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Actualizado: 02/09/2014 16:11
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Día de Reyes, Infancia

En el día de los reyes magos

La carta a los reyes magos con la promesa explícita de portarse bien en la escuela, en la casa y la solicitud del juguete preferido por parte de los niños cubanos podría resultar un documento si no arqueológico, al menos excepcional

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Mi primera desilusión tuvo tres nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar. Creo que esta es una experiencia afín a muchos seres humanos. La certeza en lo que hemos creído se derrumba y quedamos a solas, por primera vez, con toda nuestra pueril ingenuidad.

En el caso de las personas de mi generación, por llamarles de alguna manera y sin considerar un límite de tiempo estricto, esta desilusión pasó por la experiencia de que nuestros padres se desgastaran en adecuar nuestras cartas de solicitud a los Reyes Magos a la venta de los juguetes siempre racionados a tres, mediante la libreta de productos industriales, las largas colas durante días y noches, a la frustración de que cuando llegara el turno, se hubiera terminado el juguete deseado y elegido por el hijo, al fin y al cabo inocente, todavía inmerso en la fantasía de que los tres reyes magos llegarían a lomo de camello en la madrugada del día seis de enero. Y allí estaban en las vidrieras de casi todas las tiendas del país, los llamados juguetes básicos como las poquísimas y rutilantes bicicletas, las muñecas Dunias o Marinas con su naylon encajado en la cabeza para conservarles el peinado, o aquel osito fotógrafo que levantaba su cámara y emitía un sonoro flash gracias a la energía de las pilas; los clasificados como no básicos que resultaban ser menores en precio y en calidad: motocicletas o repartidores de helados de cuerda, además de cacharritos plásticos de cocina para que las niñas preparáramos las “comiditas” en el eterno juego de las casas. Y al final, los dirigidos. Los juguetes más humildes, pero tal vez los que más nos acompañaron porque eran más prácticos y más baratos: los juegos de yaquis, las bolas de cristal, las suizas plásticas, las pelotas de goma que golpeábamos con la mano contra el suelo mientras que, con nuestras vocecitas, contábamos las coincidencias: “guan, tu, tri…”

Era poco, tres juguetes al año, pero realmente, ahora los niños en Cuba tienen menos… Los padres que pueden, están más preocupados por procurarles a los hijos los caros juegos electrónicos. Las pocas jugueterías que existen ofrecen juguetes chatos y poco atractivos a elevados precios. Existen las rutilantes bicicletas en un número mayor, pero los precios son exorbitantes. Los padres no pueden darse el lujo de desviar del salario o del dinero que reciben por cualquier vía el precio de un juguete en una tienda cubana recaudadora de divisas. Ese dinero no alcanza para satisfacer las necesidades básicas de comida, aseo y vestuario. Los juguetes resultan siempre un deseo postergado; para muchos niños llegarán a ser definitivamente inalcanzables y lo que es peor, la forma de socializar y de incorporarse al mundo de los roles a través de los juegos se ve seriamente afectada porque ya se sabe que el juguete es una necesidad de los primeros años de la vida humana junto al oxígeno, el alimento, el amor y el cuidado de nuestros padres.

La carta a los reyes magos con la promesa explícita de portarse bien en la escuela, en la casa y la solicitud del juguete preferido por parte de los niños cubanos podría resultar un documento si no arqueológico, al menos excepcional. Esa tradición fue decayendo desde el propio año 1959 cuando la celebración el día 6 de enero fue pospuesta para el día 11 del mismo mes, pues en esos días, Fidel Castro al frente de la Caravana de la revolución triunfante se dirigía hacia La Habana.

En Cuba los padres tienen la obligación de que sus hijos cursen el nivel primario y también el secundario. Desde el preescolar los niños aprenden a identificar los héroes de la Patria, a cantar el himno de Bayamo, a nombrar los símbolos nacionales. Por estos días se ha publicado en la prensa oficial que la tasa nacional de natalidad durante cinco años consecutivos se encuentra por debajo de 5 por cada 1000 nacidos vivos, logro que se ha obtenido gracias a un sistema de salud accesible y gratuito para todos los ciudadanos y a un eficiente desarrollo educacional.

Sin embargo, conozco un niño de cinco años que le ha comunicado a sus padres que al cumplir ocho se irá a vivir a España. Otros, a la pregunta clásica de qué quieres ser cuando seas grande, responden con conmovedora inocencia, que quieren ser extranjeros. Y por supuesto que desconocen el alcance o trascendencia de sus palabras, pero es cierto que en este modo de pensar hay algo que tiene que ver con los juguetes. O más bien con su carencia. O con la forma en que pueden abordar su recreación, su disfrute.

Es ardua la existencia del que no tiene dinero para acceder a lo digno en términos de alimentación y de oportunidades. También lo es para los niños con respecto a espacios recreativos y de desarrollo. Porque resultan muy diferentes los miniparques de diversiones enclavados en algunas de las más grandes tiendas recaudadoras de divisas a los que se cobran en moneda nacional, que son itinerantes y el resultado de una “filosofía almendrona” o lo que es lo mismo, la reparación sucesiva de viejos aparatos que no ofrecen la seguridad y confianza necesarias a los padres pues algunos pueden llegar a ser francamente peligrosos.

Mi primera desilusión se llamó Melchor, Gaspar y Baltasar. Pude superarla con la promesa de que pronto crecería, que me haría grande. Y, entonces, ¿para qué necesitaría los juguetes?

La primera desilusión de los niños de hoy es vivir en un país donde ni juguetes hay. Y cuando hay son tan caros que es mejor que no existieran pues ellos han aprendido, desde muy chiquitos, que ningún rey, por muy mago que sea, se los podrá dejar en su casa.


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