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Elogio de la intrascendencia

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un artículo de Richard del Monte Jr.

No sólo los déficits estructurales o políticos condicionan la pobreza. La condicionan, sobre todo, los culturales. En este sentido, Latinoamérica tendría dos caminos: o reconoce que sus déficits culturales generan pobreza material –que no espiritual o moral– y los transforma, o reconoce lo primero y acepta de una buena vez lo segundo, asumiéndose en su vital intrascendencia.

Si la vida es juego, o una broma, como seguramente es y como pareciera proclamar el modo de vida latino, dicha cultura debería asumirlo íntegramente, despejando los sueños de la utopía antiliberal. Reconociéndose pobre y celebrando, en su espíritu hedonista, la otra cara –festiva-- de su pobreza.

¿Puede ser también el desarrollo calidad de vida en un sentido hedonista o recreativo? Por supuesto. El problema es cuando el discurso, la retórica política y hasta cultural, no entroncan con esa realidad. Se pretende gozar del baile y, al unísono, conquistar el cosmos, hacer la revolución, erradicar la injusticia a escala planetaria. Se persigue la “trascendencia” desde el discurso y a través de la política, mientras los cuerpos desnudos, los cuerpos gozosos, los cuerpos entregados a la fiesta y el divertimento, marcan la pauta del día a día.

Probablemente, el gran problema latino sea la retórica, el afán de trascendencia. Una dicotomía que se interpone, recurrente, en el camino de los cuerpos, del desarrollo en lo recreativo, y atasca el fluir de lo real.

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