Actualizado: 23/04/2024 20:43
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Cuba, Intercambios, Exilio

Imaginar el futuro como una vuelta al pasado

De forma limitada, también instituciones estadounidenses mantienen vínculos con la isla. Es cierto que en todas las instancias —desde ventas agrícolas hasta encuentros religiosos—, el régimen cubano busca politizar los eventos

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Mientras el anticastrismo tradicional de Miami ve al populismo de izquierda latinoamericano como uno de sus peores enemigos, saluda entusiasmado a cualquier movimiento en Europa, y la propia Latinoamérica, con iguales características de movilización y apoyo electoral, pero de ideología derechista.

Esta inversión de tácticas y consignas ha hecho que en Miami se apoyen las concentraciones del Partido Popular en Madrid y también las de Vox e incluso la Falange, se alabara a Silvio Berlusconi en momento y ahora a Milei en Argentina, a Bukele en San Salvador y Orbán en Hungría, al igual que, también en su momento, se expresara admiración por el gobierno de los hermanos Kaczynski en Polonia. Eso para no remontarse a décadas atrás, cuando igualmente se mostraba entusiasmo por las dictaduras militares latinoamericanas.

El bolchevismo derechista europeo encontró su aliado natural en el trotskismo neocon norteamericano —que llevó la invasión de Irak— y ambos fueron vistos en esta ciudad como avanzadas de un futuro, cuando en realidad no eran más que movimientos políticos, que se imponen o cesan de acuerdo al cambio democrático.

Solo que aquí los vaivenes políticos se ven desde una óptica más tremendista, acorde a una visión que es en esencia totalitaria y que necesita de la presencia de un “hombre fuerte” para manifestarse. La llegada de Donald Trump y el movimiento (más bien el culto) MAGA ha sido su definición mayor. Ese, precisamente, que era uno de los problemas que enfrentaba el exilio más derechista de Miami —la falta de un caudillo— ha sido suplantado por Trump, para quien la realidad cubana importa un comino.

Por supuesto que abundan los ejemplos en la otra cara del espejo, desde la persistente dictadura castrista hasta el engendro que fue el “Socialismo del Siglo XXI”, lo que no era más que una añoranza de un modelo estatal caduco.

Precisamente lo que tienen en común los populismos de signos ideológicos opuestos es su carácter reaccionario, que se disfraza de una acción revolucionaria para intentar un retroceso. Pero en Miami se toma partido por el populismo de derecha, no solo sin criticar a ambos, sino también con una ilusión acorde al viejo deseo de imaginar el futuro de Cuba como una vuelta al pasado.

Lo peor, para ese exilio tradicional de Miami, es que malgasta sus limitadas energías en un ejercicio constante de lamentaciones y resentimientos, cuando en realidad lo que debería hacer, para su beneficio, es enfrentar su principal problema: la dependencia excesiva en factores externos para lograr sus objetivos.

Tanto Europa como Estados Unidos tienen puntos de contacto y diferencia en sus posiciones hacia La Habana. En los dos casos, el comercio, mayor o menor, se mantiene más allá de las diferencias políticas. Por supuesto que no es similar la participación española en la economía cubana a la norteamericana. Pero en ambas naciones, los intereses empresariales se han impuesto sobre los políticos.

De forma limitada, también instituciones norteamericanas mantienen vínculos con la isla. Es cierto que en todas las instancias —desde ventas agrícolas hasta encuentros religiosos—, el gobierno cubano ha intentado politizar los eventos. Pero esto no debe extrañar a nadie: es parte de la naturaleza del sistema.

En igual sentido, un sector del exilio de Miami ha tratado de imitar el modelo cubano, y politizar tanto un intercambio de ajedrecistas como una visita de legisladores: cortar cualquier tipo de vínculo, desde el diplomático hasta el cultural. Tuvieron éxito en los años de George W. Bush, pero la corriente política, tanto en Estados Unidos como en el resto del mundo, no les resulta favorable

Lo que resulta muy difícil es dejarse guiar por un enfoque populista y al mismo tiempo carecer de líder. Y eso es lo que le ocurre al llamado “exilio de línea dura” de Miami. No tiene capacidad de movilización. Tras la derrota en las urnas de su candidato presidencial durante dos elecciones, el triunfo de Trump les devolvió el alma al cuerpo, pero la sal de la Tierra. Con la llegada de Joe Biden, su nivel de influencia ha quedado limitado a los legisladores cubanoamericanos de ambos partidos.

Pese a mantener una capacidad relativamente fuerte para presionar en ambas cámaras del Congreso, si se compara con otras minorías nacionales, la realidad es que cada vez resulta más claro que se diluye el poder de este grupo de exiliados para imponer sus criterios. Ha ocurrido en los últimos años. Protestas con media docena de ancianos, organizaciones millonarias que de pronto quedan sin fondos otorgados por el gobierno norteamericano, disidentes a los que la radio de Miami cierra los micrófonos, han simplemente algunas de las muestras de su decadencia. Ahora solo queda el esperpento, la chusmería y la payasada.


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