Actualizado: 23/04/2024 20:43
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Represión, Totalitarismo

De guerras cognitivas y otras «fricciones»

No pueden bloquear todas las páginas de internet… Tampoco pueden sostener la mentira cuando muchos de los protagonistas están vivos y han sufrido el fracaso de seis décadas

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En la medida que se deteriora la sociedad cubana, en lo material, sociológico y espiritual, ciertos comunicadores sociales dan rienda suelta a su imaginación y crean historias de ciencia-fricción. El propósito suele ser impresionar a editores y comisarios. Subirle la parada a los viejos periodistas, si queda alguno en la redacción, cuando comunicar era un oficio serio sin dejar de ser lo que han sido siempre en un régimen totalitario, “un arma de combate”.

La seriedad en el periodismo no solo tiene que ver con el apego a la verdad, o al menos a las evidencias, las cuales en algún momento pueden cambiar, e incluso contradecir la versión del comunicador. Es entonces cuando en un acto de ética mayor debe reconsiderarse lo divulgado. El irrespeto comienza cuando se escribe de lo que no se conoce, se supone, o carece de pruebas que soporten lo publicado. La falta de seriedad termina —lo último, no lo menos importante— cuando se violan las reglas elementales de redacción —tan puntillosos los antiguos correctores con el exceso de adjetivos y frases rimbombantes.

Dentro de esta avanzada de comunicadores comunistas hay un pequeño, diríase selecto grupo, que se venden a sí mismos como genios del bolígrafo y la investigación. Por un lado, gozan de información privilegiada dada su cercanía al poder. Por otro, como no tienen contrincante en el éter o en la plana, nadie los contradice. No hay otro periódico, radio, televisión o página digital que los desarme con argumentos sencillos, verdaderos. Pueden escribir o decir en la radio y la televisión lo que deseen… y más: la guataquería es también un arma de combate para la sobrevivencia.

Una de esas ocurrencias ciencia-friccionantes ha sido que existen “laboratorios de la CIA” donde se elaboran planes subversivos comunicacionales contra la Isla. No hay una prueba, un dato, una descripción de esos tenebrosos centros de “cambios de la mentalidad”. Tal vez existan, como hay una unidad de ciencias de la conducta en el Buró Federal de Investigaciones (FBI). De hecho, los organismos de inteligencia trabajan relacionados con los contenidos de los medios masivos de difusión. Pero lo difícil de tragar es que sea lo contrario: los poderosos medios siguiendo las “orientaciones” de cuatro sesudos bien pagados cuyo propósito único es “cambiar la mente del pueblo cubano”. Hay cosas más importantes y mejor remuneradas que esas proyecciones narcisistas, desde la vida de las kardashians a la puja de dos ancianos por la presidencia de los Estados Unidos.

Esto viene a tono la fantástica idea de que contra Cuba existe una “Guerra Cognitiva”. Parece que en alguna calenturienta noche habanera alguien se leyó el libro de León Festinger que data del año 1957 —A Theory of Cognitive Dissonance— y vino como anillo al dedo para (mal) crear la narrativa que contra el régimen comunista se usan “nuevos métodos de comunicación” en una suerte de batalla de las cogniciones. Los amanuenses castristas olvidan con frecuencia que fuera de Cuba habita un numeroso, variopinto, cada día mayor grupo de intelectuales y profesionales cubanos con acceso a información de todo tipo, incluidos sus “paquetes”.

El “mapa cognitivo” de los seres humanos no es otra cosa que una conjunción de ideas y emociones que guían la conducta. El plano se ha configurado a través de toda la vida con experiencias positivas y negativas, conocimientos y, sobre todo, emociones. La clásica frase de que “el mapa no es territorio” indica que el plano es mucho más amplio, creativo. Al ser un reflejo de la realidad —subjetivo— no es la realidad misma. A mayores prácticas en la vida, buenas y malas, el individuo ensancha los límites de los posibles en su “mapa”. Contrario a esto, el control de la información o su modulación hace que el plano cognitivo, es decir, el procesamiento de nuevas informaciones y emociones se reduzca, se limite. Es un principio básico de la psicología social: a mayor apertura cognitiva, mayor capacidad para procesar y adquirir nuevas habilidades y saberes. Marcos estrechos del plano cognitivo reducen y empobrecen la capacidad adaptativa del ser humano.

Un concepto que no debe faltar es el de disonancia cognitiva. Es lo que pudiéramos llamar vulgarmente “ruido en el sistema”. Algo que “no cuadra”. La disonancia es la irrupción de una información en el mapa cognitivo lo suficientemente único e inesperado para provocar confusión, desasosiego. Y ante un “ruido” solo hay dos opciones para superarlo. Uno, ser consonante, o sea, aceptar que el hecho es posible. Dos, provocar un “sonido” que anule o supere el anterior. Al final, el individuo debe restructurar sus ideas-emociones para dar cabida a “nuevas realidades”. Es la llamada reestructuración cognitiva. Estos conceptos que se venden en la Isla como descubrimientos por doctores y filósofos castrocanelistas tienen por lo menos medio siglo de practica en la comunicación y la salud mental humanas, mucho antes del Big Bang comunista del 59.

Una frase manida es que Cuba se ha convertido en el “polígono” de pruebas de una “guerra cognitiva”. Aquí tenemos pequeñas diferencias con los compañeros comunicadores comunistas. El único polígono —sitio de práctica militar— de restructuración cognitiva ha sido y es aún la Isla de Cuba. Pocos países en el mundo pueden mostrar la triste imagen de una sola voz y un solo mandato por tanto tiempo. Para restructurar la mente de toda una nación han contado con dos elementos esenciales del proceso de cambio cognitivo —como las sectas y los prisioneros en solitaria—: el aislamiento del medio exterior, y la información por un solo canal, sin “ruidos”.

Todo comenzó con aquellas tristemente célebres coletillas en 1960 al final de cada artículo: “Los trabajadores de este periódico advierten que esta información ni se ajusta a la verdad ni cumple en lo más mínimo las más elementales normas periodísticas”. Hoy el sistema de comunicación social cubano, educación a todos los niveles, y la cultura, están en función de evitar cualquier disonancia que pueda ensanchar los límites de las mentes cubanas. Son ellos y solo ellos quienes se ajustan a la verdad, y siguen siempre las más elementales normas periodísticas. Sin embargo, hay dos factores que han puesto en crisis el cerco cognitivo que mantuvieron sobre la población.

Uno, determinante, ha sido el deterioro económico y social de régimen. Cualquier hijo de vecino, después de “dispararse” el noticiero de televisión o leer el Granma, sale a la calle y choca con un mundo completamente diferente al que le han “pintado” —disonancia. La diferencia entre la fantasía y la realidad —el ruido— tiene solo dos caminos para disminuir el malestar: acomodar el “mapa” a otra fantasía —llegarse a creer que esto es una “coyuntura”, consonancia. O una maniobra anti-disonante: “resolver” o “escapar” del país, según el modo de huir del “ruido”. En la medida que la situación se deteriore, los ciudadanos cubanos se colocaran en los extremos de estos dos grupos: los que huyen y resuelven —roban—, y los que, perdida toda esperanza, caen en la llamada indefensión aprendida.

El otro elemento que ha cambiado la dinámica de la guerra mediática, si es que existe tal, es la irrupción de la internet y las redes sociales. Cada noticia que contradice la narrativa oficial, amplia las fronteras que el régimen han impuesto a los cubanos gracias a su monopolio de la información. De aquí ese temor, pánico, a sitios cuya función es ofrecer informaciones alternativas. En todos los congresos y asambleas se le busca solución a un dilema en apariencia insoluble. No pueden bloquear todas las páginas de internet, decomisar libros y revistas, impedir las señales de televisión y radio por siempre.

Tampoco pueden sostener la mentira cuando muchos de los protagonistas están vivos y han sufrido el fracaso de seis décadas. Siguiendo la analogía de la guerra, se han quedado sin municiones. Carecen de logística, de estrategias coherentes y creíbles. No hay cómo amunicionar las armas que no sea reciclando supuestos logros pasados, divinizar hombres de carne y hueso, culpar al enemigo de mojar la pólvora y atascar los disparadores. Es en ese lenguaje castrense, altisonante y mendaz donde se explica la “derrota comunicacional”. Lo escribió George Orwell en sus observaciones anti-totalitarias: “toda la propaganda de guerra, todos los gritos y mentiras y odio, provienen invariablemente de gente que no está luchando”.


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