Actualizado: 23/08/2017 14:28
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Ataques, Dilla, Opositores

Los fusilamientos morales

Respuesta de nuestro colaborador Haroldo Dilla a diversos ataques en su contra aparecidos en Internet

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He pensado en estos días en mi amigo Juan Antonio Blanco y su proyecto sobre los fusilamientos de la reputación, es decir esa práctica malsana de degradar a los oponentes mediante mentiras, semi/verdades o verdades convenientemente tejidas, con el objetivo de reducirles a situaciones de incredibilidad. Ocurren siempre, en todo tipo de sistemas, pero en regímenes totalitarios, los fusilamientos son “totales”, sin derecho a eso que se llama el “debido proceso”.

Afortunadamente yo no vivo en un sistema totalitario —incluso cada vez Cuba lo es menos a pesar de la vocación de su elite política— y por eso he pedido a otro amigo, Alejandro Armengol, que me concediera este espacio para hacer lo que nunca hago —hablar de mí— y hacerlo en un artículo sin comentarios, esto último sencillamente para hacerle más difícil la tarea a mi pelotón de fusilamiento.

Y es que estoy siendo moralmente fusilado. No criticado, o atacado en debates más o menos agrios, pero directos, sin máscaras. Lo cual es lícito y de ello nunca me quejaría, porque yo también lo hago. Sino de esa otra cosa que se llama difamación.

Y esto se inicia hace unos meses cuando denuncié en el periódico dominicano 7 días —del que soy columnista habitual— el probable montaje de una red procastrista dentro del propio estado dominicano, y que pagamos los dominicanos con nuestros impuestos. Al respecto, argumentaba que:

  • Se ha creado un ministerio supernumerario y redundante, llamado de la integración, que no responde a los intereses de la nación
  • El ministro a cargo —un hombre extraído de lo peor de la lumpen-izquierda con un nivel educacional ínfimo— usaba su cargo para denunciar públicamente a la oposición cubana y justificar la represión, lo que es incompatible con la propia constitución dominicana
  • Ese ministro emplea como su principal ayudante a un ¿ex? funcionario cubano —Eliades Acosta— que posee un récord criminal en la represión contra los intelectuales cubanos, lo que hizo desde sus funciones en la Biblioteca Nacional, en un secretariado del CC del PCC en momentos particularmente oscuros, y directamente en lugares como las ferias del libro de Guadalajara en 2002 y en Santo Domingo en 2006.
  • Se ha estado organizando desde este tinglado una red procastrista que ha incluido a otros funcionarios letrados cubanos, con prácticas evidentes de nepotismo.

Esta denuncia provocó varios artículos que el mismo periódico 7 días publicó en los que tanto el ministro como el ¿ex? funcionario cubano realizaron ataques centrados en mentiras, tales como que yo era un agente encubierto del gobierno cubano vendido a la derecha, que fui un empleado público dominicano con salarios astronómicos y, lo que es muy interesante, que soy corrupto. Y de paso, Acosta me amenaza con develar documentos incriminatorios no sé de qué, pero que pudieran resultar nuevos alegatos falsos. Obsérvense los comentarios al artículo de Acosta, con diferentes seudónimos, se arma una argumentación pantagruélica donde me llegan a acusar de escribir ¡manuales de materialismo histórico! Y obsérvense nombres de funcionarios letrados, como es el caso de Darío Machado y de Carlos Rodríguez Almaguer, ambos comensales usuales en República Dominicana.

Pero el argumento falso central del ¿ex? funcionario cubano se basaba en un hecho real. En 2009 una ONG que dirigía —Ciudades y Fronteras— fue contratada por el Archivo General de la Nación para realizar una exposición gráfica sobre la frontera dominico-haitiana. Para ello pagaron a la ONG 80 mil pesos —suena a mucho, pero son $2.000— para contratar a una persona que trabajara medio tiempo en la elaboración por cuatro meses, lo cual hizo, y se le pagó. Cuando todo estaba listo, el archivo, evidentemente presionado por el gobierno dominicano, canceló la exposición. La razón fue evidentemente el giro anti-racista y anti-xenófobo de la acción, en absoluta sintonía con mi modo de pensar.

Y fue todo. A nadie se le ocurrió pedir una devolución del dinero, que hubiera sido insensato, y el Archivo quedó como propietario de todo el trabajo realizado. Desde aquí se argumenta —véanse los comentarios del propio Acosta— que yo robé ese dinero, pero súbitamente se agrega que robé en otros lugares donde he trabajado, como FLACSO, donde ni siquiera había posibilidad de robar dada su carestía económica crónica. Y este artículo fue publicado en cuanto espacio procastrista fue posible, y es insertado en cuanto articulo yo publico en la prensa internacional, con una tenacidad que solo puede corresponder a una campaña organizada.

Algo terrible, que reafirma mi hipótesis de que en República Dominicana se está organizando una red procastrista nepotista, que tiene una pata en el llamado Ministerio de Integración y otra en la embajada cubana. Lo que resulta anticonstitucional y una afrenta a los contribuyentes dominicanos.

Y ahora aparece “PLAZA”, acusándome de haber sido un agente represivo que en el IPU Carlos Marx tronchó el futuro a decenas de jóvenes estudiantes, particularmente en 1969 cuando dirigí —dice el susodicho— una purga ideológica y luego extendí mis garras de esbirro durante un corte de caña de cuatro meses en Camagüey. Donde, dice él, compartió espacio conmigo. Debo anotar que al menos Eliades Acosta calumnia con su nombre: este PLAZA difama desde un seudónimo.

En este caso el punto cierto es que yo fui estudiante del IPU Carlos Marx y dirigente medio de la UJC. En medio de ese experimento de colectivización inhumana que fueron las becas obligatorias —que entonces veíamos como heroicas— sucedían muchas cosas, y recuerdo haberme liado a trompadas en más de una ocasión con algún que otro estudiante, lo cual, por lo demás, sucedía con frecuencia en ese tipo de lugar. Cosas que pasaban hace casi medio siglo y cuando yo tenía 15 años. Pero para ir a lo concreto, es imposible que hubiera organizado purga alguna en 1969, pues desde septiembre de 1968 yo era estudiante de la Universidad de la Habana, y mientras PLAZA cortaba caña en Camagüey —me avergüenza decirlo, pero nunca he pisado esa provincia— yo aprobé con excelente las siete asignaturas de historia que cursé, según mi certificado de notas expedido por la UH.

Hay otro motivo que derrumba la difamación de PLAZA (¿algo aislado o parte de una campaña?), y es que antes de dejar el IPU Carlos Marx yo fui separado de la UJC por haberme negado a participar en una purga de militantes a partir de un llamado falso a incorporarse a la carrera militar. Por tanto, desde febrero del 68 estaba fuera del circuito de la UJC, y más bien era un paria político.

Finalmente, hay un alegato usual en mi contra que alude a mi pasado político, totalmente integrado al sistema cubano. No lo niego. Fui militante de la UJC, y luego del PCC. Creía en el comunismo como meta —lo que no identifico con el estropicio cubano— y cultivé la esperanza de que el sistema cubano podía reformarse y dar lugar a un socialismo democrático. Por eso en 1990, en plena crisis, regresé a Cuba desde Canadá, donde tenía posibilidades de empleo y a toda la familia, para integrarme de lleno al trabajo que se hacía desde el Centro de Estudios sobre América, el proyecto intelectual crítico más potente que ha conocido el país en los últimos sesenta años. Creo que si repitiera mi vida, evitaría algunos errores, pero volvería a hacer muchas cosas igual a como las hice. Porque, tal y como las hice —es decir siempre afrontando las represiones, las imposiciones y el autoritarismo— me permitieron recorrer un camino del que tengo muchos motivos para estar orgulloso. Y porque hay una parte que mis calumniadores siempre omiten.

Yo fui militante de la UJC y el Partido Comunista desde que tenía 13 años, hasta los 48 que salí de Cuba. Pero no de cualquier manera, ni de forma ininterrumpida. De la UJC fui separado tres veces, en 1968, en 1970 y en 1982. En el 70, por ejemplo, cuando tenía 18 años, por negarme a firmar una carta en que se expresaba fe ciega en Fidel Castro, lo que provocó una cadena de presiones y amenazas. Nos negamos tres personas. Una de ellas es mi esposa, Teresa Rodríguez. La otra. Fulgencio Torres, quien no pudo resistir la presión y se disparó un tiro en la sien poco tiempo después. Tenía 21 años y todavía lo recuerdo con gran cariño.

Salí y entré tres veces, todo un récord, y cuando ingresé al partido comunista, en 1989, ya en el CEA, lo hice para mantener mis puntos de vista, y expresarlos como lo hace un intelectual, escribiendo y hablando. Por eso en 1996, cuando el CEA fue disuelto, me mandaron al lugar más dogmático y represivo imaginable: el Instituto de Filosofía. Allí me cancelaron mi proceso de doctorado que ya había rebasado los exámenes enervantes que ello supone y se basaba en mi investigación sobre los municipios cubanos. En 1999 fui expulsado de ese lugar y del PCC —por, textual, traición a la patria— me impusieron un impedimento de salida del país por cinco años —que fue levantado al año y medio para facilitar mi traslado a República Dominicana— y desaparecieron amigos y vecinos.

Pero nunca pedí disculpas. Y tampoco debo pedirlas por mi pasado, ni por mis ideas. Soy de izquierdas, socialista y de filiación teórica marxista. Si alguien no puede convivir con eso, que salga y vomite. Pero pido que no vomite sobre mi vida.

Aclaro: nada de esto es heroico, ni aspiro a la aureola del mártir. Hice en cada momento lo que creí debía hacer, y he vivido plenamente, lo cual me deja poco espacio para los resentimientos, aunque razones no faltan para tenerlos. Y si ventilo aquí este tema, no tiene ninguna intención de revalidarme —quienes me conocen saben como soy, con defectos y virtudes— sino para alertar sobre esos fusilamientos morales de los que los sistemas totalitarios no pueden prescindir, y sobre los que nos informaba el amigo Juan Antonio.

Es, una vieja táctica, como dice el refrán popular, de difamar y difamar, que algo, siempre queda.