Actualizado: 28/10/2020 16:03
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Medicina total

A propósito de los cirujanos de Castro: ¿Qué une a los regímenes totalitarios con la medicina?

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Los médicos siempre sopesan el riesgo de cualquier tratamiento contra la gravedad del paciente, y sólo se atreven a intervenir cuando las consecuencias de no hacerlo son evidentemente peores. En este sentido resulta imposible hablar de un "tratamiento grave", o de una "intervención gravísima". Los procedimientos médicos pueden ser delicados, heroicos, molestos, laboriosos, a largo plazo o experimentales; pero no graves o gravísimos, esos adjetivo se reservan, por la propia lógica antiiatrogénica de la profesión, para describir el estado que justifica una determinada conducta.

Dice Cabrera Infante que España y Latinoamérica tienen todo en común, excepto la lengua. Esa podría ser una explicación, pero cuesta trabajo aceptarla, el doctor Sabrido fue muy parco en palabras, y tiene que haberlas pensado muy bien.

Una posibilidad es que quiso describir la condición que aqueja a su paciente mediante el adjetivo que utilizó para referirse a la intervención; sin embargo, eso no concuerda con el diagnóstico que hizo de un "proceso benigno", o con la idea de que el paciente está en "proceso de recuperación". La noticia publicada en el diario El País explora una posibilidad mucho más racional: el error humano.

Salvoconducto y final de Sauerbruch

Sauerbruch también pasó a los anales de medicina moderna en el triste capítulo de las intervenciones iatrogénicas. Cuando las tropas del general Zhukov tomaron Berlín, una de las primeras cosas que hicieron, incluso antes de la rendición, fue proteger al insigne cirujano.

Los rusos cubrieron a Sauerbruch con un manto sagrado. Poco les importó que se tratara de una de las nueve personas que Hitler reconoció con el Premio Nacional de Arte y Ciencia, o que hubiera recibido, también, la Cruz de los Caballeros del Tercer Reich.

Los aliados protestaron el nombramiento de Sauerbruch como jefe de los servicios médicos del Berlín ocupado, pero poco pudieron hacer al respecto. El cirujano alemán, como todo buen médico, tenía una excelente hoja de servicios en cada bando. Por un lado ayudó a muchos judíos a escapar, prestó su casa para que los complotados contra Hitler conspiraran, y convirtió su hospital en un centro de la resistencia antinazi.

Por otro, inspeccionó hospitales de campaña, operó a generales de Hitler y le sirvió como un elemento de la diplomacia activa. Muchos de sus colegas fueron hallados culpables de crímenes contra la humanidad por sus experimentos médicos en humanos. Sauerbruch fue exonerado durante el proceso de desnazificación, y convertido, quizás en honor a Lenin, en una vaca sagrada de la medicina en la República Democrática Alemana.

A partir de ese momento, ya en el ocaso de su vida, creó una de las páginas más tristes en la historia de las intervenciones iatrogénicas. Se negó a aceptar la pérdida de sus facultades como cirujano, siguió operando y operando, hasta convertirse, quién lo diría, en un excelente carnicero. Minutos antes de morir, postrado e inconsciente, movía sus dedos como si estuviera haciendo una sutura quirúrgica.


El cirujano español José Luis García Sabrido (en primer plano), de camino al hospital Gregorio MarañónFoto

El cirujano español José Luis García Sabrido (en primer plano), de camino al hospital Gregorio Marañón. (AP)