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Actualizado: 24/10/2014 17:24
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Economía

Reforma del timbiriche enriquecido

La “actualización” del socialismo castrista es como una aspirina: alivia el dolor, pero no cura

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Luego de la muerte en 1976 del freno mayor que tenía China para su desarrollo, Mao Tse Tung, esa nación inició profundas reformas económicas de corte capitalista que hicieron estremecer en su tumba al Gran Timonel. Una década después Vietnam emprendió su “Renovación” (Doi-Moi), que puso fin al estatismo económico estalinista.

Ahora Raúl Castro —con 32 años de retraso— anuncia que en abril próximo tendrá lugar el congreso del Partido Comunista (PCC) que no se celebra desde 1997 para aprobar la “actualización del modelo económico socialista”, que en palabras menos sofisticadas significa la Reforma del Timbiriche Enriquecido (RTE).

¿Se acuerdan del “picadillo de soya enriquecido”, aquel que “enriquecían” con harina y otras sustancias indefinidas para diferenciarlo de lo que comen vacas, puercos y pollos?

Eso es la RTE, que bajo control estatal e impuestos astronómicos dará cierta flexibilidad para actividades privadas, creará cooperativas, descentralizará algunas empresas, fulminará los subsidios estatales que quedan y despedirá a un millón de trabajadores. O sea, enriquecerá un tilín el timbirichismo llamado cuentapropismo.

La buena noticia es que eso abrirá ciertos espacios a la actividad privada que generarán una dinámica económica propia que será ya indetenible. La mala es que no va a la fuente de la crisis estructural que ha convertido en ruinas al tercer país latinoamericano con más alto nivel de vida en 1958. De ahí la decepción que ha causado en la militancia del PCC y en la población, que esperaban una reforma económica tipo chino o vietnamita.

Quien lee el único documento del congreso (“Lineamientos”), en su vetusta retórica ideológica descubre sólo 4 aspectos nuevos: 1) se alquilarán establecimientos estatales para actividades privadas o de cooperativas en los servicios, 2) empresas e individuos pagarán impuestos (como en los años 60), 3) se concederán créditos a esas actividades privadas (el ministro de Economía aclaró que no hay recursos financieros para ello), 4) las empresas se basarán en la autogestión financiera “en lugar de los mecanismos administrativos que tanto gustaban al Che Guevara .

Se aclara que “la planificación socialista seguirá siendo la vía principal para la dirección de la economía” y que abarcará también “a las formas no estatales que se apliquen”. Precisa que “no se permitirá la concentración de la propiedad en personas jurídicas (negocios privados) o naturales” (individuos). Es decir, nada ni nadie podrá crecer y se fomentará sólo la economía de subsistencia de los tiempos de Marco Polo.

Además, fiel a su desprecio por los cubanos, la RTE admitirá la inversión extranjera muy regulada como hasta ahora para que sólo beneficie a la Nomenklatura y sus familiares, pero prohibirá la formación de capital nacional tan necesaria para que el país salga de la miseria, que fue lo primero que hicieron China y Vietnam. Los precios serán fijados burocráticamente por las empresas y el Gobierno central, no por los actores económicos, y se estimulará “la empresa estatal socialista”.

No se entregará la tierra a quienes quieran trabajarla para producir y vender la cosecha libremente. El Estado dirá qué sembrar y a qué precio venderá al Gobierno lo cosechado, y el “sobrante” que podrá vender en los agromercados.

En Vietnam antes de la “Renovación” se pasaba hambre y hoy ese país es el segundo exportador mundial de arroz y de café, y el cuarto de caucho, porque se entregó a los agricultores el uso libre de la tierra y la venta libre de sus cosechas, que pueden exportar. La economía vietnamita hace años crece a un 7% anual y recibió este año $12.000 millones en capital extranjero.

La nota cómica la dio Raúl al afirmar que la RTE se basa en las ideas de Fidel, precisamente quien ha impedido siempre cualquier flexibilización económica.

Semejante sarcasmo pretende: 1) alimentar el ego extraterrestre de Fidel para que no se sienta relegado y quiera ejercer el derecho de veto del que goza (y gozará mientras viva) contra la apertura timbirichista, y 2) dejar sentado que nada habrá parecido a las reformas china y vietnamita.

En 1992 ó 1993 un dirigente de la prensa de Vietnam que integraba una delegación de alto nivel que visitaba La Habana se llegó al periódico Granma y fue recibido por uno de los jefes del diario. Cuando el visitante se marchó el colega y amigo me dijo bajito: “El tipo me preguntó cuándo vamos a comenzar aquí en Cuba nuestro Doi-Moi, y le tuve que pasar el casete de que nuestras condiciones son distintas por culpa del bloqueo yanqui, y toda esa retahíla de pretextos que ya no se traga nadie…”.

Pues casi 20 años después, el 25 de noviembre, en su reciente visita a Pekín, Ricardo Alarcón puso el mismo casete, aquel que le rodó mi colega al vietnamita, y le dijo a la máxima dirigencia china que esa nación asiática y Cuba “están buscando un camino de desarrollo acorde con sus condiciones nacionales”.

Antes del IV Congreso del Partido Comunista (PCC), celebrado en Santiago de Cuba en octubre de 1991, 10 meses después de la desaparición de la Unión Soviética, la gente en la calle y los militantes del partido daban por seguro que se iba a aprobar la creación de pequeñas empresas privadas, legalizar la tenencia de divisas (quien tenía un dólar encima podía recibir 4 años de cárcel), la creación de empresas mixtas con capital extranjero, y era muy esperada la reapertura de los mercados campesinos pues de lo contrario el país se hundiría en una crisis alimentaria devastadora.

Incluso, en los núcleos del PCC se comentaba que se iba a enmendar la Constitución para elegir al Presidente de la República por voto popular directo y acabar con la farsa del Consejo de Estado copiada de los soviéticos.

Sin embargo, el dictador decapitó la voluntad nacional en un encendido discurso pocos días antes del congreso. Calificó de “traición al socialismo” los mercados campesinos, la creación de pequeños negocios, la legalización del dólar y la apertura al capital extranjero. Y dijo que votar directamente para elegir el Presidente era darle “demasiado poder” al elegido (no quería correr el riesgo de obtener una votación muy pobre, o incluso perder ante alguien con mayor popularidad, como Carlos Lage.)

Fidel prefirió someter a su pueblo al hambre y la desesperación, que llamó “período especial”, antes que abrir un minúsculo espacio a la iniciativa privada que pudiese restarle un ápice a su control absoluto sobre cada ciudadano.

La hecatombe fue tan colosal que al año siguiente autorizó los mercados campesinos, el trabajo por cuenta propia, las empresas mixtas, y en 1993 el dólar circulaba legalmente. Pero tan pronto Venezuela sustituyó a la URSS como soporte económico de Cuba se acabó la flexibilización económica. Ahora que la economía venezolana hace aguas, porque paradójicamente Hugo Chávez obedece al Comandante y lo estatiza todo, el régimen o abre la mano otra vez, o todo se viene abajo.

En fin, el timbirichismo enriquecido no liberará las fuerzas productivas cubanas. Es una aspirina: alivia el dolor, pero no cura.


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