Actualizado: 18/08/2017 11:02
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Independencia, España, Narrativa

La Conspiración Gallega

Una ficción con un poco de historia y mucho de imaginación

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Regresa mi amigo afroamericano, con la certeza de haber descubierto otra de sus tenebrosas conspiraciones políticas. Como he ido conociéndolo, sus abstraídos silencios de la víspera de su partida en diciembre me hacían sospechar que algo se había puesto en marcha en su mente calenturienta.

Llevábamos tres jornadas de paseos por entre las ruinas de lo que alguna vez fue la ciudad más maravillosa del mundo, La Habana, cuando muy temprano en la mañana de su último día completo en Cuba atinamos a enfilar por la calle Zulueta. En el antiguo parque Zayas, ahora de no sé qué, le llamó la atención la multitud allí reunida:

—¿Esperan para visitar el Palacio de la Revolución o el de Bellas Artes? —me preguntó.

—Ni lo uno ni lo otro. Hacen cola para intentar hacerse ciudadanos españoles en la embajada de ese país. —Le respondí, mientras le señalaba el edificio y la bandera rojigualda; recortados contra la mar.

Durante unos segundos mantuvo la mirada en la bandera. Luego la bajó hasta un par de negras, azules más bien, que engalanas en sus mejores trapos y cubiertas de la peor bisutería esperaban soñolientas su turno de ser recibidas en la embajada. A sus pies, en par de jabas, la mitad de los registros civiles de Regla, Marianao o Diez de Octubre. Papelería con la que al parecer pretendían probar su descendencia directa del mismísimo Pelayo, o aun hasta de Recaredo.

Ensimismado anduvo desde ese instante, hasta su partida al atardecer del día siguiente. Incluso fue muy parco en sus respuestas a mis correos mientras estuvo fuera. Y hasta alguno hubo que olvidó responderme.

Ahora lo encuentro en la puerta de mi casa, aquí en Placetas, y tras atisbar a uno y otro lado me suelta muy quedo:

—Eureka.

Me toma del brazo y él, tan medido de suyo, me arrastra al interior de mi casa como si de la suya propia se tratara. Ya en la cocina corre a cerrar puertas y ventanas, comprueba mi inexistente gatera, enciende a todo volumen mi destartalado radio ruso para solo entonces venir a sentarse a la mesa. Pero como tales medidas no parecen bastarle, arrastra su silla hasta dejar a sus labios a unas escasas pulgadas de mi oreja derecha, vuelve a otear con ojos nerviosos a un lado y al otro y es solo en ese instante que se permite hablar:

—Lo que he descubierto… —Comienza. Pero no obstante pronunciado en un susurro que nada tiene que ver con su cara eufórica y con todo su ser tembloroso de una emoción semejante a la que dos mil años antes también sintiera Arquímedes. Aunque sin tantos comedimientos.

Me cuenta que en estos meses de ausencia visitó a España, y que, por pura casualidad, en el asilo de ancianos en que ahora vive su antiguo profesor de literatura hispanoamericana en Harvard, se tropezó con un viejo de 85 años que le confirmó una sospecha que ya barruntaba desde su última estancia en Cuba.

El viejo era hijo de un militar del ejército español al que en su juventud habían destinado a la guarnición del Palacio Real. Y a quién, por razones que no vienen al caso, la Reina Regente, Doña María Cristina, lo había distinguido con su especial confianza. En específico el por entonces teniente le había sido un muy útil enlace para todos los tejemanejes secretos que mantenía con su primer ministro, y fiel amigo, Mateo Práxedes Sagasta. Tejemanejes mediante los cuales ambos intentaban paliar las catastróficas consecuencias del Desastre de 1898.

El caso es que ya muy anciano, en los sesentas, el teniente devenido coronel y héroe del bando nacional en la Guerra Civil había comenzado a contar en el Café de los bajos ciertos secretos de esa época suya en Palacio. Al menos hasta una noche del 62 o 63, en que la policía política franquista cargó con él:

—¿Lo mataron? —Preguntó mi amigo, en el luminoso soportal en que el viejo consiguió enredarlo en su charla, vaya a saberse con qué artes de anciano desesperado por contar unas memorias que siente se le escapan de manera definitiva.

—No, por Dios. —Le respondió el viejo, bastante claro todavía para sus 86 por cumplir en solo par de meses. —En un final mi padre era uno de ellos. Se lo llevaron a un convento en Murcia. Nos dieron seguridades de que estaría muy bien atendido, pero nos aclararon que no podríamos visitarlo. A la muerte del Caudillo, como al año o dos, según creo recordar, mi hermano mayor y yo visitamos el convento. Todavía está su tumba allí. Murió en octubre de 1967, a los 89 años.

Según su hijo, entre todas las misiones que el teniente cumplió en su época palaciega había una que no dejaba de recordar una y otra vez en la demencia senil de sus últimos años: La ocasión en que por un pasaje secreto que pasaba por debajo de la Plaza de Oriente condujo a Palacio a una veintena de jóvenes.

Era una madrugada muy fría de mediados de enero de 1899. Por más trajeados de gala que fueran los quintos, porque eso eran, muchachos recién retornados de la Guerra de Cuba, no conseguían ocultar sus orígenes muy humildes. Aun con todo y su apocamiento, sus bruscas maneras campesinas se les saltaban aquí y allá.

¿A qué marchaban? Según su hijo el teniente nunca llegó a saberlo. Su tarea terminó al dejarlos en la puerta de la Sala del Trono. En que nada menos que el propio Sagasta los recibió muy afable, antes de encerrarse a solas con ellos. Veinte minutos después, o cosa así, también entró la Reina Regente, escoltada de dos oficiales navales de barbas blancas. A seguido otra media docena de oficiales de la misma arma lo reemplazaron a él y sus soldados en la vigilancia de los accesos de la Sala.

—Bueno, sí, interesante. ¿Pero a qué viene esta historia contada con tanto secretismo? —Le pregunte cuando su silencio cómplice se alargó más allá del minuto.

—¿No lo captas todavía? Fíjate, una reunión de la Reina y su Primer Ministro con jóvenes que acababan de regresar de la guerra de aquí. ¿Para qué?

—Chico, no sé. Supongo que para ponerles una medalla o algo así… En España como aquí somos muy aficionados a lo de las medallitas.

—¿La Reina Regente condecorando soldaditos miserables, y en secreto…? Espera, que te sigo contando.

Con todo y el susto de la inesperada visita de la policía política, los familiares del ex teniente alcanzaron a interpretar mal que bien su papel de perfectos inocentes. Así, para evitar que también los cargaran a ellos por saber demasiado, no solo aparentaron no haberle prestado ninguna atención a los disparates que el patriarca familiar soltaba no solo en el Café de los bajos, sino hasta en el retrete, y hasta tuvieron el talante de no mencionar la existencia de cierto papel.

Este no era otro que la lista, mecanografiada por la propia Reina Regente, en que se registraban los nombres de los 21 jóvenes que el teniente debía recibir en los sótanos del Teatro al otro lado de la Plaza de Oriente. Por sesenta y algo de años el militar y convencido monárquico lo había conservado en una carpeta de cuero. Su veneración por la Reina lo había llevado a incumplir la orden estricta de quemarlo al término de la misión.

A mi amigo afroamericano no le fue difícil obtener el documento. En su asilo católico, morriñoso del buen vino que las diligentes monjitas le habían prohibido consumir desde un par de años antes, el viejo hijo del teniente transó de inmediato.

Un negocio fácil, y barato…

—Por solo 200 euros. —Me confesó.

-Okey, ya tenías la lista, ¿y entonces? —Le espeté, algo aburrido de una historia que no parecía ir a ninguna parte. Pero, además, y lo confieso, también indignado por los para mí obscenos gastos que se permiten los habitantes del Primer Mundo para satisfacer cualquier capricho inútil. Los descalzos y famélicos negritos de… bueno, no de Etiopía, del solar de enfrente, se me atragantaron en la conciencia.

—El caso es que probé de todo con esa lista. Busqué si sus integrantes estaban entre los merecedores de alguna orden o consideración, si recibieron algún favor real sea en la forma de tierras, títulos o prebendas, si ascensos… pero nada. Ni en la prensa ni en ningún registro español había ni la más mínima referencia a estos 21 muchachos después de su regreso de aquí a fines de 1898. Parecían haberse esfumado… hasta que en los años veinte de súbito comenzaron a aparecer sus nombres en las listas de los emigrados que volvían al país, o hasta en las notas de los periódicos locales cuando el indiano llegaba forrado en pesetas. Y aquí viene lo en realidad interesante: Todos regresaban de Cuba, y no para quedarse, sino para volver.

Confieso que, si hasta este punto del relato las escasas pulgadas que mediaban entre mi oreja derecha y los labios de mi amigo no me había agradado gran cosa, ahora fui yo quien las redujo un poco más. De repente la historia tenía un sentido: Para mí era evidente que aquellos 21 quintos, en aquella remota noche de principios de 1899, habían sido comisionados a Cuba con una misión muy, pero que muy importante.

—Fue cuando descubrí esa coincidencia que ciertos barruntos que tuve la mañana aquella del parque, ¿recuerdas?, en la cercanía de la Embajada de España, se me decantaron en una idea clara.

—¿De qué idea hablas?

—Escucha esto: —me dijo con sus labios ya dentro de mi oreja derecha— El décimo tercer integrante de la lista era un tal Ángel Castro. O sea, alguien con el mismo nombre del padre de Fidel y Raúl Castro. Un señor, que si no se te ha olvidado el catecismo castrista recordarás fue también soldado en la Guerra de Cuba, que regresó a España en 1898, y que no obstante antes de cumplirse el año ya estaba de vuelta aquí. ¿Casualidad? Imposible.

—No tengo pruebas más concretas, y sospecho que si comienzo a buscarlas no tardaré en desaparecer yo mismo; con más y ciudadano americano que sea. Pero te puedo asegurar que lo sucedido fue poco más o menos esto: María Cristina y Sagasta ingeniaron un modo de recuperar a la recién perdida isla de Cuba.

Para ello reunieron a un grupo de jóvenes que en la guerra se hubiesen destacado por su patriotismo a toda prueba, pero sobre todo por su pobreza. Les pagaron el pasaje de regreso a Cuba y vaya a saberse si algo más; dinero o cartas de recomendación. Las órdenes fueron las de intentar ascender en las escalas de poder de la joven República. Si ellos mismos no, al menos sus futuros hijos, a quienes deberían educar en un profundo amor a España. Ya encima del caballo, como dicen ustedes, tenían que hacer lo imposible para descuajeringar a la Isla.

Para cuando en Cuba los agentes saboteadores no hubieran dejado ni chiva ni dónde amarrarla, en España se dictaría de inmediato una ley que habría de facilitarle a los cubanos el adquirir la ciudadanía española. En medio de la terrible miseria es indudable que todos correrían a la embajada de la bandera rojigualda. En consecuencia, cuando la mayoría de los cubanos se hubiesen convertido en españoles, no habría más que hacer un poco de presión desde Madrid. Y de este modo, sin disparar un tiro, Cuba volvería a ser parte de España.

—¿No notas que es precisamente esto lo que sucede ahora en tu país?

Debo admitirlo: Mi amigo pone a prueba este connatural escepticismo mío. Mírenme si no aquí, cociéndole una escarapela cubana al viejo sombrero de yarey de mi bisabuelo, mientras a un lado su machete espera para que le quite el orín. Por si las moscas, compay…


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