que no se pueden obviar por ninguna de las partes.

Por otro lado, Occidente requiere de la cooperación de los rusos en temas candentes, lo cual determinó que en la última cumbre de la Alianza Noratlántica quedara "para más adelante" el tema del ingreso de Georgia, que estaba en la agenda. La UE también se lo piensa porque nadie se enfrenta con alguien que puede cortar los suministros de energía.

Esto indica que el problema no tendrá ni fácil ni rápida solución. Lo más que Occidente puede hacer es mediar en el conflicto, poner fin a la violencia y suministrar ayuda humanitaria. Después, propiciar algún tipo de diálogo entre Moscú y Tbilisi. Y ciertamente, de acuerdo a cómo se han mostrado los problemas en el Cáucaso en el pasado reciente, incluso estos pasos no van a ser fáciles.


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