Actualizado: 24/06/2017 12:00
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Cuba, EEUU, Trump

El payaso, los bichos y los mongos

En general la impresión que dejó el acto para un cubano de acá no pudo ser más negativa: todo el show rezumaba por los cuatro costados nostalgia batistera y anexionismo barato

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Trump dijo al comenzar su discurso en Miami: “Estoy cancelando todo el acuerdo bilateral del último gobierno”, ¿pero en realidad qué cambió? Nada, nada, nadita… como habría dicho mi abuela. Ni cerró la embajada en La Habana, ni revertió la política migratoria a su estado el 1ro. de enero de este año, ni le puso trabas a nada en concreto a lo que ya no le hubiese puesto limitaciones eficientes Barack Obama. Solo los “yumas” ya no vendrán más aquí con esa peligrosa frecuencia de antes, que sobrecargaba la capacidad de la Seguridad del Estado para vigilarlos como se debe. En fin, que Donald se fue a Miami a hacer lo único que le queda bien: coger pa’ sus cosas a los mongos; que, por cierto, parece que son legión, tanto del lado de allá del Estrecho como del de acá.

No nos engañemos, Trump se soltó este discursito, que más se parecía a uno de esos shows que animara hasta ayer mismo, no por los cubanos, sino porque necesita remediar de alguna manera el hecho de que no lleva 200 días de presidente y ya sus payasadas lo tienen con un pie afuera de esa Casa Blanca en que primero dijo no viviría. A ganarse a “Marquitos” y su sector del Partido Republicano, pero sobre todo su apoyo en la comisión senatorial que pronto lo investigará de a lleno, se fue Zaphod Beeblebrox al teatro Manuel Artime.

¿Cuáles son los resultados de este show, tan vano como cualquier otro de los que tanto parecen apreciar los asistentes al mismo? Resumiré:

Dejar en ridículo al coro de anticastristas miameros, ese que cualquier desprevenido cogido de repente frente a su televisor, ya en medio del acto, no sabría aclarar si se dedicaba a seguir a un Bruce Springsteen que cantaba Born in the USA, o a Donaldo. La barata justificación de que se coreó yuesei porque ese Estado representa la libertad no es más que una grave muestra de estatismo solapado: la libertad solo la defendemos en verdad los individuos, de nosotros mismos y de Estados, naciones, Iglesias, corporaciones y hasta del Copón Divino, si fuera necesario. Mal andaríamos, como anda cierto anticastrismo hace rato, si creyéramos que EEUU es el garante último de la libertad.

Míster Donald Clown, él mismo, no pudo hacerla peor: recordó la masacre raulista de militares batistianos en Santiago de Cuba, en los primeros días de 1959. Sin embargo, para evitar que pudieran acusarlo de parcialidad también debió comentar que el tal jefe de la policía, asesinado en ella, y padre del señor que interpretó al violín el himno americano, lo había sido de una ciudad en que ese cuerpo en tres años torturó y asesinó a varios cientos de ciudadanos, adolescentes en su mayoría, y tampoco sin justo proceso. No hay represores buenos y malos, amantes de la libertad y enemigos suyos; solo hay represores, y esto debe repetirse una y otra vez, hasta el cansancio si fuera necesario.

En general la impresión que dejó el acto para un cubano de acá (la que me dejó a mí) no pudo ser más negativa (prefiero no usar la mala palabra que me viene a la mente): todo el show rezumaba por los cuatro costados nostalgia batistera y ANEXIONISMO barato. Quizás por ello la TV cubana repitió tantas veces el acto en el Manuel Artime, y a qué dudarlo, por eso tanto lo repetirá en el futuro.

Nada, que se lo pusieron en bandeja de plata a Raúl y su pandilla.

El régimen castrista, que ya sabía que poco de nuevo había en la nueva política, ganó unos días para airear su vieja retórica “nacionalista”; sin muchas ganas, no obstante. Así en la TV los cubanos pudimos disfrutar de una Cristina Escobar que sin mover casi ni un músculo de su cuidada y enpomadada cara, para no ajarse el rostro, soltó una diatriba a la que le habrían hecho falta uno o dos gestos “arrugadores” para resultar creíble.

Pero, además, como ya el castrismo tiene bien calimbado al absurdo personaje, sabe muy bien que a la larga lo de un nuevo acuerdo podría funcionar a su favor. No le es ajeno a los primates del castrismo que si saben adular a Zaphod Beeblebrox, ponérsele familiar a lo Putin, estimularle ese ego desproporcionado y ese innegable autoritarismo empresarial de que padece… para dentro de tres años (si es que esta desgracia llegara a durar tanto) a Berta Soler y Antonio Rodiles no les quedará más remedio que coger un viejo poemario de un comunista redomado, Cantos para soldados y sones para turistas, de Nicolás Guillén, para pararse a recitarlo a modo de protesta bajo alguna de las innúmeras torres Trump que en cooperación con GAESA el cuántico personaje vendrá a levantar en La Habana.

Porque además esos primates mencionados intuyen que, con el promotor final de este acto, y a quien un futuro Trump negociador deberá rendir cuentas en definitiva, se puede intentar cortar el bacalao. Marco Rubio se ha quitado la careta en los últimos días, y con sus actos y declaraciones nos deja claro que él solo representa a un sector cuyo principal interés no es democratizar a la Isla, sino recuperar bienes nacionalizados. Y en ese objetivo primordial, si democratizar ayuda, pues bien. Pero como la cosa puede no funcionar de ese modo, porque a lo mejor va y los malagradecidos cubanos, convertidos en el verdadero soberano gracias a los esfuerzos del senador, decidimos mayoritariamente no devolver nada, lo mejor es asegurar lo de las reclamaciones antes de que a nosotros nos llegue la oportunidad de elegir nuestro propio destino.


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