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Actualizado: 25/11/2014 21:30
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| Opinión

Raúl Castro, Huracán Sandy

“Intercambiar” (a distancia): nuevo estilo de liderazgo raulista

Lejos de la candela (y de los huracanes) las cosas se ven más aceptables

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Entre los aportes de Raúl Castro al estilo de liderazgo neocastrista, hay que incluir lo que se podría comenzar a llamar liderazgo a distancia, o liderazgo telefónico: no sacar la cabeza cuando las cosas se complican, dar órdenes por teléfono, y pedirle a los cubanos “confianza”, no se sabe en qué o en quién, porque no debe ser en él. Ya sucedió durante los tres huracanes de 2008.

Fidel Castro, al menos, se las arreglaba para parecer que estaba al frente de los “combates” de la revolución, aunque siempre se las ingeniara para protegerse: se “perdió” en el camino al Moncada, corrió sin frenos después del naufragio del Granma, demoró una semana en enero de 1959 para llegar a La Habana, estuvo en el tanque en Playa Girón cuando no quedaba nada que hacer más que posar para la fotografía; se protegía en su búnker del río Almendares durante la Crisis de Octubre, mientras clamaba por un primer golpe nuclear contra EEUU, recorrió la provincia de Oriente en medio del ciclón Flora en 1963 en las zonas menos peligrosas, hacía como que cortaba caña en las zafras, “dirigía” la batalla de Granada y las guerras de Angola y Etiopía desde La Habana, explicaba en televisión cómo cocinar con ollas eléctricas o instalar bombillos ahorradores. Es lo que algunos sofisticados especialistas llaman “liderazgo carismático”, y otros identifican simplemente como caudillismo, populismo o demagogia.

Su hermano Raúl Castro no tiene esa habilidad para deformar las percepciones, por lo que recurre a otros procedimientos menos retorcidos, pero mucho más seguros para él: primero que todo, dirigir desde lejos y desde lugares seguros, siempre pidiendo a otros el paso al frente que él mismo no da: en este huracán Sandy, envío a Bayamo al General de Cuerpo de Ejército Ramón Espinosa Martín, miembro del Buró Político y viceministro de las FAR, quien durante más de veinte años fue jefe del Ejército Oriental y conoce al dedillo la región.

Así, el general-presidente comparte su estancia en La Habana entre el Palacio de la Revolución y La Rinconada, mientras su enviado para esta tarea pasa el huracán más cerca de la candela. Entonces, tras el paso del meteoro, el dictador llama por teléfono a los Consejos Provinciales de Defensa, para “intercambiar” con los dirigentes provinciales y prometer absurdos.

No lo digo yo ni mucho menos, sino el periódico Granma. El titular: Intercambia Raúl con los Presidentes de los Consejos de Defensa de las provincias orientales. El texto: “La Habana. El General de Ejército Raúl Castro, Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, en la mañana de ayer jueves sostuvo conversaciones telefónicas con los Presidentes de los Consejos de Defensa de las provincias orientales y conoció de los efectos del paso del huracán por sus territorios, expresó su confianza en que sabremos trabajar para recuperarnos de los daños causados y dio a conocer su interés de visitar la región en las próximas horas”.

¿Para qué visitar la región “en las próximas horas”? ¿Para pedirle a la población que tenga “confianza” y decirle que “nadie quedará desamparado”?. Como si no existieran los damnificados de los huracanes de 2008, 2005 y 2002, que todavía esperan por ayuda gubernamental que nunca llegará.

Algo así como aquello de “váyanle metiendo, muchachos, que enseguidita vamos para allá”. El Gobierno cubano no tiene ni recursos ni capacidad para resolver los problemas creados por el huracán. A pesar de eso, anteriormente ha rechazado ayuda internacional, a nombre de la “dignidad”, algo que no se necesita ni en Punto Cero ni en La Rinconada para seguir disfrutando de la vida a todo andar.

El sábado conocimos la noticia de la visita de Raúl Castro a Villa Clara, Sancti Spíritus y Ciego de Ávila: lo más lejos posible de la candela brava de las provincias orientales. Se acompañó de Machado Ventura y Adel Izquierdo, un buen par de inútiles burócratas, y de otro General de Cuerpo, Joaquín Quinta Solás, que fue durante más de veinte años Jefe del Ejército Central. Posteriormente, el domingo a mediodía llegaba a Santiago de Cuba, donde se incorporó al grupo el General Espinosa, que ya estaba en esa zona. Más tarde, José Ramón Machado Ventura fue enviado a Guantánamo para “intercambiar”. Sin embargo, solamente hubo noticias de reuniones en las oficinas de los dirigentes en todas las provincias: no las hubo de ningún recorrido por las zonas afectadas ni de ningún “intercambio” con los damnificados. Solamente el lunes en la noche se informó que había visitado el puerto de Santiago de Cuba, el poblado de El Caney, el cementerio de Santa Ifigenia, y un asentamiento de cien “petrocasas”.

El General de Ejército Raúl Castro comenzó por el lugar equivocado y en el momento equivocado: “la dirección del golpe principal” de sus esfuerzos deberían haber sido las provincias orientales, donde la destrucción y el caos fueron mucho mayores. Sin embargo, a ellas solamente llegaría posteriormente, domingo a mediodía, cuando las cosas deberían estar un poco más controladas.

Si eso es liderazgo, si eso es capacidad de dirección, yo soy un ulema mahometano. Ese comportamiento burocrático es propio de los gobiernos de los países del socialismo real, todos fracasados, afortunadamente, y todos actualmente en el basurero de la historia. El mismo destino que le espera a la dictadura cubana.

Esa dictadura, simplemente, no puede resolver los problemas creados por el huracán Sandy: no tiene ni recursos ni capacidad para hacerlo. Hay decenas de miles de derrumbes; no existen suficientes materiales de construcción para reparar las tragedias más acuciantes; la carencia de alimentos y agua potable es impresionante; no se dispone de electricidad ni de comunicaciones; las vías férreas, aeropuertos, carreteras y caminos, colapsaron o están bloqueadas por derrumbes y árboles caídos; la agricultura, los hospitales y las instalaciones turísticas han sufrido grandísimos daños; se han perdido cosechas; almacenes estatales están inundados; muchas escuelas no están operativas. La venta a bajos precios de productos agrícolas de cosechas dañadas puede aliviar algo, pero no resuelve las tragedias. Tampoco la venta urgente de un poco de kerosén, alcohol o carbón para cocinar, porque la “revolución energética” del “Comandante” hizo depender a casi todos de cocinas eléctricas. El huracán no fue una súper-tormenta, pero la debilidad de la infraestructura y el paupérrimo estado de las viviendas y las instalaciones sin mantenimiento colapsaron ante la fuerza de los vientos.

No hay “actualización del modelo” capaz de superar esta crisis. Y ya que el Gobierno no puede resolver los problemas, lo único decente y práctico que podría hacer sería no seguir estorbando, no molestar ni entorpecer posibles soluciones para aliviar esta tragedia: aceptar sin restricciones toda la ayuda humanitaria internacional que se ofrezca a los cubanos, venga de donde venga, sin condicionamientos a nombre de una “dignidad” que todos sabemos que es una fábula; eliminar las restricciones aduanales e impuestos para que los cubanos que vivimos en el exterior —esos que la dictadura intenta ahora acaramelar con la “actualización migratoria” para aprovecharse de sus logros y riquezas— envíen a familiares y amigos en Cuba todo lo que puedan para ayudarles a sobrepasar este momento tan difícil; y declarar clara y abiertamente que todas las ayudas humanitarias serán aceptadas, sin condicionamientos de ningún tipo. Ahora lo menos necesario es una supuesta pureza ideológica que sabemos que está contaminada desde hace mucho tiempo.

Raúl Castro tiene ahora oportunidad de demostrar que realmente dirige al país y se interesa por el bienestar de los cubanos, más que nunca en momentos tan difíciles. O tendrá que admitir que es un simple títere dirigido por los hilos de su agónico hermano.

Lo que los cubanos necesitan en estos momentos no es que Raúl Castro o Machado Ventura visiten las provincias orientales o recorran sus calles para pedirles “confianza” o prometerles boberías, sino que a esos cientos de miles de cubanos desamparados y a la intemperie lleguen rápidamente ayudas y recursos imprescindibles para aliviar su trágica situación, ya sea que vengan desde La Habana, Miami, Madrid, Caracas, Ciudad México, Moscú, Beijing o la Cochinchina.

Para eso, no hace falta nada en especial, sino algo muy sencillo: como en el béisbol, el fútbol o el golf, lo que hace falta son pelotas. Nada más. Si las hay, se podrán aliviar problemas.

De lo contrario, el Gobierno tendrá que seguir hablando boberías.


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