Actualizado: 24/06/2017 12:00
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Ryan, EEUU, Trump

¿Trumpcare o Ryancare?

Algunos de los partidarios más fieles al presidente Donald Trump han catalogado al proyecto de ley para sustituir al Obamacare como simplemente una “trampa de Ryan”

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Si desde el primer momento el intento de anular y reemplazar la Ley de Cuidados de Salud Asequibles (ACA) o Obamacare ha sido una batalla política, cada día que pasa la política —en la acepción más desagradable del término— se impone con mayor fuerza sobre el declarado esfuerzo de establecer un mejor plan de servicios médicos para los estadounidenses.

Esto ha llevado al punto de considerar el proyecto de ley en discusión, en algunos círculos de los partidarios más fieles al presidente Donald Trump, como simplemente una “trampa de Ryan”.

El aspecto más notorio y evidente de tal alerta lo produjo Breitbart, al hacer pública la filtración de una grabación de audio en que, ante congresistas republicanos, el presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, afirma que “no iba a defender a Donald Trump, no ahora, no en el futuro”.

La pregunta pertinente es por qué ese sitio de contenidos tan cercano al Presidente —y del que estuvo a cargo el principal asesor de estrategia política del mandatario hasta hace poco tiempo— resucita ahora un audio con palabras ya conocidas y de otro momento, pronunciadas tras la divulgación del video de Access Hollywood en que Trump alardeaba de una conducta sexual inadecuada.

A la grabación en Breitbart hay que sumar una columna de opinión de Christopher Ruddy, un amigo por años de Trump, y jefe ejecutivo de Newsmax Media, publicada el martes, en que se insta al Presidente a “enterrar” la propuesta de ley.

Con un proyecto polémico desde que se dio a conocer —atacado tanto por los republicanos más extremos como por los más moderados, así como por muchos gobernadores de ambos partidos— y bajo críticas aún más fuertes luego que la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) ofreció sus proyecciones de que el plan dejaría sin seguro a 14 millones de estadounidenses en 2018 y 24 millones durante la próxima década, queda por verse hasta dónde el mandatario está dispuesto a arriesgar su capital político en una medida con posibilidades de terminar en fracaso, un estancamiento o una discusión de meses que paralice otros proyectos, como ocurrió en el inicio del primer mandato de Obama.

Lo primero que llama la atención es la decisión del Presidente de asumir un riesgo tan elevado al comienzo de su mandato. Si bien durante su campaña había situado como una de sus prioridades que, desde el momento que pusiera un pie en la Casa Blanca, buscaría la eliminación del Obamacare, en las primeras semanas pareció que tal promesa le tomaría más tiempo: desde las afirmaciones de que el problema era más complejo de lo que suponía hasta los comentarios de posibles plazos que se extendían a finales de año o inicios del próximo.

Sin embargo ahora, días apenas antes del inicio de la primavera, la Casa Blanca, el Congreso y todo el país están enfrascados en la discusión de un proyecto de ley que parece satisfacer a pocos o a nadie.

¿De quién es la trampa?

Desde igual óptica de estrategia política, a Trump pudiera haberle sido más útil lanzarse primero a cumplir su también promesa de un amplio plan de creación y remodelación de la infraestructura del país, o a la reforma fiscal tan mencionada, que a ese campo minado que siempre ha sido, para cualquier presidente de esta nación, un plan de servicios médicos.

Sobre las razones de Trump solo cabe especular. Quizás analizó que la sustitución del Obamacare le brindaría tales réditos que a partir de ese momento cualquier otra propuesta sería fácilmente aprobada. Es posible que la sombra de Barack Obama —el deseo de destruir, con la aparente intención de mejorar, el mayor logro de su predecesor— determinara su conducta. En cualquier caso, se ha lanzado a la batalla. Pero aquí cabe un señalamiento importante. Trump se ha incorporado a una batalla que no le es ajena, pero tampoco propia. El plan propuesto es de Ryan, no suyo.

En el caso del legislador republicano la explicación de llevar a cabo su anhelo es obvia. Desde hace años Ryan viene tratando de lograr esta propuesta, y para sus fines escogió el momento adecuado.

Solo que entonces cabe otra pregunta, aún más importante: ¿es una trampa de Ryan a Trump o de Trump a Ryan?

El representante Ryan es quien uno tiende a mencionar ante la interrogante de los posibles rivales de Trump dentro del mismo partido. La alianza forzosa entre ambos se sabe circunstancial, y quizá en este ejercicio de poder el mandatario esté demostrando mayor sagacidad política.

Si fracasa la propuesta, el posible mayor perdedor será Ryan —de conocidas ambiciones presidenciales—, no Trump.

Aunque esta respuesta también es circunstancial, y depende al menos de dos factores: hasta dónde llegará la implicación del Presidente en un plan que verbalmente ha hecho suyo —aunque este detalle en Trump no es confiable— y también otra cuestión: cuál será el alcance de un fracaso en la negociación para la propia presidencia.

Las alternativas de Trump

Puede entonces decirse que en estos momentos asistimos a los primeros encuentros de una batalla que puede ser más o menos larga —y el interés de Ryan es hacerla lo más breve posible—, pero cuyo resultado final, si resulta desfavorable para el legislador republicano, no significará ni el final de los esfuerzos para poner fin al Obamacare ni tampoco dejará sin alternativas al Presidente.

Así que la atención debe concentrarse no solo en las discusiones que se llevan a cabo actualmente, sino en la forma en que maniobre Trump para nadar y guardar la ropa, y hay que añadir que el mandatario tiene varias opciones a su favor.

Al parecer, conscientes de dichas opciones, los demócratas están tratando también de aprovechar el momento, y por ello es que han decidido hablar de Trumpcare en lugar de Ryancare, para mencionar la Ley Americana de Cuidados de Salud (con la primera palabra para indicar que la patriotería ha llegado a la consulta médica). Algo así como la importancia llamar Trump a algo, aunque no sea lo apropiado de origen, pero sí de fines (demócratas).

Sin embargo, el intento demócrata es limitado cuando se tiene en cuenta que en la actualidad uno de los principales argumentos que Trump está empleando —y que le serviría en el futuro para un nuevo intento— es que el Obamacare se encamina a una implosión, y cabe esperar que hará lo que esté a su alcance para que dicha implosión ocurra, si fracasa el actual proyecto de ley.

La “implosión” del Obamacare

Cuando Trump se dirigió a los miembros de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), mencionó lo que les había dicho tanto a Ryan como al secretario de Salud, Tom Price, y a su equipo de la Casa Blanca: “Les dije que, desde un punto de vista estrictamente político, la mejor cosa que podemos hacer es nada. Dejar [al Obamacare] que implosione completamente. Ya está implosionando”. Agregó que no haría eso porque “no es lo correcto”.

Pero en una situación de falta de acuerdo, o en última instancia fracaso del proyecto, el Presidente podría alegar —hasta cierto punto— que no es su responsabilidad plena sino de la forma tradicional de hacer política en Washington.

Cuenta además con otra importante baraja en el juego: una implosión del Obamacare eliminaría muchos de los argumentos actuales en contra del proyecto de Ryan, que ya no sería de él sino de Trump.

Claro que dicho argumento tiene algo en contra, y es que realmente el Obamacare no se encamina necesariamente a una implosión.

Las cartas de Trump

Hay 11 millones de estadounidenses que pagan para obtener dichos beneficios y 9 millones que reciben subsidios. La ley es más popular que nunca.

Así que la idea de echarle la culpa a los demócratas, y particularmente a Obama, por un plan fallido, no pasa —de momento y solo de momento— de ser más que una ilusión.

Aunque existe el peligro de que nuevas acciones por parte del Gobierno de Trump acerquen a la realidad esa posibilidad de implosión.

La primer orden ejecutiva del nuevo presidente fue para que las dependencias gubernamentales tomaran cualquier acción que consideraran necesaria para minimizar las cargas del Obamacare, y ha sido interpretada por el Servicio de Rentas Internas (IRS) como una medida que deja sin efecto la disposición, durante el mandato de Obama, de interrumpir el procesamiento de los reembolsos de las declaraciones de impuestos, para aquellos que no dejan claro que se encuentran asegurados, lo que abre un amplio paréntesis para quienes no quieren cumplir con la disposición de inscripción obligatoria. Por otra parte, la inseguridad sobre el futuro del Obamacare se traslada a la posibilidad de más aseguradoras retirándose del plan. Todo ello trae como consecuencia que la disminución de inscriptos jóvenes y saludables terminará sobrecargando las pólizas de los más viejos y enfermos, en caso se continuar vigente la actual ley de salud.

A eso se une que la nueva administración suprimió en enero la publicidad llamando a la inscripción, incluso cuando ya había sido pagada, aunque la restableció luego, pero de forma tardía y limitada.

Todo esto ha traído como consecuencia que la cifra proyectada de inscriptos no se alcanzara. La campaña de inscripción se encaminaba a superar la cifra récord del año pasado a comienzos de enero, pero terminó por debajo, con 500.000 menos inscriptos.

Se debe añadir que la vasta mayoría de los estadounidenses cuentan con seguro de salud a través de sus empleos, Medicare y Medicaid. Quienes han tenido problemas con el aumento de las pólizas y el abandono de las aseguradoras constituyen solo el 6 % de quienes adquieren seguros en el mercado abierto, mediante el Obamacare pero sin subsidios.

Pero un estimado del 32 % de los condados del país tienen en la actualidad una sola aseguradora que brinda sus servicios a través del Obamacare, lo que significa un incremento del 7 % con relación al anterior año. (Algunas aseguradoras ya estaban abandonando el mercado desde antes de la elección presidencial.)

Trump entonces cuenta con posibilidades de convertirse en “el salvador” de los servicios médicos para los estadounidenses, incluso si fracasara el actual plan, mediante una nueva propuesta. Todo queda en si sabe jugar bien sus cartas, algo que hasta ahora ha demostrado ser capaz.


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