Actualizado: 23/09/2017 15:02
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Indonesia, Suharto, Matanzas

Para no escapar de las fauces del tiranosaurio e ir a caer en las del tiburón blanco

Entre octubre de 1965 y marzo de 1966, en plena Guerra Fría, en Indonesia fueron asesinadas alrededor de un millón de personas por su presunta pertenencia al Partido Comunista

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En Internet se encuentran toneladas de información sobre cualquiera de las muchas persecuciones o masacres llevadas adelante por comunistas. En contraste, lo que puede encontrarse de la masacre anticomunista en Indonesia, entre 1965 y 1966, no llega ni al peso de lo que de café-chícharo-desechos radiactivos entrega el Gobierno raulista a su población como parte de la cuota normada de ese “producto”: menos de una libra mal despachada. Por ejemplo, Wikipedia le dedica casi 5.000 palabras a la Masacre de Batavia, que en un mes y medio cumplirá 277 años, y en contraste solo cuatro líneas, dentro de un artículo genérico: Matanzas Anticomunistas, a la que no tiene medio siglo y que dejó 100 veces más víctimas.

¿Cómo explicar tan desproporcionada diferencia de dimensiones entre los artículos que la más frecuentada enciclopedia colaborativa en línea le dedica al exterminio de 10.000 chinos, ordenado por un olvidado Adriaan Valckenier, allá por 1740, y al holocausto de un millón de comunistas indonesios, bajo inspiración norteamericana y ejecutoria de su lacayo Suharto, hace tan solo 51 años?

No creo que debamos asombrarnos de que para algunos el que nuestra civilización esté fundada en la hipocresía y el doble discurso sea una certeza. No creo que debamos asombrarnos, en consecuencia, de que personajes como Fidel Castro, Hugo Chávez, Nicolás Maduro o el loco ese de Nicaragua, consigan que sus discursos políticos resulten creíbles para una considerable parte del público.

En realidad, si usted o yo fuésemos descendientes de alguno de aquellos masacrados, ante tan evidente ejercicio de invisibilización de una de las masacres más grandes del Siglo XX, no creo que dejaríamos de creer a pies juntillas en esos discursos, y hasta a morir y matar por ellos. La constatación de que, para un sector nada despreciable de la opinión pública, por el simple hecho de ser comunistas se justificaba el exterminio de nuestros ancestros, no creo que tendría otro resultado posible en nuestras afiliaciones y actitudes políticas.

Pero no debemos asombrarnos porque en definitiva es verdad: nuestra civilización está fundada en la hipocresía y el doble discurso. Adolfo Hitler no decía más que una verdad del tamaño de un templo cuando afirmaba que lo que ellos, los nazis, hacían en los territorios del Este Europeo era ni más ni menos que lo mismo que los anglosajones habían venido haciendo en todo el mundo desde 1600. Solo que, con un poco de más de racionalidad, alemana, y hasta de humanidad. Afirmación mía a la que creo que nadie se podrá oponer, porque no es lo mismo que te aten a la boca de un cañón para matarte al dispararlo, como solían hacer los civilizados ingleses en la India todavía en 1857, a que te encierren en un baño y te gaseen sin que te des clara cuenta de que estás muriendo. Yo, por lo menos, prefiero lo segundo. No solo como espectador, sino hasta como víctima.

En todo caso el tipo de sociedad mundial al que aspiraba ese admirador de Albión que era Adolfo Hitler, en que los alemanes y los pueblos de sangre germánica ocuparan la cúspide de la escala social mundial, no era más que una copia del instaurado por la administración colonial inglesa en la India.

Ahora, el descubrimiento de ese doble discurso hipócrita no debe conducirnos a semejantes refugios. No es siguiendo a personajes como Fidel Castro o Adolf Hitler que solucionaremos el problema. Tal solución solo lo continúa. Escapar de la Alemania Nazi para irse a refugiar en la Rusia de Stalin no hubiera sido más que como saltar de entre las mandíbulas de un Tiranosaurio Rex para esconderse entre las de un tiburón blanco. Mucho menos aconsejable hubiera sido eludir los procesos de McCarthy al buscar refugio entre los faldones de Mao (a ningún intelectual norteamericano, ni aun los más radicales, se le ocurrió semejante disparate).

La credibilidad de los demócratas queda seriamente afectada por actitudes como la reflejada por el diferente tratamiento mediático de las dos masacres indonesias mencionadas. Y en las revueltas aguas que fluyen cuando los tales diques de credibilidad se rompen prosperan toda clase de alimañas.

No debemos, ni podemos, callar los crímenes, mucho menos cuando supuestamente se cometen en nombre de la libertad. Esa es la única actitud posible.

La Historia podrá ser por siempre el conjunto de mentiras consensuadas al que se refería Napoleón. Esto, gracias a Dios o vaya a saberse a qué, nos crea el escenario ideal para ese martirio que es siempre ejercer nuestro deber de ser Libres.

Por lo pronto, amigo lector, tú que a diferencia de mí tienes acceso pleno a internet, ¿no podrías ejercer ese deber y subir a la Wikipedia algún buen artículo sobre las infames matanzas indonesias de 1965 a 1966?


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