Actualizado: 26/07/2017 12:02
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EEUU, Elecciones, Trump

“Like a Rolling Stone”

Trump es un protodictador sin posibilidades, un Maduro con chofer, un Castro sin uniforme, un Chávez perfumado de Chanel

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Once upon a time you dressed so fine
Threw the bums a dime in your prime, didn’t you?
Bob Dylan

Nada más llegar a la Casa Blanca, Barack Obama fue recibido con el Premio Nobel de la Paz. Ocho años después la Academia sueca le otorga el premio, en Literatura, a un cantautor que representa la rebeldía de la sociedad norteamericana contra los poderes conservadores y la cultura rancia atribuida a los padres fundadores.

Ocho años después de un Nobel de la paz, por la que el Presidente no había hecho nada, esos mismos valores neocorservadores son premiados y ascienden al poder en la figura de Donald Trump. Realmente no es el triunfo de un partido, o de una forma de hacer política; lo que ha ganado es el poder de los medios de comunicación, la estrategia del reality show, la filosofía de la molestia.

Más que análisis políticos y estructurales sobre el sistema y la democracia, Trump suscita ruido. Pone en alerta a las redes sociales y al politólogo incipiente que habita en Facebook o en Twitter. Las reacciones son viscerales, unos esperan deportaciones masivas en directo a través de Fox News, y otros pronostican un Defcon 1 inminente.

El ruido olvida el sistema de contención institucional, las cadenas de mando, las reales posibilidades ejecutivas, o las limitaciones de esa prerrogativa. El ruido tiene que ver con la propia voluntad mediática de Trump, reconocido por el escándalo y en cierta forma, creado para él.

Trump representa dos extremos de la anatomía social contemporánea: la pérdida de influencia del sector industrial en pro del poder financiero, y la visibilidad que otorgan las redes sociales y la televisión. Trump existe porque se nos ha impuesto, de ninguna otra manera hubiera llegado a la nominación. El sector financiero, que junto a las empresas productoras de bienes esenciales son el verdadero poder global, es quien más puede resentirse con la presidencia del señor ridículo y protestón. El respaldo al presidente electo está en la propia base de la cultura postindustrial; son los afectados, la inmensa mayoría de obreros y pequeños empresarios que perdieron su condición de clase media de manos de la especulación global, los que han aupado a un presidente estilo Disney.

El enemigo de Trump es Wall Street. Acostumbrados a manejar presidentes y generales según la voluntad y lógica del mercado, les asusta un señor estrafalario y gritón que puede desdibujar sus privilegios y favorecer a una industria que los bancos obligaron a huir a Asia. Es paradójico que los principales apoyos empresariales de la candidata demócrata tengan su fuerza laboral y producción fuera de las fronteras de la Unión.

El presidente electo habló para las clases desposeídas por el propio sistema. Quienes votaron por él manifestaron su descontento con el país, con la globalización de la industria, con la deslocalización del mercado laboral. A Trump lo hicieron presidente quienes buscan en las etiquetas el Made in USA; esos que lo perdieron todo en la burbuja bancaria y que no obtendrán nada, absolutamente nada.

La América grande de Trump desapareció y hasta él sabe que lo que vende es el recuerdo doloroso de lo que ya nunca jamás existirá. La América que promete murió, y solo quienes piensan que todo tiempo pasado fue mejor le dieron su voto. A Trump lo hizo presidente la nostalgia.

Pero eso no importa, dos locos matarán a cuatro afroamericanos, la asociación del rifle ganará unos cientos de adeptos, el KKK se manifestará en la calle y deportarán a unos pocos miles de indocumentados. Eso, en la macro-política, es insignificante, aunque decirlo no sea correcto. El verdadero peligro está en quienes malinterpretarán la victoria del magnate, esos que se tomarán las promesas de campaña como verdades y cometerán los excesos en los que no podrá caer el presidente electo.

Lo que está en juego es el equilibrio de poder, y, Trump, representa la victoria que no pudieron obtener los Bush, el retorno del sector industrial de este país al poder visible. El desafío a las élites es tradicionalmente un asunto de las izquierdas, Trump lo hace desde los valores que comparten, magnificándolos, haciendo públicos los argumentos privados: racismo, xenofobia, misoginia.

Para desacreditar a Trump parece bastar el hecho de tener una mujer que se desnuda o ser un tipo que pone a su familia a trabajar para él. Sin embargo, en lo concreto, Trump no tiene desaciertos políticos, no arrastra decisiones equivocadas en política doméstica o internacional. Tampoco tiene mérito alguno en el ejercicio del poder.

Trump es un triunfo de la democracia, y quien diga lo contrario niega la esencia misma del funcionamiento político de Estados Unidos. Trump es aquel jardinero tonto que interpretó Pete Seller, en la película Being There, al que llamaban Chance. Trump es un protodictador sin posibilidades, un Maduro con chofer, un Castro sin uniforme, un Chávez perfumado de Chanel.

Esta presidencia será escándalo y la molestia. No es tan diferente de Obama, ni de Bush, ni del saxofonista Clinton, ni del bienamado Reagan, solo que aquellos hablaron bajito y este es un bocón.

Mientras en la Casa Blanca la primera familia verá como las revistas engordan con fotos de Melania desnuda o de los hijos matando jirafas, el mundo continuará su devenir caótico hacia ninguna parte. El populismo ganó, dicen algunos, esos mismos que olvidaron ya a Bernie Sanders, que es lo mismo, o quizás peor.

Y nadie se irá a vivir a Canadá. La boconería política de un lado y otro se parecen en algo: ni los unos ni los otros cumplen sus promesas.


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