Actualizado: 26/05/2017 13:27
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EEUU, Gran Bretaña, Globalización

Humanismo versus reflujo tribalista

Vivimos hoy una marea alta de tribalismo en el mismo Occidente, que ha triunfado incluso en los núcleos más activos en el impulso del anterior periodo globalizador

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En la eterna lucha entre el tribalismo y el espíritu cosmopolita vivimos un momento en que el primero se impone a nivel global.

Contrario a lo que muchos sostienen el cosmopolitismo no se impuso en Occidente con la caída del Muro de Berlín. Predominaba en dos formas contrastadas desde la derrota de la Alemania nazi en 1945 y el consiguiente final de aquellos grandes proyectos tribalistas que en definitiva fueron todos los fascismos. Cosmopolita era el modelo democrático representativo y basado en el libre mercado de americanos y europeos, pero también el socialista soviético de economía planificada y subordinación de lo individual a lo social. Ambos se asentaban sobre una racionalidad de orígenes dieciochescos y sobre la consecuente creencia en la universalidad de sus respectivos modelos, vistos por tanto como plenamente aplicables a cualquier realidad humana.

No obstante la caída del Muro Berlín sí marca un momento significativo en este periodo de predominio del espíritu cosmopolita: con la derrota del proyecto socialista soviético en la Guerra Fría Occidente ya no tendrá que desangrarse más en luchas intestinas, por lo que a partir de ese momento podrá concentrar todas sus energías en un único esfuerzo globalizador. La ola globalizadora consecuente tendrá su clímax entre 2001 y 2003, con los intentos utopistas de George Bush y Tony Blair de imponer el modelo democrático asentado sobre el respeto a los derechos humanos y la economía de mercado a través de una serie de guerras contra el terror. Su estrella comenzará a declinar, sin embargo, con la pronta acumulación del número de muertos en aquellas guerras, pero sobre todo con el inicio de la crisis económica global de 2008. Su fin exacto quizás podríamos identificarlo con el triunfo electoral de Donald Trump.

Vivimos hoy una marea alta de tribalismo en el mismo Occidente, que ha triunfado incluso en los núcleos más activos en el impulso del anterior periodo globalizador: EEUU y el Reino Unido de la Gran Bretaña. No se trata ya de las travesuras de los globalifóbicos de hace unos años —que en definitiva eran tan cosmopolitas como cualquiera en el Occidente del año 2000, y que si en algo se diferenciaban de lo común por aquellos años era en su nostalgia de que su modelo, el alternativo soviético, no hubiera terminado imponiéndose— sino del reposicionamiento de lo tribal en los imaginarios de las grandes mayorías de nuestra civilización. El ascenso de un Donald Trump a la presidencia de EEUU o el éxito del Brexit, dan buena cuenta de ello.

Y es que contrario a lo que aparentaban, las sociedades occidentales conservan aun toda una superestructura de convenciones inconscientes, de hábitos y costumbres tribales, que auto-identifica más a sus individuos que la ciudadanía en sistemas políticos en apariencias muy racionalmente destilados, o el simple ejercicio de una individualidad asentada sobre un grupo de libertades para muchos teóricas. Como ayer, y como siempre, el barniz de racionalidad reposa sobre un vasto y oscuro océano subconsciente, en el que lo tribal es uno de los elementos constituyentes. Así, solo fue necesario que el individuo sintiera que las cosas ya no marchaban como debían, que el ímpetu cosmopolita de muchas maneras amenazaba sus formas de vida y hasta sus vidas mismas, para que de nuevo corriera a buscar refugio en ese reducto último de todo humano: la tribu.

El disparador inicial de esta marea alta tribalista es sin lugar a dudas la crisis global de 2008. Pero son los efectos colaterales intrínsecos a todo proceso globalizador los que han provocado el reflujo cosmopolita en gran parte de las sociedades occidentales:

La libre circulación de personas amenaza la forma de vida y la cultura de la gente pequeña.

Gran Bretaña, por ejemplo, ha pasado de 57 millones de habitantes en 1990 a los casi 65 millones actuales, y ello a contrapelo de que las tasas de natalidad de los británicos autóctonos se mantienen bastante por debajo de lo necesario para el reemplazo natural de la población. Si a algo se quiere achacar el triunfo del Brexit es precisamente a esa inundación de extranjeros que, es cierto, han dinamizado a la economía británica a unos niveles altos para el Occidente actual, pero que también han llevado al límite los servicios sociales del reino, a la vez que amenazan con convertir a los autóctonos en una minoría cultural en el propio país de sus ancestros.

El sistema de gobierno que ha traído la globalización ha tendido naturalmente a privilegiar lo mundial, o lo regional, sobre lo local, y ello ha alejado el área de las decisiones de aquellos sectores sociales que aún viven por sobre todo en la cotidianeidad de sus localidades.

El retroceso abrupto de la confianza pública en las clases políticas occidentales, con su discurso preocupado más que nada por los intereses de los grandes agentes globalizadores, las multinacionales, se explica más en este desfase con lo local-cotidiano que en un supuesto despertar “anticapitalista”. La gente pequeña no ataca a las multinacionales por algún afán redistribucionista de la riqueza creada, si no por sentir que en el nuevo orden global ellas les roban sus derechos políticos básicos, al convertirse en una poderosa fuente de ruidos entre ellos y sus representantes elegidos.

Por último está el hecho de que la utopía post-soviética de una posible difusión a todo el mundo de la democracia occidental se ha demostrado trágicamente irrealista en cuanto a la percepción de los tiempos requeridos para ello.

Aparte del hecho de que todo modelo que se impone desde algún lugar cultural siempre incluye algo de la tribu impositora, a contrapelo de todo el proceso de destilación racional a que haya sido sometido, con lo que ya de entrada genera serios problemas en su recepción en el más allá cultural-civilizatorio, está la incuestionable realidad de que ningún cambio cultural ocurre de la noche a la mañana.

No sería demasiado iluso decir que la ola globalizadora se ha estrellado más que nada contra el mundo islámico, que culturalmente se ha mostrado por completo refractario al intento demasiado evidente de cambiarles sus patrones de conducta, sus formas de vida mediante par de guerras y media docena de revoluciones.

Pero entonces, ¿qué hacer para revertir la actual marea tribalista?

Todos aquellos que no deseemos el retorno de los tiempos oscuros, la instauración de teocracias a lo largo y ancho del mundo, el retroceso de los derechos al libre pensamiento o la libre expresión, el surgimiento de un mundo dividido en civilizaciones o estados fascistas enfrentados, debemos utilizar todos los medios a nuestro alcance, grandes y pequeños, para detener este proceso que indudablemente podría caminar en esa dirección.

La Humanidad necesita más que de una nueva religión, al decir de Heidegger, de la comprensión clara de su verdadera situación en el Universo, y por sobre todo de grandes proyectos integradores: Hemos crecido tanto que las pequeñas dimensiones de nuestra cuna cósmica ya nos asfixian, y de hecho terminaran por hacerlo si no acabamos de salir más allá de ella, en el eterno empuje de una “última frontera” que siempre solo lo será por la próxima media hora.

Necesitamos tensar todas nuestras energías, físicas, mentales y espirituales en extendernos más allá de los límites de este planeta. Debemos concentrar nuestras economías en el esfuerzo de sembrar de colonias humanas el Sistema Solar, dedicar porcientos considerables de nuestros PIB en la consecución de esa meta. El control y planificación central de nuestras economías, aunque bajo cuidadoso escrutinio público, es al menos por el momento inexcusable: solo así habrá alguna posibilidad de retornar más tarde a formas económicas mercantiles que de manera indudable no podrán sostenerse por mucho tiempo si permanecemos encerrados en un único planeta. Es más, solo en la búsqueda ininterrumpida del “infinito y más allá” habrá alguna posibilidad de que no regresen los tiempos oscuros y de que la Libertad prospere de nuevo.

Ideológicamente son tiempos que imponen la afiliación fanática al Humanismo, o sea, a los anti-fanatismos. Todo aquel que tenga algún acceso a los espíritus ajenos debe empeñarse en remachar una y otra vez esta verdad: el Otro no es el enemigo que nos impide el disfrute de los bienes del supuesto paraíso en que vivimos. El Universo en que moramos de ningún modo es un paraíso. Si tal nos parece se debe a las afortunadas circunstancias en que las mujeres y hombres hemos vivido en los últimos 10.000 años, al hecho de que, contra lo que la experiencia de nuestra observación de nuestros alrededores cósmicos nos dicta como lo habitual en este Universo hostil, en el pequeño rincón del Cosmos en que nos hemos mantenido antinaturalmente atrapados por tanto tiempo las condiciones para la vida humana han permanecido favorables, pero por sobre todo a esa gran red de cooperación con el Otro que en definitiva Somos, que tantos desastres, carencias y hambrunas nos ha permitido superar.

El Otro, por tanto, tan atormentado por mis mismas dudas y angustias, es solo un camarada más en esta gran nave humana que viaja entre las tempestades de un Universo hostil: los puños alzados ante el Otro nunca podrán ser la razón de la incuestionable fuerza de la Humanidad, sino las manos extendidas que la construyen en medio del Gran Diálogo humano.


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