Actualizado: 23/09/2017 15:02
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Francia, Alemania, Grecia

Doxa y los opinadores

Las opiniones, aunque filosóficamente carezcan de valor, han sido un dramático factor para que los humanos se maten unos a otros desde que el mundo es mundo

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Despreciada por Platón y ninguneada por Aristóteles, la opinión carecía por aquellas épocas totalmente de valor. Para Platón palidecía ante la ciencia de las ideas y para Aristóteles la razón la despojaba de cualquier capacidad para conocer la realidad. Es, tal vez con el cristianismo, que la opinión se eleva a un rango superior ya que es pariente muy cercana a la “creencia” y como experimentó la Roma politeísta, la opinión que se convierte en creencia social puede conquistar imperios. De ahí que cuando la iglesia de Oriente se separa políticamente de la de Occidente se auto denomina Orto Doxa[1], es decir, la de la “recta” creencia u opinión.

Sin embargo, las opiniones, aunque filosóficamente carezcan de valor, han sido un dramático factor para que los humanos se maten unos a otros desde que el mundo es mundo. De los aproximadamente 108 mil millones de personas que han vivido sobre la Tierra en toda su historia, solo en el Siglo XX murieron en las guerras unos 108 millones de ellas. Y la opinión sobre de qué parte estuvo Dios en las batallas se encuentra perfectamente documentada. En las fotos previas a las carnicerías del Somme durante la Primera Guerra Mundial podemos ver tanto a franceses como a alemanes arrodillados en respectivas misas de campaña pidiendo apoyo y gracia al todopoderoso para cortarse al otro día los cuellos mutuamente. Y el sacerdote concediéndola.

Doxa es un animal raro. Recapitulemos.

La opinión es, además de una manifestación de la libertad individual —tanto para la oración como para el berrido— una especie muy manipulada por la mercadotecnia para encarcelarnos en la trampa del consumo colectivo. Y también, manipulada en los ámbitos de la política, nos compulsa a elegir una y otra vez a nuestros representantes, generalmente de manera emocional, sublimada y a veces egoísta, con el muy posible resultado de que al fin terminemos defraudados; además de obviamente enfrentados casi a muerte con aquellos cuya opinión es diferente, ya sea en sus corazones y cabezas o en sus fusiles y cañones, tal como sucedió durante los tristes días del Somme.

La opinión es pues, con lo fresca y fácil que se nos presenta cada día, cosa compleja y delicada, resonante y banal, entretenida y peligrosa.

Y todo esto se los digo, respetados lectores, —tanto a aquellos que leen con agrado como a los que lo hacen con notable enfado y ulterior insulto— que todo lo que puedan encontrar en estas letras y también en las columnas que en este mismo espacio me rodean, son simples y lirondas opiniones. Creencias sobre uno o varios hechos; perspectivas. En su mejor momento razonamientos con buena voluntad, pero jamás ni nunca constituyen algo demasiado circunspecto. Esto es evidente, todos lo comprendemos, pero no está de más a cada rato repetirlo. Y esto igual para todas las columnas publicadas en todos los periódicos y televisoras presentes, pasadas y futuras.

Porque, aunque en ningún caso deba denostarse el santo ejercicio público o privado de la opinión personal o colectiva, sí es saludable situarla en su sitio, que casi nunca es el de la verdad a toda leche. Así que nunca se pongan demasiado bravos con nosotros los opinadores, porque digamos algo que no les gusta o los molesta en su opinión. No nos hagan mucho caso.

Y es que esto de la opinión es algo tan complejo, tan egregio y tan ladino, que cuando hablamos de ella convertida en colectiva o responsable del voto electoral nos preguntamos por ejemplo ¿y valen en la realidad todas las opiniones de todos los hombres por igual? A la hora de elegir a todo un presidente en el nombre de la democracia, ¿contará igual el voto de un sabio que el de un borracho? Y si no es así ¿cuántos votos de borrachos equivalen al de un sabio para elegir a un presidente? Por eso, queridos lectores, les brindo esta columna de opinión sobre la opinión, que trata de no dar ninguna, sino humildemente plantear una pregunta para que si desean contestarla conformen su íntima opinión sobre el asunto. Es el método socrático[2] de investigación, mucho más práctico y asiduo que el desarrollado por el gran sabio Aristóteles o su maestro el buen Platón.


[1] Doxa: Término griego que se suele traducir por “opinión” y con el que nos referimos a aquel tipo de conocimiento que no nos ofrece certeza absoluta, y que no podría ser, pues, más que un conocimiento “aparente” de la realidad.
[2] Sócrates fue el maestro de Platón, que a su vez fue el maestro de Aristóteles.


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