Actualizado: 23/04/2024 20:43
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Fractura del Comunismo, Azoteas, Cuba

La azotea

La fractura del comunismo tropical no se producirá debajo de esos espacios al aire libre que coronan los edificios, sino sobre ellos

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Hay azoteas y azoteas. Unas más famosas que otras. Los espacios al aire libre que coronan los edificios y las casas suelen ser sitios para reunirse, secar ropas al sol, improvisar una fiesta o una despedida, como se le ocurrió a The Beatles al mediodía del 30 de enero de 1969. Después de mucho buscar donde harían el concierto final, la azotea de los estudios Apple Corps resulto ser la más práctica, cercana y barata. Se puede ver el video. Los sorprendidos transeúntes se acumulan debajo, testigos de uno de los momentos cumbre, por su originalidad y añoranza, de la historia de la música.

En una geografía distinta a la londinense, plomiza y húmeda, otro cantautor cubano llamado Pedro Luis Ferrer realizaba en los noventa su gira por “patios y azoteas” de Cuba, imposibilitado entonces de entregarnos por la radio y en los teatros sus excelentes textos. Pedro Luis, proveniente de una familia de comunistas, cometió el gravísimo error, para el régimen, de ser tan honesto con sus letras como con las cuerdas. Las azoteas no fueron los refugios de otras desinencias musicales en la Cuba de los sesenta y los setenta, sino los garajes y las casas particulares. Eran los “desviados ideológicos”, “enfermitos” y de actitudes “elvispreslianas” (Máximo Líder dixit).

La más famosa azotea cubana de los noventa fue la que acogió un refrescante programa televisivo llamado Sabadazo. Con el tiempo aquellos personajes esperpénticos terminaron en la televisión de Miami, con menos hambre y, por tanto, menos simpáticos. Casi nadie en esa época podía leer a Pedro Juan Gutiérrez y sus avatares en su azotea de Centro Habana, atalaya desde la cual describió como pocos los tristemente famosos días del llamado Periodo Especial. No por casualidad, el filme Juan de los Muertos (2011), de Alejandro Brugués, se remonta a aquellos días de los noventa, y toma una elevada terraza como principal escenografía para observar como una Habana invadida por muertos vivientes se va convirtiendo en un espacio sangriento e invivible.

Pero es la primera vez que un dirigente del régimen toma por asalto (¿salto?) una azotea para hacerse oír. Sucedió en Santiago de Cuba, el día 18 de marzo. La “estrella” de tal hazaña fue la primera secretaria del Partido Comunista de Cuba, la compañera Beatriz Johnson Urrutia. No se trataba de una gata, ni el tejado era de zinc caliente. Lo que estaba muy caliente era la calle. Los videos no trucados muestran un pueblo mal vestido, mayoritariamente negro y mestizo, al cual según declaraciones —tampoco trucadas— no le entregaban los alimentos racionados por la Libreta de Desabastecimiento desde un par de semanas antes. Se oyen los gritos de Patria y Vida, Comida y Corriente, y otros que por su naturaleza no son publicables, pero si bailables en una típica conga santiaguera que también “se botó pa la calle”.

Lo original de lo sucedido no está en la protesta, de las cuales se reportaron cientos en toda la Isla durante el pasado año. Lo curioso está en los protagonistas, los antecedentes, las conductas de ambos protagonistas —pueblo y políticos— y las consecuencias-aprendizajes del hecho.

Lo primero es la azotea misma. Es un muro de contención que separa al político del soberano. Quizás para hacerse oír, o alejarse de los oídos, la señora Johnson —nada que ver con quien, de igual apellido, luchara a favor de sus hermanos de piel sufrida— se trepa en lo alto, tan alto y distante como no hay otra azotea alrededor. Nadie “de abajo” llega “arriba”. Nadie “de arriba” peligra “abajo”. Rodeada de otros dirigentes, la compañera comunista intenta calmar a dos bandos hoy irreconciliables: el pueblo hambriento-harapiento, y el llamado pueblo uniformado-armado, conocido como policía revolucionaria. Perspicaz, la señora secretaria Johnson trata de evitar el encontronazo entre ambos, y otros, quizás más listos, hacen desfilar frente a la azotea el garrote y la zanahoria: furgones con alimentos, y camiones de agentes del desorden.

Los antecedentes no por conocidos dejan de ser también singulares. El pueblo cubano se ha acostumbrado a que “le echen comida”. Nadie decide que va a comer, excepto una minoría-nueva clase —y, por supuesto, los que están encima de la azotea. Cada día la “dieta” es más exigua. En un error de cálculo, los continuistas priorizan las capitales provinciales y centros de interés turístico-comercial. Así que, mal entendiendo que los santiagueros de la periferia son más revolucionarios que nadie, y se han acostumbrado a “resistir creativamente”, los dejan para el final de la repartición… o lo que alcance.

No hay sal en un país rodeado de mar

Por supuesto, existe un dilema existencial. Una dicotomía entre el Ser y la Nada (que comer). Los de ‘abajo” de la azotea permanecen sin luz eléctrica por ocho o más horas. Si “resuelven” un poco de más pollo del que les toca, se pudre. Pero si no aprovechan la oportunidad de hacerse con algo más, tampoco comerán mañana. Pudieran regresar a los tiempos pre-refrigeración: matando y salando. Pero no hay sal en un país rodeado de mar. Pudieran, como los abuelos, matar, cocinar en manteca y guardar en ella. Pero no hay ni sobras para los puercos, y la carne y la grasa del porcino —ni soñar con aceites vegetales, excepto los encaramados en el techo— comienzan a ser unos manjares de primera.

Finalmente, los de abajo y la policía —que también es de abajo y no lo quieren saber—, no se agreden. Se miran a los ojos. “Soy de abajo, tú también”, diría el Poeta Nacional. Y comienzan los camiones a pasar, y la gritería, la protesta, a bajar de intensidad, como baja del techado la compañera comunista, quien cree haber yugulado al pueblo hambriento-harapiento al cual ella ha dejado de pertenecer gracias a estar trepada en lo alto, en la azotea político-social.

La secretaria Johnson, tan continuista ella, no ha previsto las consecuencias. Al regresar la luz eléctrica, entregar los mandados del mes, y facilitar agua a los de abajo, ha reforzado la idea de que solo con la insubordinación, la protesta y la conga injuriosa se logra vivir como seres humanos. Alguien lo ha dicho y es una verdad como una catedral: el pueblo cubano va aprendiendo. Ha aprendido que debe arrancar al régimen pedazo a pedazo de su libertad sin violencia, solo a través de la protesta pacífica y tenaz. Ha aprendido que al régimen no le queda otra cosa que las azoteas para hacerse oír, o preparar una puesta en escena en otro lugar donde, previamente, han entregado los mandados, puesto la corriente eléctrica, o como dijo aquel cuasi suicida, acaban de pintar las calles y las casas para recibir el Designado.

Puedo coincidir con quienes opinan que la fractura del comunismo tropical no se producirá debajo de la azotea, sino sobre ella. Está mal diseñada. No es un techo funcional. Nunca lo fue. Y es un milagro que haya soportado tantas tormentas. Eso solo es explicable porque los cimientos, los que han sostenido toda la estructura, los de abajo, sí han resistido con “creatividad”, diría que con maniática creatividad. Pero los atlas de la Involución, quienes han llevado sobre sus hombros todos los caprichos y fracasos de sesenta años, no pueden más. Y esa es la lectura que parece no haberse hecho desde la azotea de una casa de vecino. No pueden leerlo. Están muy alto. Demasiado lejos.


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