Actualizado: 18/08/2017 11:02
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Memorias de la Revolución, Trabajo, Zafra

El «Lily» en la Limpia

Este relato forma parte de la sección cuyo tema central es lo que se podría catalogar de “memorias de la revolución”

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Después de aproximadamente 20 años sin verlo me encontré con el Lily, en julio de 1980. Seguía como cuando adolescente: la barriga tenue y arqueada echada hacia delante, los hombros caídos, los ojos como rayitas marrones. Sólo que ahora, un poco más grueso o menos flaco, llevaba un sombrero rojo de pachanguita bajo el sol del verano cubano. Estábamos en la limpia de caña, o para decirlo con más certeza: acabábamos de desembarcar, él en un camión, yo en otro, en el albergue destinado, en las remotidades de los campos villaclareños.

Era julio, ya lo dije, la tercera decena del mes, período en que ya recordarán los que recuerdan y deberían recordar los que no han vivido las glorias cubanas, se celebraban los carnavales revolucionarios para honrar la fecha insignia de Fidel Castro, el 26 de Julio.

Por segunda ocasión en fecha semejante, me habían mandado por una semana para la Limpia de Caña; para quienes no sepan lo que es: darle machete bajo un sol terrible y a expensas de las lluvias de verano a las yerbas que impiden la graduación final de unas cañas ya bastante desarrolladas.

Me había mandado para esta labor “voluntaria”, otra vez, la jefa económica de la sectorial de cultura de Villa Clara, quien era además la Secretaria del Núcleo del Partido Comunista. Pero quien me había comunicado que yo había sido elegido fue, como debía ser por ley, Lolita, la secretaria de la Sección Sindical, quien me aclaró por segundo año consecutivo: “Es que dice ella que debes ser tú...”.

El lunes, a las 6 de la mañana, cuando estábamos tomando los camiones para partir, allí en Tristá y Parque, vi, casi escondida diría, detrás de un poste de la luz, a Juanita, la secretaria del Sindicato Municipal de Trabajadores de la Cultura; la vi en el momento en que miraba hacia el camión, justamente hacia mí, y anotaba en una carpeta. Estaba comprobando-anotando mi asistencia.

El Lily, amigo de aquel barrio de la infancia, me contó que trabajaba en un hotel de paso (en La Habana, una “posada”), y me instruyó muchísimo sobre las artes, los trucos de su oficio.

Al mediodía el jefe de brigada —siempre había un jefe de brigada— dio un discurso sobre lo imprescindible que resultaba limpiar de malas yerbas esos campos de cañas aun dentro del feroz calor de julio y se lamentó de que los allí presentes no pudieran disfrutar del fin de semana del carnaval (el tiro sería de lunes a lunes), pero la patria...

—¿Te acuerdas del viejo Urbano, de allá del barrio...?

Me preguntó el Lily caminando hacia al albergue.

—No...

—Ah bueno... pues mira ese cotorrero que estaba hablando es hijo de él... Sé que le encanta ser jefe de brigada pa’ no pinchar duro.

El hijo del viejo Urbano había anunciado que empezaríamos a trabajar por la tarde.

—Te veo un poco apendejado —me dijo el Lily ya en el camión, con destino al primer campo de caña. Yo más bien estaba deprimido: me habían mandado para la limpia de caña en el momento en que estaba puliendo un libro de cuentos.

Cuando bajamos del camión el Lily fue hacia un árbol cercano y cortó dos ramas para hacer su “garabato” y el mío, aclaró. Para los que afortunadamente no saben lo que es un garabato: un utensilio de palo, con la punta en forma de gancho con la cual se agarra la yerba con la mano no diestra, tratando de que forme un mazo, para enseguida cortar ese mazo de uno o varios machetazos con la mano diestra.

Por mucho afán que ponía jornada tras jornada, no lograba yo terminar mi surco junto con los primeros que llegaban al otro lado, el Lily incluido. Me resultaba muy difícil avanzar, sobre todo porque en uno y otro sitio del surco había agua acumulada de las lluvias constantes y las botas se encharcaban, me hacían resbalar, amén de que las cañas estaban muy altas y el calor sacaba chorros de sudor en medio de la soledad asfixiante del surco.

El jueves por la mañana, mientras nos tomábamos la leche evaporada del desayuno, comenté lo anterior con el Lily. Pareció asombrarse.

—No, no, no... —me dijo–. Eso no es así...

Me llevó afuera del comedor.

—Tú sabes que tú y yo somos ekobios desde chamacos... Mira...

En eso pasó muy cerca el hijo de Urbano y el Lily se quitó el sombrerito rojo de pachanga e hizo como si me lo estuviera enseñando.

—Tremendo singaíto... —dijo cuando ya el jefe de brigada no lo podía escuchar. Y retomó el tema interrumpido.

—Eso no es así... Mira..., cuando tú llegas a las partes del surco donde están los charcos de agua, caminas por la orillita y cuando llegas adonde ya no hay agua sigues cortando la yerba... ¿Comprendes?

—Pero Lily... entonces se quedan con la yerba todos esos plantones de caña que están en el agua y cerca de ella...

—Bueno... ¿pero tú te imaginas el catarro que puede coger uno si anda metiendo lo pies en esos charcos de agua?

—Pero Lily... ¿No te parece que eso es un fraude, un engaño?... Ah, mi socio... y ahora de paso comprendo porque tú y la mayoría logran “terminar” su surco sin problemas... ¿Te imaginas la cantidad de plantones de caña que dejan sin desyerbar?

—Ah, no me digas... ¿Un fraude, un engaño? —exclamó el Lily mirándome a los ojos como con cierto encabronamiento.

—Sí, eso mismo, mi hermano, eso mismo.

—Bueno, chico... eso depende de con qué ojos tú miras el mundo —me quitó la vista de la cara y le enfocó hacia arriba—. Así que haz lo que te salga de los cojones... Yo cumplí con enseñarte...


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