Actualizado: 20/09/2017 13:35
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Montaner, Cuba, Obama

Los trece errores de Carlos Alberto Montaner

Si a las sucesivas presidencias norteamericanas una posición “dura” frente a Cuba les aportaba réditos electorales, para las autoridades cubanas el embargo resultaba vital y consustancial a su corpus teórico

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Por su prosa limpia y sus reflexiones por lo general bien hilvanadas, suelo leer con asiduidad los artículos de Carlos Alberto Montaner, coincida o no con sus puntos de vista, lo cual no significa que él esté equivocado y yo disponga de las verdaderas respuestas, o viceversa. Partimos de presupuestos y perspectivas ideológicas diferentes pero que son, desde luego, complementarias e imprescindibles en el debate sobre el tema cubano, que es de lo que se trata.

El diario El País acaba de publicar un artículo de Carlos Alberto titulado “Los cinco errores de Obama en su nueva política sobre Cuba”.

A su juicio, los cinco errores del presidente norteamericano respecto a las relaciones con Cuba son: Suponer que puso fin a una política que no había funcionado. Cancelar la política de contención sin tener con qué sustituirla. El daño hecho a la oposición democrática. Un error de carácter moral. Y un error de carácter legal.

Para validar esos errores, Montaner incurre a su vez en una serie de errores, erratas, olvidos y afirmaciones tendenciosas. Parafraseando el título de su artículo, he llamado a todos ellos errores. Espero que los lectores me perdonen la licencia. Tal como hace Montaner en su texto, a continuación los enumeraré:

1

A menos que el autor haya estado presente en los muchos meses de negociaciones entre Estados Unidos y Cuba que se llevaron a cabo con una absoluta discreción, afirmar que Roberta Jacobson llega a Cuba prácticamente a entregarse a las exigencias de Raúl Castro, dado que Obama “entregó previamente todas las bazas de negociación con que contaba Estados Unidos” me parece una afirmación más que arriesgada, temeraria. Sobre todo porque el embargo sigue intacto y su ablandamiento, no su derogación, es potestad del presidente y puede regularlo de acuerdo a su criterio. Con Rusia existen relaciones diplomáticas y comerciales plenas y ello no ha limitado las sanciones. Para empezar, ya la delegación norteamericana ha exigido y conseguido reunirse con la disidencia, algo que los Castro siempre han considerado una inadmisible provocación.

2

Afirma Montaner que desde 1964, cuando concluyó el apoyo norteamericano a las operaciones subversivas contra Castro, cesó “el propósito de liquidar al régimen comunista”. El autor parece ignorar que, si se refiere a la subversión directamente armada, ese propósito cesó mucho antes, tras los acuerdos entre Kennedy y Kruschev, y si se refiere a acciones que, de alguna manera, contaran con apoyo o visto bueno de las instituciones norteamericanas, esto se prolongó más allá de 1964. Y si no hablamos de un propósito de liquidar al régimen directamente por la vía militar, sino que lo extrapolamos a medios políticos y económicos, el propósito continuará hasta la derogación del embargo.

3

Comparar las relaciones de los Estados Unidos con Cuba durante este medio siglo con las relaciones que tenían con la desaparecida Unión Soviética, tal como hace el autor, es algo que ni él mismo se cree, dado que Estados Unidos y la URSS tenían relaciones diplomáticas plenas y fluidas relaciones comerciales. En cuanto al aislamiento diplomático del que habla Montaner a la URSS, miembro del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, resulta difícil de comprobar, por decirlo de la manera más dulce. Y si nos referimos a periódicas las votaciones en la ONU sobre el embargo, más aislado parece Estados Unidos que Cuba.

4

Afirmar que hubiera sido muy fácil en la primera mitad de los 90, cuando había desaparecido la URSS y el castrismo carecía de aliados, “ponerle fin a la dictadura cubana” es algo que no debería hacer con tanta soltura. El costo político para los Estados Unidos habría sido enorme en comparación con sus dividendos. En plena extinción del comunismo como proyecto viable, Estados Unidos habría creado, para la izquierda nostálgica, el mártir necesario. Y los Estados Unidos de Clinton Vs. Castro no son los de Eisenhower Vs. Jacobo Árbenz.

5

En su “primer error”, Montaner asegura que un país calificado como terrorista (clasificación inoperante no por falta de intención sino de medios), aliado “de las peores tiranías islamistas —Irán, la Libia de Kadafi—, que se confabula con Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua para articular una gran campaña antinorteamericana” y que continúa protegiendo a delincuentes norteamericanos políticos y comunes, no puede ser considerado un país normal, menos aún cuando en julio de 2013 detuvieron en Panamá un barco cargado en Cuba con 250 t de pertrechos de guerra con destino a Corea del Norte. Y de su “anormalidad” se deduce que no debe restablecer relaciones diplomáticas con Estados Unidos. De hecho, Cuba no cuenta hoy con los mínimos recursos para patrocinar ni el terrorismo ni la insurgencia, ni a nadie. Cuba es un país patrocinado por Venezuela (a cambio de médicos y know how totalitario) y con temor a que ese patrocinio concluya. De hecho, Estados Unidos es también un buen socio de algunas dictaduras islamistas, comenzando por la peor de todas, Arabia Saudí, patrocinadora del integrismo, y mantiene buenas relaciones con dictaduras de diferente naturaleza en distintos lugares del mundo: China, Malasia, Guinea Ecuatorial, etcétera. Tampoco, ni mucho menos, es Cuba el único país que protege a delincuentes políticos y comunes buscados por el FBI. Y todos esos países, excepto Corea del Norte, mantienen relaciones diplomáticas con Estados Unidos.

6

Afirma Montaner que es un error del presidente norteamericano “cancelar la política de contención sin tener con qué sustituirla”. No se sabe bien qué cosa es política de contención. Si es, como afirmaba antes él mismo, semejante a la política que se mantenía con la antigua URSS, ella implicaría el establecimiento de relaciones diplomáticas.

7

Es obvio que a Estados Unidos (y a la inmensa mayoría de los cubanos) le interesaría una Cuba democrática, pacífica y estable. Y Montaner nos pone como meta a Costa Rica. Posiblemente se refiera a una Costa Rica que yo desconozco, no a la que se encuentra en Centroamérica, con sus grandes bolsas de miseria, nepotismo, corrupción política y administrativa, infraestructuras desastrosas, altísimo costo de la vida y delincuencia galopante, de modo que en San José el elemento común de todas las viviendas no es el color blanco de las islas griegas sino el alambre de púas. Desde luego, todos estaremos de acuerdo en que es preferible una Cuba próspera, desarrollada y amistosa, “rica y sosegada”, antes que una Cuba “tumultuosa y empobrecida”. Y se pregunta el autor si se consiguen estos objetivos “potenciando a una dinastía militar”. Aparece la necesidad de acudir al diccionario en busca de la palabra “potenciar”, porque si el restablecimiento de relaciones diplomáticas equivale a ello, tendríamos que admitir que Estados Unidos potencia a decenas de regímenes nefastos en todo el planeta. Y habría otra pregunta imprescindible: ¿potenció la anterior política el cambio de régimen durante los anteriores 50 años? La respuesta es, obviamente, no. ¿Qué garantías tenemos de que durante el próximo medio siglo la misma política inoperante arroje un resultado diferente?

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“Obama cree que ha resuelto un problema enmendando las relaciones con Raúl Castro. Falso: lo que ha hecho es aplazarlo”, afirma Montaner en su segundo error. He buscado en qué momento el presidente norteamericano afirmó haber resuelto el problema cubano con su nueva política y mi búsqueda ha sido inútil. A menos que haya sido una comunicación personal de Obama a Montaner, lo que se desprende de las declaraciones del mandatario norteamericano es que ha modificado una política probadamente ineficaz. Medio siglo basta para considerar fallido cualquier experimento. No ha blasonado en ningún momento de resolver con ello el problema cubano que, entre otras cosas, debe ser algo que resolvamos los cubanos, no el presidente de Estados Unidos, de Rusia o de China. Y vaticina Montaner que “en el futuro próximo se presentarán otras crisis que arrastrarán a Estados Unidos (…) Es lo que ocurre cuando no se curan permanentemente las heridas”. Y con ello se remonta a la Guerra Hispano-Cubano- Norteamericana y de ahí hasta nuestros días. Ignoro qué significa para el autor “curar permanentemente las heridas”. ¿La anexión? Y lo pregunto sin intención peyorativa. Grandes patriotas del siglo XIX fueron anexionistas, y en pleno siglo XXI la globalización nos anexiona unos a otros como nunca antes en la historia. Lo que tampoco significa que yo apueste por ella.

9

Se lamenta el autor del “daño hecho a la oposición democrática”. Reconoce que la solución al problema cubano debe darse entre cubanos y que no se trata de un diferendo entre Washington y La Habana, pero para eso “Washington debía mantenerse firme y remitir a la dictadura a la aduana opositora, cada vez que directa o indirectamente se insinuaba la posibilidad de la reconciliación”. Pero no explica cómo ayuda a la oposición cubana el mantenimiento del statu quo. A quien sí beneficia desde hace medio siglo es al régimen. Su discurso victimista, su manido argumento de que la culpa de las carencias la tiene el “bloqueo”, la mutilación de la libertades bajo el argumento de plaza sitiada, y la “unidad” monolítica frente al enemigo como explicación de una dictadura unipersonal. Montaner conoce perfectamente que quien torpedeó las negociaciones durante años “cada vez que directa o indirectamente se insinuaba la posibilidad de la reconciliación” fue Fidel Castro. Lo hizo con Carter desatando el Mariel, con Clinton con el Maleconazo y el derribo de las avionetas en 1996. Si no existiera, al imperialismo habría que inventarlo, afirmó sagazmente Jean-Paul Sartre en los albores de la Revolución. Como parte de la oposición, Montaner habla por sí mismo, y su opinión es respetable, pero difícilmente recoja todo el sentir de la oposición, especialmente la que vive dentro de Cuba y que es la más vulnerable y sufrida.

10

En su tercer error, se pregunta Montaner “¿Para qué hacer reformas democráticas, dirán los herederos de Castro, si ya se nos acepta tal y como somos? (…) ¿Cuál es el incentivo que le queda a Washington para inducir el respeto a los derechos humanos, si ya ha hecho la mayor parte de las concesiones unilateralmente?” ¿A qué se refiere el autor con “la mayor parte de las concesiones”? ¿Ha obtenido Cuba el estatus de nación más favorecida? ¿Se ha derogado el embargo? ¿Se ha derogado la Ley de Ajuste? Creo recordar que China y Vietnam, ambas dictaduras comunistas, no están sometidas a embargo, tienen relaciones plenas y fluidas con Estados Unidos y han obtenido el estatus de nación más favorecida, además de un flujo constante de inversiones que, si esa es la perspectiva de Montaner, han consolidado las dictaduras respectivas otorgándole medios para un crecimiento económico espectacular. Nada de eso ha ocurrido aún en Cuba, y el hecho de que la delegación norteamericana haya insistido en reunirse con los dirigentes de la disidencia, cosa que no ha ocurrido con China o Vietnam, es un síntoma de que el tratamiento en ambos casos es notablemente diferente. Le recuerdo a Montaner que más de cien países en el mundo tienen relaciones con Cuba, es decir, que “los aceptan tal y como son”. O no. Porque muchos países que tienen relaciones económicas y diplomáticas con Cuba también son críticos con la Isla en cuanto a su desempeño liberticida. ¿El hecho de que Estados Unidos restablezca relaciones diplomáticas con Cuba significa, automáticamente, que aplauda cualquier comportamiento de las autoridades de la Isla? Resulta extremadamente simplista afirmar que “La dictadura está eufórica. Siente que tiene carta abierta para aplastar a los demócratas sin pagar por ello el menor precio”. Carta abierta tenía hasta ahora para hacer lo que le viniera en gana sin temer más represalias de Estados Unidos. Me resulta increíble que Montaner no considere en su análisis la situación extraordinariamente delicada en que se encuentra el raulismo, abocado a la posibilidad del cese de la subvención venezolana. En esas circunstancias, ciertamente, una pequeña apertura norteamericana es una bocanada de oxígeno, pero al mismo tiempo una sanción norteamericana, al estilo de las que ha sufrido Rusia recientemente, puede ser inhibidora de ciertos comportamientos que hasta ayer, cuando no tenían nada que perder, eran imposibles. Y el raulismo es infinitamente más pragmático que el fidelisimo, porque visualiza, al mejor estilo ruso o de la piñata nicaragüense, la repartición del pastel estatal entre la membresía conspicua de la aristocracia verde olivo, algo que ya está sucediendo. Del mismo modo que Estados Unidos no pudo detener la repartición de Rusia entre su nomenclatura reciclada, tampoco podrán detener ese proceso en Cuba, dado que, en todo caso, los llamados a hacerlo seríamos los propios cubanos. Esta situación me recuerda la espléndida novela Vida y destino, de Vasili Grossman. Su protagonista, un científico brillante, ve peligrar su carrera por las intrigas políticas de sus compañeros y no tiene reparos en asumir comportamientos “heterodoxos”. De pronto, recibe una llamada del propio Stalin quien alaba su trabajo científico. A la mañana siguiente, cuando llega a su instituto, todos saben que el propio Dios lo ha llamado por teléfono y los que hasta ayer pedían su cabeza se desviven por halagarlo. Es entonces cuando el protagonista siente un miedo terrible a perder lo que hace apenas unas horas ha obtenido, y eso lo convierte en un dócil aterrado.

11

Montaner sustenta que desde la época de Jimmy Carter, Estados Unidos tiene una doctrina democrática para América Latina en cuanto al respeto de los valores democráticos y los derechos humanos. Y asume que “por razones estratégicas, o por realpolitik, podría no exigirle a China que tuviera un comportamiento democrático”. Y sostiene que, en el caso de Cuba, al restablecer relaciones diplomáticas con una dictadura, “Estados Unidos ha sacrificado inútilmente su posición de líder ético y ha regresado al peor relativismo moral”. A este error, que es el cuarto, lo llama Montaner “de carácter moral”. Ahora bien, ¿se puede tener una moral acotada geográficamente? ¿Puede alguien sustentar el hecho de que admitimos una dictadura fundamentalista en Oriente Medio o una dictadura comunista en Asia pero no una dictadura comunista en América? ¿Admite el autor una especie de geoética? Aunque reconoce que el restablecimiento de relaciones con Cuba “es lo que deseaban muchos países latinoamericanos”, lamenta que “no hay espacio para las consideraciones morales” en las relaciones interamericanas. Es decir, según Montaner, la realpolitik que esgrimen la mayoría de los países latinoamericanos, según la cual la apertura con Cuba, país con el que ya tienen relaciones diplomáticas y comerciales la mayor parte de las naciones del continente, puede ser positiva para la evolución de la Isla hacia mayores libertades y aperturas, no debe ser la realpolitik de Estados Unidos, aunque sí lo sea en otras regiones geográficas. Y concluye que “Estados Unidos ha sacrificado inútilmente su posición de líder ético”. Quizás ingenuamente, yo opino que la moral no tiene nada que ver con la geografía. Son disciplinas diametralmente distintas. Si lo que es moral para China no lo es para Cuba, podríamos también admitir que la libertad de expresión, un valor esencial de occidente, debe ponerse al servicio de cierta lógica geográfica. El hecho de que todos seamos Charlie no es incompatible con el mantenimiento de relaciones diplomáticas con los países islámicos. Además de que, por muy admirable que sea la democracia norteamericana, elevarla a la categoría de “líder ético” es mucho elevar después de conocerse millones de escuchas ilegales, torturas como sistema y otros asuntos turbios, lo cual tampoco descalifica a Estados Unidos automáticamente.

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Sentencia Montaner que la decisión del presidente Obama puede ser un error, o en todo caso un delito, de carácter legal. Nos recuerda el autor que en Estados Unidos existe una división de poderes, “una democracia representativa”. Y según él “eso es lo que cuenta y tiene muy poco que ver con las encuestas o con las decisiones asamblearias”, aunque reconoce que “es posible que las encuestas reflejan que una mayoría de la sociedad norteamericana apoya coyunturalmente la reconciliación con la dictadura cubana”. Una manera elusiva de decir que, efectivamente, la mayoría de la población norteamericana encuestada apoya la restauración de las relaciones diplomáticas con Cuba. Podría haberlo dicho de esa manera y no como un “es posible que las encuestas reflejen”. El autor sabe perfectamente que en gramática “es posible” que yo me gane la lotería, mientras “mañana amanecerá” es un hecho probado. Y acusa al presidente Obama de haber engañado al Congreso manteniendo en secreto las conversaciones con Cuba. Algo que, hasta donde alcanzo, es potestad del Presidente, como lo era mantener en la sombra la operación para eliminar a Osama Bin Laden, y no recuerdo que Montaner haya protestado porque no se le comunicara antes a la opinión pública. Como si sus electores no hubiéramos leído los periódicos durante los últimos seis años, Montaner se pregunta “¿No debió el presidente conversar previamente con ellos [el Congreso] sobre su política cubana en busca de opiniones y consejos? ¿No existe la cordialidad cívica en la Casa Blanca?”. Y la respuesta es, rotundamente, no. En cosas tan esenciales como la reforma de la salud pública en Estados Unidos, un caso francamente vergonzoso en el mundo desarrollado contemporáneo, la oposición no ha tenido el más mínimo interés en colaborar con el presidente. Muy por el contrario, ha intentado poner todos los palos en las ruedas, incluso contra el interés y el beneficio de la ciudadanía norteamericana, no de las aseguradoras y la industria de la salud. Otro tanto ha ocurrido con la reforma migratoria, etcétera, etcétera. ¿A eso llama Montaner “cordialidad cívica”? Pocos presidentes norteamericanos habrán gobernado con una oposición menos cordial. Que la opinión pública exprese mayoritariamente un criterio es democráticamente intrascendente, según el autor, no así que la oposición republicana se pronuncie en contra. Una muestra de cuán “democrático” se es cuando la opinión pública no coincide con nuestras opiniones partidistas. Máxime cuando, incluso, la mayoría de la población cubana y cubano-americana en Estados Unidos aplaude y apoya la derogación de las restricciones. ¿También son despreciables esas opiniones? ¿O son castristas más de la mitad de los exiliados cubanos?

13

El autor concluye calificando la decisión del presidente norteamericano como “un terrible error en el que no habían caído ninguno de los 10 presidentes que lo precedieron en el cargo. Por algo sería”. Con la misma solvencia teórica se podría decir que la política norteamericana de apoyar a las peores dictaduras del continente, siempre y cuando éstas respondieran a los intereses de Washington, fue mantenida por los presidentes norteamericanos durante un siglo. Por algo sería. Y poner de esa manera en entredicho la posición norteamericana de defensa de los derechos humanos y la democracia que el propio Montaner alaba.

Hace dieciocho años, publiqué un artículo contra el embargo bajo el título “De cómo el lobo feroz se hizo cómplice de la Caperucita Roja”, que reeditaría hoy sin cambiarle ni una coma. En él sostenía que el embargo era el único acuerdo entre las diferentes presidencias norteamericanas y la permanente presidencia cubana. Los unos ganaban votos electorales en la Florida, y los otros mantenían intacto el pedigrí antiimperialista en América Latina, justificaban la ineficiencia y la dictadura, y convocaban la solidaridad internacional de David frente a Goliat. Si a las sucesivas presidencias norteamericanas una posición “dura” frente a Cuba les aportaba réditos electorales, para las autoridades cubanas el embargo resultaba vital y consustancial a su corpus teórico: mantenimiento de la dictadura desde la perspectiva de plaza sitiada, erradicación de las libertades invocando la unidad y excusa del calamitoso estado de la economía insular. La verdadera víctima de este proceso perverso donde dos enemigos ideológicos colaboraban por su mutua conveniencia, era la sufrida población cubana atrapada entre la espada del embargo exterior y la pared del embargo interior. Pensar que en algún momento el embargo, en tanto que instrumento que propiciara la democratización de Cuba, fuera efectivo, equivaldría a concederle al fidelismo, y posteriormente al raulismo, algún interés por el destino de su propio pueblo. Mucho conceder a una dictadura que ha demostrado durante medio siglo su más profundo desprecio por la felicidad y el bienestar de los cubanos, mera materia prima del poder. Y esos cubanos están hoy mayoritariamente esperanzados (quizás más de lo que debieran) de que este cambio haga menos penosa su existencia cotidiana, aunque sólo sea por otorgar mayor fluidez a las relaciones con la diáspora. Y eso es un hecho. Harían bien los políticos cubanos del exilio y de la oposición interna en atender al termómetro de la calle. Si aspiran a la democratización de la Isla, deberían percatarse de que esos serán los futuros votantes.

Durante medio siglo, a los dirigentes de la Isla no les ha faltado ni lo esencial ni lo superfluo. Tras convertir a la Isla en su finca privada, han disfrutado de todos los bienes y lujos, muchos de ellos producidos por el enemigo y traídos a la Isla por cauces que eludían las limitaciones del embargo. Ciertamente, un cambio de esas circunstancias, un paso hacia la normalidad en las relaciones con Estados Unidos, no garantiza directamente la democratización de la Isla, cosa de la que, repito, deberán encargarse los propios cubanos. Pero podría ser, y conste que no lo afirmo con certeza, un camino que invite a transformaciones de mayor calado, algo que no consiguió la vieja política durante medio siglo.


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