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Islas y la Revolución Obama

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El décimo número de Islas, la publicación trimestral de temas afrocubanos que edita en Miami el antropólogo Juan Antonio Alvarado, ya está en la calle. A propósito, Cuba Inglesa reproduce uno de los textos fundamentales de este número, que ha tenido la gentileza de cedernos la revista: el artículo de Manuel Cuesta Morúa La Revolución Obama: una mirada desde Cuba.

Los interesados en adquirir el último número de Islas o comunicarse con su editor pueden hacerlo a [email protected]

La Revolución Obama: Una mirada desde Cuba

un artículo de Manuel Cuesta Morúa

Revolución no es un concepto que me parezca asumible para propiciar las transformaciones de una sociedad ni para captar los procesos de cambio político. Es un concepto manido y epistemológicamente falso: las revoluciones políticas, sin contrapeso, han descrito siempre el ciclo de las revoluciones geofísicas: volver al punto de partida. Pero es un término al uso, del lenguaje común, que intenta reflejar que algo profundo está ocurriendo en algún lugar. Tiene valor, por tanto, como metáfora. Como tal, lo uso para el asunto que intento poner en perspectiva.

Los Estados Unidos han atravesado, desde mi punto de vista, por tres revoluciones: la de 1776, que propició la independencia; la de 1968, asociada a las luchas civiles lideradas por Martin Luther King; y la de 2008, protagonizada por Barack Hussein Obama. La primera cambió a toda la nación desde toda la nación; la segunda, al todo por la parte; y la tercera, a todos desde la nación y desde la parte. La primera fue el proceso político-económico que fundó la nación-Estado; las dos restantes son procesos socio-culturales, que completan la nación. Por eso, la primera tiene como protagonistas a todos los norteamericanos, mientras que las otras son asuntos de minorías que atrapan a la nación. Así es la Revolución Obama: desde la minoría le dice a todo un país: yo soy la prueba de que los Estados Unidos por fin pueden completarse.

Debo aclarar que se trata de la Revolución Obama y no la revolución de Obama. Para que sea lo segundo tendría que gobernar. Y debo justificarlo. Empiezo haciéndolo negativamente. Las incendiarias declaraciones de Wright, ex gurú espiritual de Obama, revelaron a un hombre racista, que a su modo rabioso siente la profunda satisfacción de que los suyos llegan, pero lo hace estallando por los dolores del pasado. Si Wright fue el artífice del libro The Audacity of Hope (La audacia de la esperanza) estamos frente a una catarsis de siglos por alguien que vio muchas esperanzas rotas en medio de la falta de audacia.

De otro lado, Geraldine Ferraro, quien ostentaba un cargo honorífico en la campaña de la senadora demócrata Hillary Clinton, no se pudo aguantar para decir que Obama “no estaría en la posición en la que está” si fuera blanco en lugar de negro. Un exabrupto incontrolado que refleja todo cambio auténtico: las resistencias de quienes se supone están, como es el caso de Ferraro, en la línea del progreso.

Así mismo con los medios. The New York Times, liberal, progresista e influyente, pidió en su momento abiertamente el voto para Clinton sin avizorar lo que traducía el mensaje profundo del clan Kennedy cuando se puso del lado de Obama casi al principio. Los demás diarios ni hablar. The Washington Post, Washington Times y los diarios económicos no pegaron el oído a la tierra, como hacían los indios topekas, para escuchar la avalancha desde la lejanía. The Wall Street Journal se lleva las palmas en la antiobamofilia.

Pero la avalancha estaba ahí, a la vista. El conmovedor discurso de Obama sobre la división racial en los Estados Unidos fue un éxito en Internet, al ser visto aproximadamente por 2.5 millones de personas en sólo tres días. Fue además la confirmación de aquel otro que había dado dos años atrás, en junio de 2006, sobre religión y política, considerado entre los discursos más importantes de los últimos cuarenta años.

Y esta Revolución Obama tiene dos caras perfectamente compatibles y asociadas: donde unos ven un presidente negro, otros ven un negro presidente. Casi el cierre de un ciclo cultural que pone a los Estados Unidos, una vez más, a la vanguardia histórica, a pesar de George W.Bush.

Ese ciclo cultural fue rápidamente asimilado por el representante de otra minoría: Bill Richardson, competidor por la nominación demócrata, representante de los hispanos y gobernador de Nuevo México, fue el segundo de los notables, después del católico clan de los Kennedy, en dar su apoyo a Obama y pedirle a la Clinton una retirada honorable y a tiempo por el bien del partido. Richardson llamó a que se uniera al “único presidente que unirá a la nación”. Esto llevó a un comentarista de CNN a decir al minuto que "… podría ser el principio del fin para Clinton", y al mismísimo New York Times a compararla con Ralph Nader en relación con Al Gore.

¿Por qué Obama fascina a Mario Vargas Llosa, a una ciudadana argentina, a líderes árabes, por supuesto que a toda África, no a muchos en el mundo latino y a casi nadie en Cuba? Esta frase de Obama en el Día de la Hispanidad podría ser respuesta suficiente: “No hay una América blanca, otra afroamericana y otra América hispana. Hay una sola América”. Pero no lo es. Obama fascina, porque desde John Kennedy un intelectual no expresa tan vivamente las posibilidades de renovar la nación americana. Como diría el analista político cubano Leonardo Calvo Cárdenas, Obama parece ser el hombre que los Estados Unidos esperaban sin saberlo. Un hombre que ganó la mayoría de las primarias, la mayoría de los delegados, de los superdelegados, las simpatías de los jóvenes… Y que sabe controlar los daños sin perder el control, la dignidad y el sentido de lealtad, como demostró en el caso del reverendo Wright.

Algo hay en este hombre que puede reunir más de diez mil voluntarios para su campaña, que recaudó mucho más que la Clinton y sigue recaudando a escala sin precedentes, para seguro disgusto de las elites políticas cubana y cubano-americana, sobre todo a partir de pequeñas contribuciones enviadas por miles y miles de personas, la mayoría de medianos y pequeños ingresos, es decir: los equivalentes de los tabaqueros de Tampa que en el siglo XIX ayudaron a José Martí.

Ser alumno estrella de la prestigiosa universidad de Harvard, dirigir la revista de su escuela de derecho y ser el único senador afroamericano en la actualidad son más que bellas credenciales en el camino exitoso de la jet society. Son indicios de una potencialidad cultural que disipa para siempre el prejuicio racista de que un negro no puede dirigir una potencia mundial.

Eso es lo que está en juego ahora mismo, y está claro que ninguna sociedad que necesita el cambio en época de cambios puede desaprovechar tal potencialidad. En este sentido los Estados Unidos dan una lección que muchos ignoraban. Hay allí racismo, sin duda alguna. En la tierra del Ku Klux Klan, la llama racista estará siempre encendida en las hogueras pero, a diferencia de Cuba y de República Dominicana, los Estados Unidos no son una sociedad racista. Y debo aclarar bien el punto, que puede implicar una diferencia sutil al tiempo que sembrar la confusión y el pánico entre quienes se escandalizan con esta afirmación.

Racismo hay dondequiera. Hay viejos racismos que siguen la línea de la raza o el color de la piel; hay nuevos racismos que postulan la superioridad de un grupo humano sobre otros por razones de cualquier índole: étnica, ideológica o política. Hay racismos eugenésicos, que se fundamentan en un tipo de hombre superior por sus genes ancestrales: este tipo derivó en el nazismo; hay también racismos basados en un tipo superior de hombre a partir de la condición ideológica, y que tienen su lógica y perfecta culminación en el hombre nuevo guevariano. De modo que, en el momento y lugar en el que la planta de la superioridad florezca, el racismo puede crecer incluso sin que nos demos cuenta. El racismo puede ser tan viejo como lo son la homosexualidad y la prostitución, así como durar un poco más allá del fin de los tiempos.

Sin embargo, no siempre que hay racismo podemos afirmar que la sociedad es racista. Semejante identificación ha llevado a considerar que el racismo necesariamente tiene su punto de remate en algún tipo de institucionalidad, o que donde no hay expresión institucional o se suprimió, el racismo no existe o está en camino de desaparecer.

Ver a los Estados como única fuente de legitimidad institucional, o como la única que genera instituciones cohesionadoras, ha llevado al espejismo de que el racismo se expresa mejor donde es más nítidamente visible. Y nada mejor para esta visibilidad que las instituciones. Sólo que lo contrario es lo cierto. Si nos guiamos por el criterio institucional, el racismo sólo ha existido en unos pocos lugares: la India, Sudáfrica, Estados Unidos, Alemania, Cuba, Brasil y algún que otro paraje, donde el acceso de los diferentes ha estado vetado por la ley o por las instituciones sociales o corporativas. De ahí la conclusión que el racismo ya no existe en el mundo, porque después de la eliminación del Apartheid en Sudáfrica, ningún Estado cuerdo daría el paso de segregar institucionalmente a los seres humanos por su pertenencia racial o étnica, o por el color de su piel.

Decir que un país no es racista porque no codifica la segregación es insuficiente, tal y como sucede en Cuba. Casi ningún Estado es racista, pero muchas sociedades aún lo son. Y una sociedad es racista cuando las referencias hegemónicas que rigen la convivencia de sus miembros segregan social y culturalmente a quienes discrimina, independientemente de y por encima de sus convenciones tácitas o escritas.

Cuando una sociedad dice, como reveló una encuesta de Newsweek, que un 92 % de los personas consultadas en los Estados Unidos sí votarían por un negro para la presidencia, y un 59% cree que el conjunto de la sociedad sí está preparada para aceptar a un mandatario negro, entonces esa sociedad ha cambiado sus pautas culturales en el rango que el prejuicio antiyanqui jamás le concedería. Lo que significa que, más allá de la libertad de expresión que toda sociedad libre y democrática está obligada a garantizar, el racismo en los Estados Unidos está marginado culturalmente y, en no pocos casos, penado por la ley. ¿Qué puede pasar allí con el chiste racista? Lo que no pasaría en Cuba, un país muy gracioso donde tanto negros como blancos gustan de hacer chistes que implican desprecio por la otra raza. Y el humor es la institución social por excelencia en sociedades sofisticadas que necesitan enmascararse dentro de la convivencia plural.

Cuba y la Revolución Obama

De manera que Obama abre una esperanza de profundo impacto en Cuba. Desnudar el racismo propio desde la lejanía no es el tipo de mensaje que, a estas alturas, conviene tanto al gobierno cubano como a buena parte de la sociedad, cuando se suponía que el racismo, como expresión social, habita en los Estados Unidos y no en Cuba.

Los medios oficiales en la isla reflejan este impacto de manera ejemplar. Cabría hacer un análisis de la mentalidad racista instalada en la mentalidad de las elites que conforman, o intentan conformar, la opinión a través de las publicaciones. Aquí no sólo vale lo dicho (que no se ha reflejado mucho, teniendo en cuenta que Obama es un fenómeno global), sino lo que no se ha dicho y aun el lenguaje gestual.

¿Qué ha primado? Ante todo el silencio. El silencio de los medios de comunicación respecto de la connotación cultural del hecho es de tesis. Ni una referencia a los antecedentes de Obama. Nada en relación con su mitad directamente africana por herencia paterna; nadie sabe tampoco que se crió en Indonesia, pocos conocen que su mujer y sus hijas son negras, por contraste con la publicidad que sí han recibido los Clinton (su hija Chelsea fue rápidamente conocida en Cuba durante la primera campaña de su padre). Pocos estudios tratan de reflejar los cambios sociológicos y culturales ocurridos en la sociedad norteamericana, donde los negros pasan a ser ya la segunda minoría.

Un analista y profesor del Instituto de Relaciones Internacionales adscrito al Ministerio de Relaciones Exteriores llegó a comentar que, en definitiva, Obama no era negro, sino mulato. Nuestro profesor traducía y proyectaba con ello su propio racismo. En términos de raza, esa clasificación es sólo válida para los cubanos y los dominicanos, no para los estadounidenses. La vieja mentalidad criolla del mestizaje necesario, que se desarrolló en las primeras décadas del siglo XX como modo de facilitar la asimilación y potabilización del negro en Cuba, se manifiesta en la concepción de esa “identidad infame” desarrollada a lo largo del siglo XIX en casi toda América Latina, que veía el mestizaje como resultado involuntario de la colonización blanca. Justo es decirlo, la excepción en esta mirada se llama Gilberto de Freyre, sociólogo brasileño de principios del siglo pasado, quien veía en el mestizaje una fuerza positiva.

La complejidad del impacto trasciende. Como en ciertos aspectos del desarrollo y estructura mentales los cubanos son premodernos e inmaduros, es decir, no asumen la introspección y el autoanálisis, la sociedad cubana no se ve a sí misma como racista, siéndolo. En este sentido se esconde detrás de la imagen que de sí mismo ha tenido el Estado, y sólo ve el racismo como rezago o reminiscencia de un pasado que en nada le corresponde. Y esa falta de introspección no permite ver que tanto la sociedad como el Estado tienen ya su propio pasado, y que ambos se ríen frente a la televisión cuando alguien se burla de los negros. ¿Hay algo más jerárquico que el poder de reírse, cómodamente, de los otros? Sólo el poder de vida o muerte que se abrogan como derecho los Estados.

Obama ha desnudado a todos en Cuba: a negros y a blancos. A la pregunta clave de si tendría posibilidades de llegar a la presidencia, muy pocos lo aseguran, entre ellos los mismos negros. Ahora bien, teniendo en cuenta que la estimación no se basa en el contraste de informaciones que no se poseen, se facilita el análisis del prejuicio casi en estado puro, porque traduce más las referencias y preferencias que el análisis objetivo de las tendencias culturales y políticas de la sociedad norteamericana.

Cubabarómetro, encuestadora cubana de la sociedad civil animada por el Dr. Darsi Ferrer (médico cubano conocido en los medios disidentes y con trabajo de excelencia en esta dirección) hizo la siguiente pregunta a 49 personas blancas de todos los sectores: ¿Ves oportunidades de que algún negro sea elegido presidente en Cuba después que termine el mandato del actual gobernante? Dieron respuesta positiva tan solo el 4% de los encuestados. Más de dos tercios (69.3%) dijo que no y el resto (26.5%) afirmó no saber. La muestra confirma mis reflexiones anteriores.

Justo es decir que, para una minoría vanguardista multicolor y birracial, el fenómeno de Obama es revolucionario. Es el espejo que nos pondrá frente a frente a nuestros propios demonios racistas y facilitará la discusión en profundidad, sacándola de la discusión de cámara que hoy anima, para contentar al poder en la lógica del pensamiento compensatorio, una parte del tercio negro ilustrado del país.

Por eso espero con certeza que Obama no termine como el Invisible Man (Hombre invisible) del escritor Ralph Ellison, que nos cuenta acerca de un brillante estudiante negro del Alabama de 1947. Después de probar sus credenciales en el aula, iba a ser obligado a confirmarlas en una pelea con los suyos, sus hermanos negros, esto es: consigo mismo, para satisfacción y goce de un grupo de espectadores blancos.

De no ser así, la Revolución Obama estará consumada como fenómeno global, al que Cuba no escapa ni escapará. Habría que esperar entonces por la revolución de Obama. Ya ésta es otra cosa.



Una entrevista con Armando Valladares

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Armando Valladares constituye, en sí mismo, un sinónimo del presidio político cubano. A finales de 1960, con sólo 23 años, fue detenido y encarcelado por el régimen de Fidel Castro, quien lo mantuvo tras las rejas durante más de dos décadas. Finalmente, gracias a la presión internacional y a diversas gestiones de personalidades cubanas en el extranjero, fue liberado en 1982.

Su encarcelamiento, su libro Contra toda esperanza –un testimonio de sus años como prisionero político- y su labor de denuncia como embajador de Estados Unidos en la ONU, lo convirtieron, junto a Ricardo Bofill y otros célebres defensores de los derechos humanos, en un referente para la embrionaria sociedad civil cubana y el exilio.

La siguiente entrevista, cedida por el periodista de TV Martí Alfredo Jacomino a este blog –agradecemos una vez más su generoso aporte-, aborda la personalidad y puntos de vista del escritor y ex prisionero de conciencia. Que la disfruten:

Textual: Una entrevista con Armando Valladares

¿Usted cree que escogió su destino, o sucedió a la inversa?

No creo que ningún hombre escoja su destino, creo que hay circunstancias y cosas que colocan a los hombres en diferentes situaciones y el resultado de esa actuación mucha gente la llama “el destino”. Yo creo que el curso de una vida, si es que está predestinada, es algo que los hombres desconocen.

¿Qué duele más, un golpe, una cicatriz o un recuerdo?

Duele mucho más un recuerdo, porque el golpe en el momento se te pasa y la cicatriz queda ahí, es una huella física que no te molesta, que no te duele. Pero un recuerdo puede ser mucho más doloroso que los golpes y las cicatrices.

¿Cómo prefiere que lo llamen: ex embajador, ex preso, poeta, pintor o simplemente por su nombre?

Simplemente por mi nombre.

De las cosas que ha logrado conseguir en la vida, ¿cuáles son las que más atesora?

Mi familia, el estar con mi esposa y mis hijos.

¿Qué le provoca hoy mayor miedo?

En primer lugar el futuro de mis hijos, de mi familia, por el mundo en el cual estamos viviendo. Creo que para cualquier padre amante de sus hijos es preocupante. El futuro es algo que lo veo de verdad muy negro para las próximas generaciones, y cuando digo esto estoy pensando en la destrucción sistemática y constante de los valores tradicionales cristianos de esta sociedad. Y por supuesto, también me preocupa el futuro de Cuba viéndolo a través de la destrucción de estos valores.

¿Perdona a sus carceleros y a los jefes de sus carceleros?

He perdonado absolutamente a todo el mundo. He perdonado a los que lanzaron cubos de excremento en mi rostro, a los que me golpearon, a los que me torturaron, a los que me vejaron a mí, a mi madre, a mi hermana, a mi padre, a mi familia. He perdonado personalmente a esa gente y cuando te digo perdonar es porque no hay un ápice de odio absolutamente en mi corazón. Pero no es una actitud asumida después de la salida de la prisión, es una actitud que asumí desde el primer día que llegué a la prisión.

Repito, el odio es un sentimiento que aniquila al que lo padece. Perdonar es una actitud muy íntima. Pero nadie tiene el derecho de perdonar por otros, por eso me parece a veces inconcebible que haya gentes que digan que hay que perdonarlo todo. El perdón es una cosa tan íntima que sólo tiene que ver con uno. Yo no puedo perdonar un caso tuyo o de alguien a quien le hayan fusilado un familiar. El hecho de que yo haya perdonado no quiere decir que piense que un día la gente que cometió esos crímenes no tenga que responder ante la justicia.

Durante todos los años que estuvo preso, si lo hubieran dejado salir 24 horas, ¿qué hubiera hecho en ese tiempo?

Si hubiera tenido 24 horas por supuesto que las hubiera compartido con mi familia. Recuerda que en 22 años creo que tuve trece visitas. Es decir, hubiera compartido ese tiempo con Marta, con mi madre, con el resto de mi familia.

El régimen de Castro mostró en la televisión que usted aparentaba estar inválido, pero que caminaba dentro de la celda mientras era grabado por una cámara oculta. Para quienes no sepan o no recuerden ese evento, ¿qué dijo usted en su defensa?

Bueno, ese fue un montaje. La persona que en algunas ocasiones hizo mi papel vino por la Base de Guantánamo. Yo lo conocí aquí, anda ahora por Filadelfia, y también vino el técnico del ICAIC que participó en ese montaje. Todo el mundo sabe que es típico de los comunistas este tipo de montaje. Se lo hicieron a Andrei Sajarov, me lo hicieron a mí, pero lo importante no es si yo estaba más o menos enfermo. En realidad eso no le quita valor a lo que estábamos denunciando. Puedes estar seguro de que ese montaje no fue creído por la mayoría de la gente. Es más, pasó con los cubanos como con la película Estado de sitio, que el antihéroe se convirtió en héroe. Tanto es así que el propio Fidel Castro tuvo que ordenar que sacaran la película de los cines. Entonces, para mucha gente, esa exhibición tuvo un efecto diferente a lo que el gobierno pretendía.

¿Ha sentido alguna vez que no valió la pena estar preso?

No, yo estoy absolutamente convencido de que no perdí el tiempo en la cárcel y que era necesario que yo estuviera ahí. Porque para mí la cárcel fue una grandísima enseñanza. Estuve preso en una actitud que mucha gente no logra en la calle. Primero, conocí a los hombres y tuve años para conocerme a mí mismo, y meditar acerca de mi presencia en la Tierra, de mi futuro acerca de lo que es el hombre. Yo no creo que fue tiempo perdido. Mucha gente me dice eso y les digo que nunca estuve preso, porque la verdadera libertad es la que Dios le da al hombre, y esa yo no la perdí nunca. Para mí la prisión fue solamente falta de espacio y falta de acceso a las cosas que normalmente la gente tiene en la calle, nada más. Nunca me sentí preso y mientras un hombre no se siente preso está libre de alma, de conciencia y de pensamiento; es un hombre libre aunque esté en un rincón durante años y años como estuve yo.

Su nombre trascenderá a futuras generaciones como víctima de una dictadura. ¿Qué le hace sentir eso?

Si eso sirve para que el ejemplo de nuestro sacrificio se disemine… porque acuérdate que yo soy uno más entre miles y miles. Yo soy quizás alguien un poco más conocido, que escribió un libro que tuvo éxito, pero mi sufrimiento, y lo que yo pasé, fue el sufrimiento de lo que pasaron decenas de miles de hombres, y si eso sirve de ejemplo para que las futuras generaciones conozcan la verdadera naturaleza criminal del régimen de Castro y los horrores de una dictadura, y si eso sirve para que traten de que nunca más se repita, pues yo me sentiré satisfecho.

¿Cree que en realidad la gente en el mundo está tan ocupada de sus asuntos que eso de la solidaridad con los oprimidos resulta una aberrante hipocresía?

Bueno, no creas, porque eso ha cambiado mucho en los últimos treinta años. Si hace treinta años hubiera existido la cantidad de gente que en este momento está interesada en los derechos humanos, posiblemente nosotros, los presos políticos cubanos, no hubiéramos tenido que estar tantos años en prisión. Recuerda que hace 20, 25 años, los derechos humanos eran un tema casi exótico. Hoy por hoy creo que no existe un sólo gobierno en el mundo que no tenga un departamento de derechos humanos, y creo que no solamente los gobiernos, las grandes empresas también ya están empezando a tener departamentos que se ocupan de los derechos humanos.

A su juicio, ¿cuáles son las principales virtudes y defectos del exilio cubano?

Esa es una pregunta bien difícil de responder. Yo creo que el gran defecto que hemos tenido, y para mí sería el más importante, es no haber sido capaces de lograr una unidad de lucha frente a la dictadura. De las virtudes… somos un exilio del cual todos los cubanos podemos estar más que orgullosos, porque después de cincuenta años de dictadura se sigue manteniendo aquí un espíritu de lucha, de amor a nuestras raíces. Creo que el más grande logro es haber podido mantener vigente ese amor por la patria esclava y no sólo eso, sino haber sido capaces de transferir ese amor a nuestros hijos que nacieron fuera de Cuba.

¿Qué responsabilidades le impone la fama?

El tener que estar siempre mucho más atento y vigilante de lo que yo estaría normalmente en todos los aspectos.

¿En el mundo artístico ha logrado mayor reputación como pintor o como poeta?

En realidad he logrado más como poeta que como pintor, a pesar de que en los últimos años me estoy dedicando muchos más a la pintura que a la poesía. Porque en realidad lo que yo soy es un pintor, fue lo primero que hice. Empecé a estudiar artes plásticas cuando tenía doce años con una dispensa especial, porque hasta los trece años no se podía empezar en la Escuela de Artes Plásticas de Pinar del Río, y pintar fue mi primera vocación. Después de pintar comencé a escribir y luego, envuelto en todas estas situaciones en que me encontré después de mi salida de la prisión, no tuve tiempo de dedicarme a la pintura como lo estoy haciendo ahora. En este momento tengo más de noventa cuadros colgados en todo lo que es Estados Unidos, Centroamérica, Francia y España, y los coleccionistas más importantes del exilio tienen obras mías. Sigo pintando, ahora voy a tener una exposición en España.

Si el destino le concediera hoy mismo tres deseos, ¿cuáles escogería?

El primero de todos (y eso puede parecer un poco egoísta, pero quiero ser sincero en esta entrevista): la seguridad absoluta de mi familia, de mis hijos, de mi esposa. Después la libertad de Cuba, y después que el futuro de Cuba sea un futuro de libertad, como lo soñamos todos los que hemos estado luchando por esa libertad.

¿Le tienta la idea de hacer política en una Cuba libre?

Rotunda y absolutamente no. Porque después de 22 años en la cárcel soy con mi tiempo casi un anarquista. Uno de los peores sacrificios para mí, fueron los años en que fui embajador. Tenía que estar constantemente comunicando dónde iba a ir, qué iba a hacer. Aquella cosa que me parecía ridícula de que de lunes a viernes tenía que andar en un carro blindado con los cristales de dos pulgadas de grueso y conductores y escoltas, y después el viernes me iba con Marta y los niños a pasear por Italia. Para mí ése fue el más grande de todos los sacrificios. Después de eso incluso recuerdo que mi buen amigo Jack Kemp, luego de que yo renunciara a mi cargo de embajador, fue a la Casa Blanca y le propuso al presidente -y esto salió en Wall Street Journal- que me nombrara para ser el próximo embajador de Estados Unidos en la OEA. Yo me subí a un avión y fui a ver a Jack Kemp personalmente, y le dije: “Por favor, te agradezco muchísimo, pero no hagas eso porque no me interesa para nada, yo lo que estoy es loco por terminar esta tarea que me dio el presidente Reagan y volver a mi libertad”.

¿Cree que hay muchos cubanos que, para desgracia nuestra, se parecen en su carácter autoritario a Fidel Castro?

Yo creo que en todos los grupos sociales te vas a encontrar gente que tienen esos impulsos totalitarios. Ojalá que ninguna de esta gente llegue a tomar las riendas de nuestro país, ni de ningún grupo donde tenga personas a su mando, porque las consecuencias sabemos que son nefastas.

Usted ayudó a denunciar la esclavitud en República Dominicana, en un campo tan cercano a nuestras raíces como el de la caña de azúcar. ¿Qué detalles y personajes descubiertos le resultaron más despreciables?

Fue en realidad asombroso ver que en un lugar tan cercano existían estas condiciones de esclavitud tan tremendas. Observé cosas allí que jamás pensé que podía verlas ni en República Dominicana ni en ningún lugar en America. Gracias a Dios y a este documental que hicimos, Los niños del azúcar, o The Sugar Babies, y gracias al trabajo de otros activistas y de otras organizaciones, ha habido verdaderos logros. Tenemos información de que el tráfico, que era de miles de haitianos que los llevaban engañados a República Dominicana, prácticamente ha desaparecido, y el otro día escuché una noticia que fue muy reconfortante: es la de que el gobierno de República Dominicana va al fin a reconocer a miles de indocumentados. Porque conocimos a cientos de personas, algunos de 18 a 20 años, que no tenían inscripción de nacimiento, ni documento de ninguna índole. Entonces creo que ese trabajo que hicimos ha contribuido a mejorar esas condiciones para los dominicanos, y nos alegramos muchísimo de eso.

¿Quién es Armando Valladares?

Armando Valladares es un cubano que sencillamente fue llevado a la prisión en 1960. Pasé 22 años en la cárcel, en una actitud de rebeldía frente al régimen. Todos saben que si yo hubiera aceptado, por ejemplo, la claudicación de mis ideas, de mis principios, y renegado de Dios, de lo que me definía como persona, como ser humano y como hombre, pues no hubiera tenido que estar tantos años en la cárcel. Sin embargo, para mí renunciar a todo eso hubiera significado un suicidio espiritual. Viene a mi mente el pensamiento de Martí de que un hombre honrado no mira en qué lugar se vive mejor, sino en qué lugar está el deber. Y yo con la ayuda de Dios… porque déjame decirte que en el más oscuro rincón de mi celda nunca estuve solo, Dios estuvo conmigo, y en momentos en que ya pensé que no iba a tener más fuerza, acudía a El y siempre salía más fortalecido.

Creo que soy uno de tantos. Hay muchísimos otros prisioneros que fueron mucho más maltratados que yo y que tienen unas historias muchos más impresionantes, que hubieran podido escribir un libro, estoy absolutamente seguro, de mucho más impacto que mi propio libro. Lo que ocurre es que, sencillamente, por esas cosas que no están bajo control, su salida coincidió con un momento en Europa en que, ante los intelectuales, me di a conocer. Pero recuerda que mi libro no es mi historia, mi libro es la historia de todos los presos políticos de Cuba, de las víctimas, de los que sufrieron, de los torturados, de los asesinados.

Yo sí estuve absolutamente convencido en la cárcel, primero, de que iba a salir de la prisión; segundo, de que iba a poder fundar con Marta, que fue mi gran apoyo durante veinte años, un hogar y tener hijos; y también estuve siempre seguro de que iba a escribir ese libro, y de que iba a ser un éxito. Cosas que después me ocurrieron jamás me pasaron por la mente. Por ejemplo, nunca se me ocurrió que iba a ser embajador de los Estados Unidos, ni que iba a tener las oportunidades que tuve de luchar por el tema de los derechos humanos, que para mí era una verdadera obsesión. Recuerdo que, cuando llegué a Miami, Leticia Callava me hizo una entrevista y me preguntó qué era lo que yo pensaba hacer en el futuro, y yo de manera muy ingenua le dije que mi objetivo era llevar el tema de los derechos humanos de Cuba a la ONU. Ella no me dijo nada, pero cuando estábamos en la ONU y fue allí cubriendo como periodista el evento, me confesó que pensó que aquella había sido una ilusión imposible de preso, porque todavía en aquella época se pensaba que al gobierno de Cuba no le interesaba el tema de los derechos humanos.

Yo sabía por mi propia experiencia en los dos años últimos de encierro que ellos estaban preocupados por el tema de los derechos humanos, porque a cada rato venía uno de los oficiales de la Seguridad del Estado a decirme que Amnistía Internacional me había borrado de la lista de presos de conciencia y que en lo adelante estaría abandonado. Eso me permitió saber que a ellos sí les importaba eso. Y después, fue para mí uno de mis grandes logros y de mis grandes satisfacciones el día que pudimos, con la ayuda de un grupo de presos políticos que estuvo conmigo en Ginebra, lograr que al fin se demostrara en la Comisión de Derechos Humanos que Cuba era un país sistemáticamente violador de esos derechos. Y por ese triunfo recibí la Medalla Presidencial del Ciudadano, que es la segunda condecoración más importante que puede recibir un ciudadano norteamericano. Además, el más alto honor que le concede el Departamento de Estado a una delegación diplomática, el Superior Award, que me dieron a mí, como jefe de la delegación, y por supuesto al resto de mi gente.



Operación Retorno: Una entrevista con Delio Regueral

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Fernandina de Jagua ha tenido la gentileza de cedernos la siguiente entrevista, en la que Denis Fortún hace gala de un instinto periodístico a toda prueba. Sus preguntas, dirigidas a Delio Regueral, abordan la propuesta del artista publicada el pasado jueves en este blog, relacionada con echarle a perder la “última cena” a la nomenklatura cubana (el desembarco en Cuba de cincuenta mil exiliados, por mar y por aire, el primero de enero próximo, seguramente no sería para menos).

Escribe Fortún:

“También recibí la carta de Delio Regueral expresándome las ideas del Movimiento Retorno a Cuba (MRC). Sin embargo, en la blogosfera las cosas se mueven rápido y ya no tenía sentido reproducirla en mi blog luego de haber visto que lo habían hecho Cuba Inglesa, El Tono de la Voz, El Cabeza de Puerco Ilustrado y Tirofijo. Por tanto, se me ocurrió que mejor sería hacerle a Delio unas cuantas preguntas sobre tan polémico llamamiento, que ha generado innumerables comentarios en todos los sitios en que se ha publicado, algunos bien fuertes”.

El resultado es la siguiente entrevista. Que la disfruten:

Textual: Una entrevista con Delio Regueral

¿A quién se le ocurre la idea de hacer un llamamiento para un regreso masivo? ¿Es una propuesta tuya o pertenece a un grupo en específico? ¿Está la disidencia dentro de Cuba al tanto de este proyecto?

No sé a ciencia cierta de quién es originalmente la idea, aunque hablando con el Embajador Armando Valladares me cuenta que este proyecto lleva muchos años rodando, y que lo planteó sin éxito Orestes Lorenzo, el piloto que vino en un avión de combate y después regresó en avioneta a buscar a su familia. Por otro lado, creo que Ramón Saúl Sánchez también hizo algo alrededor del mismo concepto. Yo solo creí posible sacarlo del ambiente del barbecue (observación del bloguero Jorge Ferrer).

La tercera parte de esta pregunta es para mí también una incógnita, aunque me atrevo a deducir que si lleva tanto tiempo en el ambiente algo habrá llegado a la disidencia. Si alguna vez esto fue un secreto, ahora lo es a gritos.

¿Qué te hace pensar que la idea tendrá el apoyo que le pronosticas?

El hecho de que recibo sólo tres tipos de comentarios: los que opinan que es difícil pero confían en el proyecto -que son más de lo que yo mismo pensaba- y aseguran que serán parte de él; los que preguntan si ya la organización tiene tesorero; y por último, los que se dedican a hacer ataques personales sin aportar nada.

No descartas hechos violentos por parte de La Habana. ¿Por qué aseguras entonces que las autoridades de la Isla no van a reprimir ese éxodo inverso con saña, de estar presente la prensa extranjera, cuando la realidad ha demostrado lo contrario?

No aseguro que no habrá violencia, pero sí aseguro que la presencia de la prensa limitará la intensidad en caso de que la haya. Y opino que el régimen no puede con cincuenta mil exiliados regresando, más la reacción de apoyo del pueblo.

¿Piensas que luego de tanto esfuerzo por parte de los que llegaron a Miami para abrirse camino en todos los sentidos, algunos estarían dispuestos a vivir de nuevo bajo el manto de la dictadura? ¿No sería esta una terrible borrachera con una resaca de consecuencias fatales e incalculables?

Creo que muchos ya están locos por volver. Otros lo harían sólo por el tiempo necesario para el desplome del régimen. La mayoría irá cuando la incertidumbre haya pasado y, desde luego, nadie está preparado para volver voluntariamente a una dictadura. Más bien lo que cuenta es la convicción de que es el fin de la era castrista. Creo que hay un montón de gente dispuesta, pero se sienten impotentes porque se creen solos. Por otra parte, sin tinta no se puede escribir, sin lente no se puede hacer una fotografía, sin sacrificio no hay recompensa. Hasta para comerse un plátano hay que pelarlo primero.

Los hay que te acusan de “inocente”, “borracho” y “marihuanero” porque asumen que sólo a un alucinado puede ocurrírsele un acto así, considerándolo estéril y hasta infantil. ¿Qué le dirías a esas personas, que evidentemente no te toman en serio?

A los que hacen ataques personales y ofensivos, nada. A los que me consideran inocente e infantil, les doy las gracias por su opinión sincera. Algunos lo han hecho con refinado sentido del humor y respeto. El que ataca las ideas está pensando, el que ataca en lo personal no tiene argumentos.

¿De qué fuentes sacaste las estadísticas, los números y las probabilidades que manejaste al momento de redactar la propuesta?

Evidentemente, puedo estar completamente equivocado. Incluso los estudios más serios de opinión se equivocan con más frecuencia de la que aciertan, y mis números son producto de estudios y análisis basados en las condiciones de crisis económica, política y social por la que atraviesa la Isla. Ellos hacen evidente que nunca estuvo más clara la debilidad de la cúpula gobernante. El exilio lo sabe y nada hay más poderoso que el contagio colectivo de lo palpable. También la idea de la “reconquista” apasiona a muchos.

Por otra parte, el 2.5 por ciento de dos millones aproximadamente de exiliados, da por resultado cincuenta mil. Es el mismo porcentaje de hombres que decidió revelarse en los campos de concentración nazis. Este dato lo saco de otra conversación con Carlos Alberto Montaner, que lo manejó para exponerme sus dudas sobre las posibilidades reales de la propuesta.

Algunos me han comentado: “Lo que más llama la atención es que son los ñángaras confesos los que están apoyando esta iniciativa”. Mencionan a posibles agentes del castrismo involucrados. ¿Qué dices a esto?

No entiendo qué beneficio le reportaría a la dictadura una olla cerrada y cogiendo presión, cuando han sido Camarioca, El Mariel y la Crisis de los Balseros válvulas de escape utilizadas por el régimen. Si realmente el 1ro de enero el contra-éxodo triunfara y yo perteneciera a la cúpula del poder en Cuba, creo que optaría por pedir asilo en Venezuela o España, o donde fuera. Además, no he oído todavía a nadie pronunciándose al respecto, fuera de los comentarios de los blogs.

¿No has pensado que apoyar este llamado al regreso te puede acarrear consecuencias desagradables a nivel personal?

No he pensado en eso. Sólo estoy haciendo lo que millones hacen todos los días en Internet, radio y televisión: hablar de un tema y dar mi opinión personal.

Por último, algo que no mencionas explícitamente en tu propuesta: ¿Serías tú de los primeros en lanzarse a la reconquista del país a través del MRC?

Lo que puedo asegurar es que el 30 de diciembre salgo en viaje de placer, navegación y pesca por el estrecho de la Florida. Lo haré en mi velero, El Buccaneer.

Cortesía http://www.denisfortun.blogspot.com/



Expo: Una entrevista con Casimiro González

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Con más de cincuenta exposiciones personales en su haber, y decenas colectivas, podría asegurarse que Casimiro González es un pintor consagrado. Pero él se resiste a aceptar esa definición. En cualquier caso, su obra, marcada por la festividad del color y la hedonista proliferación de las imágenes –paradójicamente, las mujeres de Casimiro no sonríen ni siquiera mientras bailan, aunque tampoco les hace mucha falta-, se consagra en la recreación poética de un entorno cultural que no sabe andarse por las ramas.

Así, en los cuadros del pintor la vegetación exuberante, el azul exuberante, las anatomías exuberantes, constituyen puntos de partida hacia lo extraordinario. Las figuras surcando la tela intrépidas, inmersas en su fastuosa obesidad. ¿Obesidad? Cabría mejor decir en su esplendor, en su lánguida, pero trepidante, fluidez. Ellas nunca se pasan de la raya.

Este fin de semana –días 27 y 28 de septiembre- la obra de Casimiro González, junto a la de otros artistas hispanos, podrá ser apreciada en la Hispanic Heritage Expo, a celebrarse en el Convention Center de Miami Beach. A propósito de esta presentación, el pintor nos concedió la siguiente entrevista. Que la disfruten:

Una entrevista con Casimiro González

Háblenos de sus comienzos como pintor…

La vida me hizo pintor. En 1980, en Chicago, tras llegar de Cuba, empecé a pintar sobre una sábana, con pintura de pared, para decorar el apartamento donde estábamos rentados. Pintando ese cuadro me tiraron una foto. Llegó esa foto a manos de un galerista americano y el hombre me quiso conocer, llegó a la casa buscando los cuadros y le dije que el único cuadro que tenía era ése. Entonces insistió en que yo debía pintar, y empecé a hacerlo.

En 1984 me mudé para Nueva York, donde residían varios pintores profesionales, amigos míos, y fui aprendiendo las técnicas más a fondo. Allí tomé más fuerza, de manera que cuando regresé a Chicago, en 1987, di el golpe de suerte. Participé en una exposición junto a otros pintores consagrados y fue un éxito. Una galerista americana comenzó a representarme y, sencillamente, seguí adelante.

En 1999 me mudé para Miami y aquí estoy en lo mismo, luchando.

¿Como pintor cómo se definiría?

Hay críticos que han dicho que mi pintura tiene que ver con el realismo mágico. Lógicamente con los toques y colores del Caribe, de Cuba. Cuando comencé en Chicago mis colores eran muy grises, las figuras eran muy lánguidas, muy tristes. Empecé a evolucionar tras mi primer viaje a México, cuando descubrí que el color no era un patrimonio de Cuba, que los colores vivos existían en muchas partes.

¿Cómo se ve a sí mismo, como un pintor hecho o en evolución?

Todos estamos en permanente evolución. He logrado muchas cosas, pero me faltan muchas otras. Esas cosas van a venir, pero hay que trabajar. No se puede dejar de trabajar. Yo no me conformo.

Llevo ya en Estados Unidos 28 años, esta es mi segunda patria. También quiero mucho a México, donde he estado por largas temporadas y donde he aprendido mucho sobre su arte, tan grande. Todas estas mezclas las llevo dentro, esperando que exploten “como una bomba atómica”.

¿Qué opinión le merece el mercado de la pintura latina en Estados Unidos?

La pintura latina tiene un buen mercado aquí. Y la cubana en especial. Hace poco escuché en CNN que los inversionistas en Estados Unidos estaban comprando oro y arte, fundamentalmente arte latinoamericano. Es lo que está en auge, el cambio que implica el color, las figuras, la poesía que hay en la pintura latina.

¿Qué aconsejaría a un artista cubano recién llegado, que quiera desenvolverse y triunfar en Estados Unidos?

Trabajar sobre lo que quieres es primordial. Un pintor cubano residente en Chicago me dio un consejo, en mis comienzos. Me dijo: “Tienes que pintar mucho, pero el cincuenta por ciento de tu tiempo debes dedicárselo a las relaciones públicas”. Es verdad. Las relaciones son decisivas. Las oportunidades llegan a través de la gente, a tu casa nadie va a ir a tocarte. Hay que darse a conocer. Si no puedes vivir de tu arte inmediatamente, debes arreglártelas para continuar creando paralelamente. Hay que sacrificarse al principio, hasta poder levantar la cabeza, desplegar las alas y volar.

En el caso específico del pintor cubano que llega a Miami, ¿qué le aconseja?

Creo que aquí los pintores nos estamos dando codazos. Hay que darse a conocer, y si te dicen que hay un baño público de un restaurante donde puedes colgar tus cuadros, ir y colgarlos. Al menos los verá alguien, que en la casa pocos los ven.

Y salir de Miami, no importa dónde vivas en Estados Unidos. Hablar con los medios, navegar Internet, hay muchas posibilidades.

Cortesía http://www.casimiroarte.com/



Operación Retorno

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El fotógrafo Delio Regueral nos hace llegar una tentadora iniciativa, que ya recorre, en forma de rumor, las calles de Miami, así como varios blogs centrados en la temática cubana. Reproducimos el texto íntegro, que hemos subtitulado Operación Retorno:

“El Movimiento Retorno a Cuba (MRC) simplemente promueve el uso del derecho internacional de cualquier ciudadano del mundo a viajar libremente a su país de origen. Lo hace de un modo impositivo porque no pretende pedir permiso, y pacífico, porque su objetivo es recuperar el país, no terminar de perderlo.

“El llamado es a todos los cubanos del mundo para que el próximo 1ro de enero llegue a Cuba una oleada de exiliados que regresen para quedarse, y que pongan en práctica la famosa campaña de no cooperación, integrándose en la sociedad con todas sus consecuencias, buscando vivienda, trabajo y empezando de cero. El MRC propone como método de regreso el que con motivos turísticos o humanitarios o religiosos se ha venido usando por cincuenta años: viajes directos, por terceros países y por vía marítima. Es decir, se trata de los mismos mecanismos que hemos usado tanto para viajar a la isla como para salir de ella, con la ventaja de poder cambiar la balsa por el bote.

“Se calcula que un cinco por ciento de los exiliados (más de 50.000) volvería simultáneamente a la isla o llegaría días antes, como turistas navideños, el próximo 1ro enero. La oleada masiva, otros 500.000, se espera después de la caída de el régimen, en no más de quince días. Estos cálculos no son sacados de la nada, sino que forman parte de un estudio minucioso de la realidad económica, política y social por la que atraviesa lo que queda de Cuba. Ya están dadas las condiciones ideales para que un hecho como el que proponemos desemboque en una verdadera desobediencia popular a todos los niveles, desde las calles hasta los ministerios y el ejército.

“De más está decir que no descartamos actos violentos por parte de los órganos represivos, pero si una oleada de barcos frente a las costas de La Habana, sin dispersarse a lo largo de la isla, cubierta por los medios de comunicación del mundo entero, coincide ese día, sería más difícil para el gobierno recurrir a la violencia. Por otra parte, de haber dentro de la isla unos cuantos miles de exiliados llegados días antes, ellos también podrían hacer valer su presencia desde tierra.

“Imaginemos el panorama, la reconquista de la isla por su pueblo dentro de la isla, en una invasión pacífica de los exiliados regresando a su tierra”.

Tentadora la iniciativa, como decía al inicio, y todo un desafío para quienes desde el exilio han insistido, reiteradamente y sin que carezca de lógica su planteamiento, en que el problema cubano debe ser resuelto por el pueblo cubano.

A continuación, un artículo indirectamente relacionado con lo anterior. Se trata de otra “operación retorno”, un nueva ofensiva antiembargo desatada por la oficialidad cubana a raíz del paso de los huracanes Ike y Gustav:

Tras los huracanes, el embargo

un artículo de Armando Añel

La costumbre de responsabilizar al vecino de los problemas propios, o de trasladar hacia afuera los problemas de adentro, es tan antigua como la historia misma y no parece susceptible de remisión en un futuro cercano. Precisamente, el embargo estadounidense contra el régimen castrista, clavo ardiendo del que se agarran los simpatizantes del totalitarismo para justificar sus desmanes e incongruencias, engrosa, como referente, los anales de ese victimismo justificativo que ha frenado históricamente a la especie humana. La culpa invariablemente es del otro, del vecino, del “enemigo”. Del “imperialismo yanqui”.

Aunque en el caso de Cuba la ofensiva antiembargo tiene implicaciones adicionales. No sólo disimula la ineficacia del modelo comunista, sino que resulta medular en términos de conservación del poder. Es de sobra conocido el carácter parasitario del sistema cubano, el hecho de que sólo a través de subsidios consigue mantener la cerrazón política y económica que lo caracteriza. La subvención soviética apuntaló durante décadas la parálisis castrista, función que en la actualidad cumple el petróleo venezolano. En esta cuerda, el levantamiento de las sanciones norteamericanas regalaría al castrismo una nueva fuente de subsidios, pero, a diferencia de los chavistas –demasiado sujetos a vaivenes internos y externos-, de subsidios estables, duraderos.

El castrismo es improductivo, luego el castrismo es parasitario, luego el castrismo es dependiente (en su momento de la antigua Unión Soviética, más tarde de Venezuela y siempre de Estados Unidos). Así, tras el paso de los huracanes Gustav e Ike, una nueva ofensiva antiembargo está en marcha, expuesta en la aberración de condicionar las ayudas humanitarias ofrecidas por Estados Unidos al levantamiento de las sanciones. Como siempre, la intelectualidad oficialista, nucleada en torno a la UNEAC, ha salido al rescate de la clase gobernante, circulando una carta en la que alrededor de cinco mil firmantes exigen el cese del embargo. Si alguien dudaba de la absoluta falta de escrúpulos de la dirigencia castrista, esta jugada la retrata hasta la médula.

Y es que cuando el régimen ha carecido de subsidios, ha debido abrirse paulatinamente a la iniciativa ciudadana. Recuérdese la uniformidad social o la inexistencia de una disidencia pública durante los años dorados del neocolonialismo soviético. Recuérdese el Maleconazo y las tímidas medidas aperturistas de mediados de los años noventa, posteriores al subsidio este-europeo e inmediatamente anteriores a la subvención chavista. Recuérdese, en fin, el retroceso de esas mismas reformas tras la aparición de la ubre venezolana. De ahí que la vieja guardia vuelva una y otra vez sobre el levantamiento incondicional de las sanciones estadounidenses, mientras observa de reojo la inestable presidencia de Hugo Chávez.

Pero existe una lógica histórica inexorable. Un régimen que confiscó ilegítimamente las propiedades norteamericanas en Cuba, y se pasó al bando comunista en la Guerra Fría, y amenazó con misiles nucleares a Estados Unidos, y ejerció de rampa de lanzamiento del imperialismo soviético en el hemisferio, y ha acogido calurosamente a los prófugos de la justicia estadounidense, y ha presidido la retórica antinorteamericana durante medio siglo, no puede pretender que Washington, nada menos que Washington, le dé respiración asistida.

Un régimen que ha obligado a cerca del veinte por ciento de la población cubana a exilarse -calificándola de “mafia”, “escoria”, “vendepatria” y otras lindezas por el estilo-, no debería sorprenderse de que algunos de esos mismos exiliados, convertidos en políticos y funcionarios del gobierno de los Estados Unidos, aboguen por el endurecimiento de las sanciones. Es como clavarse un cuchillo y esperar que no brote la sangre. Se cosecha lo que se siembra. Debería saberlo la vieja guardia reaccionaria.



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