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Actualizado: 24/04/2014 13:47
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| Internacional

Venezuela, Maduro

Cuando la mentira nos hace libres

La propaganda chavista actual es, como muchos señalan, un acto de profanación, un mensaje funerario, unas ideas con olor a flores marchitas

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Resulta altamente sugestivo e incomprensible hasta para los más expertos en comunicación social y propaganda desentrañar ese manojo de incoherencias que el Gobierno Venezolano da como verdades en estos días. Los más eruditos buscan patrones de semejanza entre las cortinas de humo totalitarias —tan antiguas y caras a las guerras religiosas— o los desajustes de una ya desajustada mente madurista. Como quiera que se le mire, como tragedia o como comedia, lo importante aquí no es el mensaje, ni siquiera el mensajero.

Quizás lo esencial haya que buscarlo más allá de lo digital, de las palabras y los gestos: a donde se pretende llegar. Sin duda, se quiere reconquistar el alma de una mal llamada Revolución que es huérfana de ideología, obtusa como su monocolor purpura y llena de disimiles y contradictorios protagonismos. La pregunta es esta: ¿Y por qué las mentiras ya no funcionan, muy pocos se la creen?, ¿por que funciona al revés y la gente se burla, se ríe?, o los asesores cubanos, después de tantos éxitos en desinformar, ¿han perdido el sentido del ridículo? Mientras mayor es la mentira, la chifladura, mayor es el rechazo, la sorna, el abandono de las almas y los corazones —aunque sigan pretendiendo los aplausos, como diría Heberto Padilla— del Proyecto Bolivariano.

Las razones son múltiples, y creo que le haríamos un favor al pueblo venezolano desmenuzando algunas de ellas. Nada oculto hay bajo el Sol de los artificios bolivarianos. Aquello de que una mentira repetida miles de veces llega a ser verdad parece que ha pasado de moda. Y la confirmación de la obsolescencia goebeliana es, precisamente, la paradójica propaganda chavista: a más mentiras, menos corazones a su lado.

En primer lugar, el mensaje. La propaganda chavista actual es, como muchos señalan, un acto de profanación, un mensaje funerario, unas ideas con olor a flores marchitas. Montarse en el cadáver insepulto de Chávez —cuyo discurso era ya, además, poco lucido y nada original— es como un remake de lo peor. Chávez, como otros tantos líderes de este pedazo que suelen llamar Latinoamérica, no tiene una sola idea nueva, ni filosófica ni política. Nada significativo que pueda ser citado para la posteridad y prosperidad de su pueblo. Es una retorica dura, inflamada, a ratos cuasi delirante, que se desborda ante una masa, y eso sí, parece imantar por la carismática presencia del Líder. En el mensaje del fascismo, del nazismo, del maoísmo, el estalinismo e incluso del Castrismo en sus años primaverales marxistas, había algo de substancia, aunque tuvieran esos mensajes un tinte criminal, discriminatorio, ofensivo a la dignidad humana. El discurso chavista ni eso: es algo hueco, chato, y sin enemigo —nunca falta un buen enemigo como Estados Unidos—, no habría dis-cursar.

El otro punto es el portador del mensaje, el actor, el líder. En ese tipo que se sube a una tribuna y desde que se para frente a la masa, no se sabe bien por qué, la paraliza, la embobece. Hay mucha teoría detrás de esto. Pero lo más creíble es que, en boca de uno de estos elegidos, el mensaje más absurdo, mas mentiroso, puede parecer una verdad. “Lo dijo Fidel”, decían en Cuba como para poner punto final a una discusión de cualquier tipo.

Esto es algo que los políticos deben succionar desde su temprana maternidad en oficinas y cuartos oscuros: una buena pose, unos gestos, un hablar firme, seguro, no al pueblo sino a aquel bobete de allá detrás, aunque no esté haciendo caso. El Líder, aunque se equivoque, se le parta la voz —como la perdía Castro hace unos 50 años o el Duce más de 80— seguía siendo el Líder, el Führer, el Generalísimo, el Comandante en jefe. Para suerte de los pueblos, este espécimen se da solo cada muchos años y en geografías distantes unas de otras. ¿Hubo una mala selección de líder al tomar a Maduro de portador?; o, ¿no había mucho de donde escoger? A este hombre es posible que ni su propia familia le crea una mentirilla piadosa. Otro fiasco de los diseñadores de campaña cubanos: no porque el ratón viva en el puerto tiene que ser estibador.

Por último, y como bien saben los estudiosos de comunicación social, lo más importante es el receptor: a quien van dirigidos los mensajes de un pajarito-alma insepulta, los aviones de combate vendidos en subasta en Estados Unidos, los proto-asesinos de un Presidente —acompañado de medio centenar de escoltas— con un AK-47, una escopeta de cacería y un par de granadas. Esos mensajes de propaganda están dirigidos al Pueblo Venezolano. Pero… ¿Quién es hoy “el pueblo venezolano”; ¿un atajo de retrasados mentales; ¿un alijo de párvulos?; o ¿acaso un pueblo como el cubano, monos sabios que no oyen, no ven y no hablan por más de medio siglo?

Venezuela no es un abstracto. Es un pueblo muy singular: tras doce años de prometerle el Cielo en la Tierra, su Tierra está más al Norte, en el Caribe, y no en el Norte “brutal” del cual al menos venía una moneda con la cual se podía viajar. Era, el Pueblo Venezolano, sí, un pueblo casi con el 85 % de pobres y cansados de corruptelas y clientelas políticas. Después de más de 10 años, dicen, hay más corruptos y clientes que nunca —incluir a más de una decena de países “clientes” del petróleo. Pero sobre todo era un país acostumbrándose —una buena parte— a un estilo de liderazgo pugnaz, pendenciero, retador, muy acorde a estómagos vacíos y cabezas calientes —los estómagos llenos y las cabezas reposadas no discuten. Se ríen y sueñan.

El receptor del Madurismo —versión desleída y des-leída— del Chavismo está cansado, y quiere oír otra música, no esa fúnebre letanía de encargos celestiales y conspiraciones que, ya casi todo el mundo sabe, son risibles puestas en escena. Para que funcione la propaganda en el receptor habría que aislar —como lo ha hecho eficientemente el régimen cubano durante medio siglo— toda contaminación comunicacional, esto es mensajes contradictorios al discurso oficial. Lo han intentado y lo siguen intentando —ahora, en vez de cerrar, compran. Pero les será difícil lograrlo en tanto el Siglo XXI es ya el Siglo del Ciberespacio, ente virtual sin dueños ni lideres supremos.

Está sucediendo algo digno de atención: Goebbels empieza a fenecer como dogma. Los venezolanos van en reversa en cuanto a la propaganda chavista. Un receptor, el Pueblo, magullado por la mentira y el desengaño —el mayor embuste: enfermedad y muerte de Chávez—, descalifica el Mensaje y de ahí, al Mensajero. En Venezuela, y de una forma muy peculiar, la mentira los está haciendo cada día más libres.



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