Actualizado: 24/06/2017 12:00
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La Isla circular: de Herbert Mathews a JetBlue

En esta larga historia de medio siglo de confrontación y extraños conciliábulos, numerosos son los ejemplos de cómo la Isla ha hecho el cuento, y la contraparte norteña lo ha asimilado

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Hace algunos años un amigo me contaba como cierta empresa hotelera cubana había timado a otra extranjera, cuya inversión millonaria no acaba de dar dividendos. El hotel insignia estaba a medio hacer. Pero ante los sospechosos atrasos, los empresarios anunciaron una repentina visita para inaugurar las obras. Rápidamente la maquinaria engañadora cubiche estuvo lista. Mientras terminaban de pintar el lobby, subieron a los inversores al piso superior y entre mulatas danzantes y mojitos, lograron obnubilarles el sentido. Para darle luz eléctrica a todo el edificio, colocaron una planta generadora en el patio. Para ofrecer la idea de agua caliente en duchas y lavamanos, calentaron las tuberías con sopletes. Los extranjeros tal vez no se tragaron la mentira. Pero inauguraron el hotel y siguieron invirtiendo dinero.

Cada cubano pudiera contar una historia parecida sobre la inauguración de una escuela, un hospital, un círculo infantil o una carretera. Porque sucede, desgraciadamente, que el personaje de Trespatines —timador simpático y dicharachero— no fue una invención de Cástor Vispo, sino la puesta en escena radial de un modo de hacer cubano y latinoamericano, lo cual explica su éxito también en otros países del Continente. Trespatines siempre logra salirse con la suya, aunque el juez nunca lo absuelva.

Del mismo modo, solo que, con grandes repercusiones históricas, Fidel Castro logró llevar a la Sierra Maestra a uno de los periodistas estrella del New York Times, Herbert Mathews, para desmentir su muerte. Algunos historiadores conceden a este hecho el comienzo del fin de la dictadura por sus implicaciones morales. Mathews había reportado varias guerras y participado él mismo en la Primera Guerra Mundial.

De modo que cuando Castro hizo desfilar ante sí a varios guerrilleros en harapos, una y otra vez pasando los mismos frente a él, informando batallas y cercos al enemigo, el periodista gringo supo que aunque vivos, esa guerrilla era apenas un grupo de sobrevivientes y su líder un aprendiz del engaño. Al desmentir en dos ediciones diferentes la muerte de Fidel Castro, a contrapelo de toda la prensa norteamericana y la información oficial batistiana, el periodista estableció la Leyenda de la Sierra: un ejército rebelde de pueblo, liderado por un invencible Don Quijote tropical.

Es aquí donde se cierra el círculo de decenas de años de timo y daca entre el régimen cubano y los gobiernos norteamericanos: un mentiroso necesita de alguien que quiera o necesite creerse la mentira. Y en esta larga historia de medio siglo de confrontación y extraños conciliábulos, numerosos son los ejemplos de cómo la Isla ha hecho el cuento, y la contraparte norteña lo ha asimilado. Al final, parece juego de gato y ratón donde se intercambian papeles sin muchos miramientos.

La última de las estafas espectaculares ha sido el negocio de la aviación comercial y el turismo a Cuba. Como es habitual, la operación de marketing a la “manzana prohibida”, Cuba, engolosinó la voraz empresa turística norteamericana. Apostaron por dos factores concurrentes: la apertura de Obama continuaría con la casi segura victoria demócrata, lo cual aumentaría los viajeros nacionales, y que la mayoría de los cubanos afincados en Miami, ante tan buenos manjares —paquetes de ida y vuelta desde 99 dólares—, incrementarían los viajes a la Isla. Ambas suposiciones no resultaron ciertas, y alguien debe estar pagando por el chasco.

No ganó la línea aperturista. Y es muy probable que se dicten regulaciones más restrictivas. Los cubiches de Miami ganan como promedio menos de 15 dólares la hora como para gastarse de tres mil a cinco mil dólares cada vez que toman un vuelo de apenas 45 minutos. A Cuba hay que llevarlo todo. El resultado: hay cientos de vuelos cancelados y algunas aerolíneas están pensando eliminar destinos a la “Isla prometida”; la supuesta eclosión hotelera cubana ha sido puesta en espera.

¿Quién ha sido el engañado y el engañador? ¿JetBlue, Frontier, Silver Airways o las compañías cubanas de turismo? ¿No sabían los avezados estrategas norteamericanos el riesgo que corrían? Nadie por acá habla ya de cruceros o ferris. De inversiones en la hotelería y los campos de golf antillanos. Como Mathews, una vez más, el régimen pudo “mangar” a los empresarios norteamericanos. Pero otra vez, ¿quisieron ser o necesitaban ser “mangados” los ‘americanos”?

Y esta es una pregunta importante porque la respuesta nada tiene que ver con lo política, o la ética; si es correcto o incorrecto hacer negocios con un régimen que no paga; si es moral o inmoral hacer tratos con un gobierno, el norteamericano, que implícitamente desea el derrumbe del sistema político imperante en el “socio”. La respuesta a este dilema existencial entre la Isla y el Norte está más en la cuerda del adeudo histórico y geográfico, en ser el satélite natural y político que Cuba es, pésele a los autonomistas, independentistas o anexionistas de nuestro tiempo. Una relación de odio-amor cuasi freudiana. Una relación circular donde la Isla vuelve su rostro hacia las costas norteamericanas buscando luz y el Norte busca una rendija por donde colarse en la penumbra isleña.

Nuestro destino está y estará ligado a la potencia del Norte. Puede ser una desgracia. O una suerte. Depende de quien lo mire. Todo amago por desligarse del llamado fatalismo geográfico no es más que palabrería hueca, sin ningún sustento histórico, objetivo y práctico. Cada intento de ruptura es una nueva y más fuerte aproximación al núcleo gravitacional norteamericano. Fue así en la época de Herbert Mathews, es así en nuestros días y puede volver a ser así en el futuro. Siempre habrá en la Isla quien quiera venderles y venderse a los poderosos vecinos, y en el Norte, quienes deseen comprar por los motivos que la razón, y también el corazón, desconocen.


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