Actualizado: 23/01/2017 23:58
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Exilio, Oposición, La denuncia de hoy

“La vida sin gente mala sería muy aburrida”

Las teorías de los especialistas en la mente y el alma humanos, exponentes de que un hombre se “hace”, no “nace”, continúan prevaleciendo

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No pocos psicólogos y psiquiatras hoy en día estudian la posibilidad de que algunas personas sean, de nacimiento, “malas”. Lo cual incluye desde un comportamiento vil, canallesco, eso que coloquialmente llaman un tipo de “mala entraña”, hasta quienes resultan “asesinos por naturaleza”; con todos los matices que puedan quedar entre una y otra definición

Sin embargo, las teorías de los especialistas en la mente y el alma humanos exponentes de que un hombre se “hace”, no “nace”, continúan prevaleciendo.

Como esas que plantean que la personalidad, el carácter, el temperamento, los valores o la falta de valores éticos, etcétera, se forman en los primeros años de vida, la niñez mayor y la pubertad; todo esto, afirman los expertos, en correspondencia con el medio en que se hayan desenvuelto; es decir, las influencias recibidas durante estos períodos de sus vidas, tanto de sus padres y otros familiares como de los diversos componentes humanos de su entorno.

Quién sabe. Sea una de estas dos propuestas —y las que puedan faltar— la acertada, lo cierto es que, gracias a Dios, estos productos de la fecundación no resultan la mayoría. Pero de cualquier manera, nos hallamos por aquí y por allá con personas de sobrada iniquidad, de vigorosa ruindad, de una asombrosa posibilidad para mentir, traicionar, maltratar al prójimo, defender las injusticias o cometerlas ellos mismos.

Sin olvidar a esos que se venden por cuatro pesos. O que aun sin los cuatro pesos, se entregan a un tirano o cualquier otra persona poderosa y maléfica; lo vitorean, le besan las botas; únicamente, quizás, para tratar de sobresalir de algún modo, bien sea de segundón.

Es decir, hombres que se tienen poco amor a sí mismos, y menos amor para quienes, como diría el Maestro, “aman y fundan”, puesto que, continuando con el Apóstol, se hallan en el “bando” de “los que odian y destruyen”.

Digamos, afirmaría un psicólogo creo, que son entes con trastornos severos de la personalidad. Pérfidos por alguna causa. Psicópatas perversos, etcétera.

Sin embargo, el hombre promedio, desconocedor de los dictámenes facultativos —y yo diría que en ocasiones justificativos— del porqué de los procederes de los seres anteriormente aludidos, utiliza, el hombre promedio, decía, adjetivos para nada condescendientes con estos.

Por ejemplo, he escuchado metáforas, analogías verdaderamente “fuertes” de algunas personas cuando han querido calificar a especímenes como el que nos ocupa. Algo así como: “En lugar de gente, este viene siendo un palo de trapear”; “vale menos que una garrapata”; “más doy por una rata de alcantarilla que por este fulano”; “tiene en su alma más veneno que una docena de víboras”, etcétera.

O sea, seres vendidos, abyectos, falaces, sin la menor derechura humana, arrastrados, aun capaces de reírse de la desgracia del semejante.

Y que además se distinguen por defender, con alevosía y ventaja, una causa indigna; bien sea omitiendo las oscuridades de esta o manipulando las verdades que puedan existir contra ella. Sin dejar, claro, de intentar la descalificación del contrario —del denunciante de la causa indigna digo— asumiendo posibles defectos o carencias de este o aludiendo a situaciones peores de igual perfil. Es decir, el cuento del esposo que golpea a su mujer y, para justificar su inmundicia, cuando esta le reclama por ello, le advierte: “No te quejes, si el tipo de la casa de enfrente golpea más duro a la suya”.

Como decía al inicio de estas líneas, gracias a Dios, estas personas inexplicablemente —¿inexplicablemente?— canallas resultan minoría.

Pero a alguien debe tocarle en “suerte” que le caiga al menos uno.

Mala fortuna para CUBAENCUENTRO si en sus foros, gracias a la permisibilidad, la democracia que ostenta, ha aparecido algún muchacho con los “atributos” referidos.

Tremendo el caso.

Resulta difícil tolerarlo. Pero hay que hacerlo.

Sumémonos a aquel que sentenció: “La vida sin gente mala sería muy aburrida”.


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