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Actualizado: 21/11/2014 14:39
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Migración, Profesionales, Exilio

La reforma migratoria y los profesionales

En Cuba tras cada cerebro fugado hay un cerebro mal usado

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Uno de los temas más oscuros de la reciente reforma migratoria cubana es el de los profesionales. El Gobierno cubano ha argumentado que no permitirá la migración de profesionales que sean indispensables para el desarrollo nacional, y lo remite como una medida de protección contra las políticas de robos de cerebros que practican los países desarrollados y afectan las economías tercermundistas. Luego dice que quien quiera emigrar tiene que esperar 5 años —¿hasta que se formen los relevos?— y quien “deserte” no puede regresar en 8 años. Al menos eso parece que dice.

Envuelto en la retórica antimperialista y generado desde una pequeña Isla con una situación económica deplorable, este aspecto del discurso de la reforma ha calado en diversos medios de opinión. Muchos analistas dicen que es comprensible. Y hasta que se ha ganado algunos aplausos por tratar de contrarrestar el programa que tiene los Estados Unidos para estimular la deserción de médicos cubanos en terceros países.

Creo, sin embargo, que el argumento de los funcionarios cubanos es una propuesta errónea envuelta en una retórica fraudulenta.

Como aclaración previa, me parece una procacidad política el susodicho programa americano, como cualquier otro programa que, por razones económicas o políticas, aliente el trasvase de profesionales desde el sur hacia el norte. Yo creo que Cuba, como cualquier otro país del orbe, tiene derecho y está obligada a defender sus recursos humanos y la inversión que se ha hecho en ello. Pero no puede hacerlo de cualquier forma, ante todo porque hay maneras autoritarias y represivas que son inaceptables, que violan derechos humanos inalienables, y que además son ineficaces. Y todo esto es lo que está haciendo el Gobierno de Raúl Castro.

Ante todo, tras cada cerebro fugado hay un cerebro mal usado. Si Cuba posee recursos técnicos excedentes de sus necesidades económicas debido a la hipertrofia del sistema educativo y a la reducción de su aparato burocrático, y si además posee un sistema económico y social que frustra las aspiraciones de la gente, es razonable que la gente emigre con sus títulos a cuesta. Y no siempre emigran hacia los centros económicos. Los profesionales cubanos ocupan espacios muy visibles de los staff profesorales de las universidades dominicanas, de la prensa y de las clínicas; y no creo que se pueda hablar mucho tiempo del desarrollo dominicano sin caer en el desvarío. Y lo mismo sucede con otros países de América y hasta de África.

Cuba pudiera colocar reglas claras de protección. Creo que todo profesional debe cumplir un servicio social que pague por su carrera y no se le debe expedir el título hasta que no lo cumpla. O debe pagar con dinero sonante cuando no quiera hacer el servicio social. Y todo eso de manera muy clara y sujeta a contrato. Pero ningún gobierno tiene derecho a impedir a una persona salir del país y volver libremente a él por razones políticas, ideológicas o profesionales.

Y por eso mismo lo que el Gobierno cubano debe hacer es madurar y colocarse en el siglo que vivimos. Y saber que cada cubano emigrado —más aún si pose un alto nivel profesional— es una auténtica mina de conocimientos, experiencias y relaciones, un auténtico capital social, que debe ser aprovechado con políticas positivas. Es hora de mirar al profesional emigrado como una oportunidad, y no como un problema. Y si no se ve así, y no se actúa en consecuencia, la sociedad cubana seguirá perdiendo por todos los costados.

El asunto radica en que el Gobierno cubano no quiere renunciar a su triste vocación rentista, necesita desesperadamente dinero, y solo se interesa por el dinero fácil y rápido. Y se cree en serio que el país es una potencia de conocimientos en capacidad para exportar recursos técnicos, y que por ahí va el futuro. Cuando en realidad lo que hacemos es exportar técnicos y profesionales a nichos muy especiales, de países subdesarrollados con algún dinero o con vínculos políticos especiales, como es, de manera muy señalada, Venezuela.

En esto, y no en batalla antimperialista alguna como anuncia la retórica, reside la cláusula restrictiva de la reforma migratoria, que con particular fuerza va a caer sobre los médicos y el personal de la salud.

El asunto es que mientras el Gobierno cubano pueda seguir monopolizando la contratación de personal nativo en el exterior, continuará percibiendo los ingresos monumentales que ahora recibe, pagando apenas centavos a los técnicos contratados. Para ello, tiene que mantener a esos médicos y profesionales en condiciones de máxima vulnerabilidad, cual conscriptos calificados, engagés de nuevo tipo, siempre con la familia como rehén. El día que un médico cubano pueda viajar libremente, contratarse en las condiciones que dicte el mercado laboral en cada lugar y reunirse con su familia sin cortapisas (aquí o allá), este negocio se termina, o al menos se va a restringir a los que no tengan otras opciones. Y con ello se termina esa captación de dinero que no solo subsidia la crónica incapacidad económica de esta clase política, sino que también provee los ingresos de los tecnócratas, los altos oficiales y los dirigentes, todos en sus procesos de conversión burguesa. El dinero que finalmente alienta algunas noches —selectas y caras— que ya se pueden vivir en La Habana.

Permítanme poner un ejemplo real que conozco personalmente. Se trata de una persona que conocí en los ya lejanos días en que estudiaba en el preuniversitario, y que pudo convertirse en una reconocida especialista. A sus 55 años esa persona fue contratada, por ANTEX (Corporación Antillana de Exportación) como profesor(a) de una universidad de provincia en Suramérica. Cuando llegó no había tal universidad disponible, por lo que fue mandada a una aldea sin luz eléctrica a atender un dispensario de medicina general. En un mensaje me decía que estaba harta y que no sabía si iba a poder resistir dos años en tales condiciones que estaban resintiendo su salud. Pero, me escribía, que no era posible regresar pues su familia —nietos incluidos— requería desesperadamente sus magros ingresos. Y abandonar la misión le condenaría a una larga separación que su edad no le permitía.

Obviamente, esta persona pudiera encontrar empleo fácilmente en cualquier país latinoamericano —para poner un ejemplo— y aun restringiendo sus servicios a la salud pública, ganar muchas veces lo que hoy percibe, sin tener que agradecer a los tecnócratas de ANTEX que le escojan para una misión en una aldea perdida. Si lograra hacer lo mismo en el norte desarrollado, la situación sería aún más beneficiosa.

Realmente es lamentable cómo la prensa, los gobiernos y algunos medios informativos de emigrados han palmeado de alegría ante el anuncio de la reforma migratoria, calificándola, sea el caso, de “trascendental” o de “cambio cualitativo”. En realidad la reforma deja en pie el asunto migratorio como un tema de permisos y autorizaciones que un Estado autoritario, no sujeto a control social alguno, concede o revoca. Y mantiene la práctica expropiatoria de derechos ciudadanos como un ariete político en manos de ese estado. Y el caso de los profesionales es un ejemplo muy claro.

Es razonable que la población cubana se alegre ante una bocanada de aire fresco en un ambiente tan enrarecido. Es normal que vean en la reforma algo positivo que va a mejorar sus vidas de alguna manera. No se puede perder de vista esta dimensión compleja en que los prisioneros se alegran porque los carceleros les aflojan los grilletes. Si yo fuera prisionero —para seguir usando la metáfora— también me alegraría. Lo que en verdad resulta deprimente es la alegría y los palmoteos de quienes hace tiempo no viven en el presidio. Y que, a todas luces, no piensan volver a él a pesar de todas las simpatías que les despiertan Raúl Castro y sus dudosas actualizaciones.


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