Actualizado: 24/01/2017 12:03
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Memorias de la Revolución, Hambre

El hambre es cosa fea

CUBAENCUENTRO continúa esta sección, cuyo tema central es lo que se podría catalogar de “memorias de la revolución”

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Hoy voy a escribir sobre el hambre. ¿Qué es esto y por qué? El hambre precisamente es la sensación que indica la necesidad de alimento. El que escribió esta exacta y breve definición en nada ha conocido del hambre. ¿Y por qué traer este tema? Ayer leía una noticia sobre el Chad, un país árido y paupérrimo del norte de África donde las mujeres salen en la mañana a procurar los alimentos para sus hijos y buscan con destreza y afanosas los hormigueros que están debajo de las baldías arenas del desierto. Cuando los encuentran, escarban de manera meticulosa evitando perder aquello que de manera tan laboriosa las hormigas han almacenado. Se trata de unos dos kilogramos de granos, que les pertenecen a las hormigas, pero que ellas toman para macerar y mezclar con agua y aceite, si es que tienen aceite, y con eso alimentan a sus hijos.

“El hambre es cosa fea, sí que lo es”. Repetía aquel campesino con el que compartí más de una jornada en el desbroce de un cafetal que intentábamos recuperar. “Juan Calandria” cada día tomaba como referencia una frase para ir sentenciando una y otra vez y sustentar sus escasos, pero sabios argumentos. “El hambre es cosa fea” decía. Eso sí, a él había que verlo dando cuenta de un plato de ajiaco. Cercano al medio día, cuando apenas si habíamos despejado un par de yardas, el miraba al sol y decía: “Está haciendo hambre”. Entonces hacíamos un alto en el trabajo para comer, si es que para aquel acto se podía usar tal apelativo.

Tener hambre es la cosa primera que se aprende. En la Cuba de los años 60 más de una vez vi de cerca el hambre, pero fue precisamente en el primer año de estudios de Medicina y en aquel fin de semana de trabajo “voluntario” que llegué a comprender lo compleja que es la sensación de hambre.

Habíamos llegado al campamento el mismo viernes; antes en la Escuela de Medicina nos había dado una “merienda fuerte” que consistió en unas galletas, pastas en salsa de mayonesa y un refresco que le llamábamos “la guaripolita”. Así que llegando y a trabajar unas horas acondicionando el Campamento. En la mañana del sábado comenzamos el trabajo fuerte en el campo a la espera de que llegara el desayuno a pie de surco. Nada. Seguimos las labores, aquello se trataba de una tarea de la Revolución y nosotros, pues “éramos hombres de Patria o Muerte”. Pero en algún alto del trabajo preguntábamos por la comida que no llegaba, pasada las horas del medio día no llegó nada y se dio la orden de regresar al campamento.

Un hombre con hambre es un a hombre agotado, aunque se dice “enojado”, y allí éramos cerca de medio centenar de hombres agotados, sudorosos y enojados a la espera de algo con que mitigar las casi 24 horas de obligado ayuno. Fue entonces que ocurrió “el milagro de los panes y el azúcar”. Alguien acarreó un sucio saco de azúcar prieta donde había apenas unas 10 libras en el fondo. Todos se abalanzaron sobre el saco y alcancé a coger un puñado de azúcar que puse rápido en el jarro de aluminio y diluí con el agua que sí estaba disponible. No apuré la solución, la puse cerca de mi mochila. Unos minutos después otro empleado del campamento llegó con una caja de cartón con panes, apenas alcanzaba para dos docenas de personas; alguien golpeó la caja que salió por el aire con los panes. Por un momento llegué a creer que los panes, que se hicieron voladores, descendieron multiplicados y uno de ellos cayó tan cerca como para alcanzarlo de inmediato y correr para evitar la “arrebatiña”. Eran panes elaborados hacía varios días, algunos duros y mohosos, pero eran un manjar delicioso dada las circunstancias. Bien se dice que “a buena hambre no hay pan duro”, pero allí estaba el jarrito de agua con azúcar para suavizarlo. Nadie puede ser sensato con el estómago vacío, pero aquella tarde alguien dio la orden de regresar a La Habana, seguro que había comido.

Durante los días de la Zafra del 70, estaba en la parte oriental de la Isla, en aquel campamento, “Las 44”, de unos 180 hombres dispuestos a la dura labor del corte de caña; más de una vez vi el hambre en aquellos rostros curtidos por el trabajo y tiznados en los campos de caña quemada. Llegaban al comedor para muchas veces no encontrar apenas alimentos. El fornido cocinero con quien compartía horas de conversación viajaba hasta el pueblo más cercano a buscar los huesos en el Matadero; con esos huesos grandes y blancos, carentes de carne pero si con tendones y grasa, hacia un abundante cocido humeante y negruzco al que agregaba, si tenía, algunas viandas, arroz y agua una y otra vez a medida que iban llegando los cortadores desde el campo. Se vencía así el hambre con aquel caldo gris y algunas galletas ranciosas que aún quedaban en los escasos sacos del almacén. Formábamos parte del Contingente Lenin, y con este nombre, sí el del “viejito que inventó del hambre”, nuestro contingente estaba preparado para los más grandes sacrificios.

Desde esos días hay más de una anécdota que nos hace recordar los días del mal llamado “Periodo Especial en tiempo de Paz”, esto en los 90; que dejaré para próximas entregas o para sazonar alguno que otro artículo, de esos que salen como así.

También hay barrigas satisfechas, al menos así creemos. Viviendo en el país del bienestar, encantándonos con esto de la comida al alcance, variada y abundante y de la comida que aquí llaman “chatarra”. Es bueno saber que el hambre se hace distante. Saciado lucho yo, parafraseando al poeta español que bien dice: “hambrientamente lucho yo”. Prueben a brindarle a las mujeres “hormigueras” del Chad esto que aquí llamamos con desdén “comida chatarra”.

Desde que rompe el día acompañamos los primeros pensamientos con una humeante y escasa pero fuerte taza de café negro y aromático, al que sigue el cereal que es casi ceremonia de avena y miel. Secuencia de alimentos unos saludables y otros menos, que termina en la noche con una manzana rebanada con deleite e ingerida despacio. No, no hay hambre, esa cosa fea.

Hace unos años encontrándome en una ciudad de la frontera sur, ciudad de contrastado bienestar, y a la espera de una invitación para comer en un conocido restaurante; justo cuando esperaba en aquel estrecho, pero agradable salón de espera, una mujer en los 50 llegó hasta mí para pedirme dinero para comer. Estaba en la frontera sin dinero, deportada y con hambre. “No tengo”, le dije, y se dio media vuelta para caminar por el espacioso parqueo.

Tenía en mi bolsillo unos 150 pesos, no mucho pero sí suficiente para mitigar el hambre, así que corrí detrás de ella y logré alcanzarla casi cruzando la calle y le entregué el dinero que llevaba. Regresé al restaurante donde di cuenta de un abundante plato de tostadas, fajitas humeantes guarnecidas de cebollas, frijoles refritos, arroz, guacamole y una jarra de agua de Jamaica. Tuve una buena digestión.


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