Actualizado: 23/08/2017 14:28
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CEA, Cambios

¿Qué pasó con el Centro de Estudios sobre América?

El principal mensaje que el CEA legó a la intelectualidad cubana: era posible resistir y contrarrestar la ofensiva de la burocracia partidista

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A pesar de que el tema ha sido tratado muchas veces —hay dos libros referidos a ello, escritos por el italiano Mauricio Giuliano y por los cubanos Gerardo González y Alberto Álvarez— creo que vale la pena razonar un poco sobre lo que significó el dramático final del Centro de Estudios sobre América (CEA) en 1996.

En estos días se cumplen 15 años de aquel acto represivo y con ello del final del que era el centro de investigaciones sociales más audaz y competente que ha existido en Cuba, al menos, desde 1959. El CEA pertenecía al Partido Comunista, estaba protegido por Manuel Piñeiro y durante mucho tiempo hizo disciplinadamente su tarea de investigar sobre América latina y Estados Unidos, e intercambiar con la academia hemisférica. Los investigadores preparaban informes sobre los países que estudiaban —subproductos de artículos y libros que realmente se producían y publicaban— y estos eran leídos por los funcionarios a cargo, generalmente con poco interés. Se organizaban eventos académicos donde el Departamento América (DA) siempre introducía a algún invitado de interés propio, entre otros muchos de mayor interés académico pero de menores atractivos políticos. Y en algún momento podía suceder que se encargara a algún investigador confeccionar algún informe o documento para ser consumido por la dirigencia cubana.

Cuando un investigador era requerido por un tiempo largo para alguna actividad propia del DA, regularmente se le separaba de la institución. En este sentido Manuel Piñeiro tuvo la habilidad de mantener el perfil académico de la institución alejado tanto de sus propios trajines como de los diligentes muchachos de Línea y A, respecto a los cuales existía una prohibición absoluta de hacer cualquier contacto profesional. Otro cuidado que tuvo fue evitar la relación con la academia del bloque Este-europeo, no solo por las implicaciones políticas que ello tenía, sino también porque la única manera de establecer una relación estable con la academia latinoamericana era prescindir del abrazo de los hermanos soviéticos. Un cuidado político muy pragmático, pero que tuvo la virtud de no contaminar a los jóvenes investigadores de la institución con los dogmas marxistas leninistas.

Aunque desde su perfil original el CEA logró importantes contactos con la academia continental, su real relevancia se produjo desde 1986, cuando algunos investigadores tomaron en serio la invitación de Fidel Castro a pensar y debatir sobre el futuro cubano en el marco de la llamada Rectificación.

A partir de ese momento se intensificaron los estudios sobre Cuba y su revista Cuadernos de Nuestra América comenzó a reflejar esta nueva perspectiva que reclamaba una reforma económica orientada hacia la descentralización y el mercado, pero dirigida a conseguir una economía eficiente dentro de un sistema de signo socialista, una ampliación de los espacios democráticos dentro del sistema político, una mayor descentralización política y administrativa, un sistema electoral competitivo y en general una mayor autonomía social. El CEA organizaba eventos con una altura de debate inusual en el país, y de los cuales brotaron libros que aún son recordados, participaba en comisiones técnicas estatales, se relacionaba con movimientos comunitarios emergentes y con dirigentes municipales y cuando sus miembros eran invitados a impartir conferencias en foros universitarios, regularmente los salones resultaban insuficientes para albergar a todos los oyentes. Finalmente, muchos altos funcionarios —recuerdo ahora a Roberto Robaina, Pedro Ross, Armando Hart, Abel Prieto, José Ramón Balaguer y Ricardo Alarcón— visitaban el centro y se daban allí su ducha de flexibilidad en una época en que ser flexible era políticamente sexy.

Y por supuesto que había un precio que pagar por tener la oportunidad de producir estas propuestas, debatirlas al interior de la sociedad y publicarlas. Ese precio era aceptar tres límites muy precisos, traspasar los cuales era hundirse en el limbo de la invisibilidad: el monopartidismo, el liderazgo de Fidel Castro y un posicionamiento fuerte frente a Estados Unidos. Es posible que algunos de los investigadores consideraran que eran límites saludables. Otros debieron creer que era un precio desagradable pero menor. Pero creo que todos estábamos convencidos que lo importante era aprovechar el magro espacio de acción para contribuir a crear una opinión pública, incidir en los sectores intelectuales, funcionarios y activistas sociales, y con todo ello, hacer avanzar a la sociedad y a la política.

También supimos aprovechar otra ventaja: la inclusión en la estructura del PCC. Nos protegía de los enemigos íntimos, al mismo tiempo que nos daba un espacio de acción que ocupamos con el beneplácito de quienes disfrutaban oyéndonos decir lo que ellos hubieran querido decir. Pero ya en los 90 se trataba de un espejismo, y en verdad el CEA sobrevivió gracias al estupor de la clase política ante la inmensa crisis de los 90 que ella misma había creado. No había una política aperturista, sino una suerte de tolerancia por omisión de políticas, y por eso nada era seguro. No éramos orgánicos a nadie, y por cuatro años —desde la destitución de Piñeiro— tampoco teníamos padrinos. En 1992 Carlos Aldana intentó disolver la institución. Pero embriagado de narcisismo político, quiso hacerlo con elegancia y para ello organizó varias reuniones empalagosas en las que nos revelaba cómo era el mundo y porqué lo estábamos explicando mal. Hasta que súbitamente fue defenestrado, lo que nos salvó la vida por cuatro años, los mejores cuatro años. Y así sucedía que al inicio de cada año vivíamos varias semanas de sospechas de que algo definitivo se tramaba.

Los temores se incrementaron tras el discurso de Fidel Castro en julio de 1995, en que claramente anunciaba el final de la tenue reforma y de los ecos aperturistas debilitados del IV Congreso del PCC. Todos hicimos las maletas, hasta que en febrero de 1996 recibimos una carta de José Ramón Balaguer felicitando al CEA en nombre de la dirección partidista por su meritorio trabajo científico y aprobando casi todos los proyectos propuestos para 1996.

La alegría solo duró unos días. El 9 de marzo, el mismo día en que culminamos un intenso taller sobre cómo transformar el cuentapropismo de pura sobrevivencia a espacios autónomos de economía popular, conocimos la prohibición de toda investigación, meditación y publicación sobre Cuba en el CEA, y el nombramiento como director de un funcionario de cuarta categoría, pero con aspiraciones académicas y que había logrado sobrevivir a la defenestración de Carlos Aldana —su antiguo jefe— gracias a su insignificancia.

Nuevamente comenzamos a hacer las maletas, pero otra vez por poco tiempo. El día 27 de marzo, sin previo aviso, Raúl Castro, en su rol habitual de Doberman del sistema, leyó por televisión un informe del V Pleno del CC del PCC en que se calificaba al CEA de quinta columna del imperialismo al servicio de la CIA. Súbitamente se cerraron todas las puertas políticas, y los mismos dirigentes que se habían solazado con los trabajos del CEA, se sumaron a la represión o simplemente hicieron un persistente silencio. Aunque obtuvimos algunos apoyos personales de cubanos y de extranjeros, y de instituciones de la cooperación internacional y académicas (vitales para frenar la represión), en el plano interno quedamos aislados.

Creo que en lo que sucedió entonces —y no en sus lúcidas investigaciones— ha residido el principal mensaje que el CEA legó a la intelectualidad cubana: era posible resistir y contrarrestar la ofensiva de la burocracia partidista. Durante varios meses todos los investigadores y trabajadores del CEA resistieron las presiones/amenazas para que produjéramos una “autocrítica” que reconociera “los errores cometidos”. El consejo de dirección, del cual fui parte, sostuvo varias reuniones con funcionarios del Departamento Ideológico del PCC —dirigido por un coronel de la inteligencia militar que parecía extraído de un laboratorio de Lombroso— y con el miembro del Buró Político Balaguer. Una a una fueron desarmadas las acusaciones sin fundamentos que nos remitían, y una y otra vez volvían a repetir las mismas calumnias con la impunidad abusiva del poder absoluto. Como penúltimo paso ensayaron reuniones individuales con cada miembro de la institución, en las que nadie cedió a las presiones. Finalmente se realizó una reunión con todos los trabajadores de la institución, investigadores o no, en la que se pidió a cada uno que hablara y diera su opinión. Nuevamente nadie cedió.

Tampoco cedimos cuando Raúl Castro envió un mensaje donde pedía disculpas y solicitaba toda la colaboración para solucionar el caso. Nuestra respuesta fue que si la acusación había sido pública, la única disculpa aceptable tenía que ser pública.

En las conclusiones del caso los burócratas del CC del PCC se limitaron a leer el mismo informe que habían presentado el primer día y que había sido desmontado muchas veces por los participantes en las reuniones, agregando solo una oración que reconocía que el CEA había conseguido “algunos logros académicos”. Luego el CEA fue desmantelado y en su lugar se armó una institución con el mismo nombre, pero sin ningún brillo, que finalmente ha sucumbido a la “actualización del modelo” económico. También fueron desmanteladas otras instituciones de la emergente y peculiar sociedad civil cubana, como fue el caso de Habitat-Cuba, pero en estos casos los represores tuvieron especial cuidado en hacerlo con guantes de seda. También el debate académico fue reprimido, pero no pudo ser llevado a los extremos indigentes de los 80.

Los ex miembros del CEA han seguido exitosas carreras profesionales en otros lugares, de acuerdo con sus motivaciones y talentos, unos en Cuba y otros en el extranjero, unos en importantes organismos internacionales y otros emigrados/ desterrados. Algunos han abandonado la actividad académica y otros insisten en ella, tratando de hacer las cosas lo mejor posible de acuerdo con las convicciones y prioridades personales. Creo que a todos nos tocó un pedacito de historia y entonces lo hicimos bien.

Una sola persona ya no está entre nosotros: Hugo Azcuy. Murió en los primeros días de aquel trágico proceso, de un infarto en un corazón enfermo que soportaba por tercera vez en su vida un proceso represivo por el ejercicio de pensar libremente y decir lo que se piensa. En 1970 fue parte de Pensamiento Crítico, desarbolado también por el actual general/presidente, y unos años después fue separado de su posición de profesor en la UH por sus opiniones críticas. Dícese que su delator —un jurista que luego posó de librepensador hasta su muerte reciente— se arrodilló frente a él y le pidió perdón. Si es cierto, habla bien del delator si fuera posible hacerlo en alguna circunstancia. La gavilla de agentes represores que condujeron a la muerte de Hugo debe hacer lo mismo. Raúl Castro debe hacer lo mismo.

A nosotros solo nos toca continuar exigiéndolo.


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