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Actualizado: 21/07/2014 21:03
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| Opinión

Ricardo Alarcón, Raúl Castro, Cambios

Ricardo Alarcón, el último “fidelista” en desgracia

Su ocaso destaca la intrascendencia actual de Fidel Castro

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Ricardo Alarcón siempre fue un hombre de Fidel Castro, pero nunca santo de la devoción de Raúl Castro y sus generales. Ya se decía en Secreto de Estado y en Jaque al Rey, dos libros escritos de conjunto por Eugenio Yáñez y Juan Benemelis hace varios años.

Entonces muchos lo consideraban en la cúpula del poder, junto a Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, porque Fidel Castro los había mencionado a Ignacio Ramonet, en una kilométrica entrevista, como eventuales relevos de los “históricos”. Sin embargo, para Raúl Castro no eran más que capataces desechables.

Era el único superviviente político de los tres. Los otros dos, aficionados a las mieles del poder, quedaron fuera del juego en 2009. Ahora, al publicarse la lista de candidatos a diputados para las “elecciones” de febrero del 2013, donde brilla por su ausencia, ni siquiera tendría derecho a estar presente cuando se constituya la nueva legislatura para el período 2013-2018.

Se buscan explicaciones a la carrera, como que el principal asesor de Alarcón, Miguel Álvarez, y su esposa Mercedes Arce, oficiales de la inteligencia cubana, fueron detenidos hace varios meses. O esto o aquello.

Sin embargo, el problema no es de ahora, sino de siempre. Alarcón era desde 1959 un “burguesito” a los ojos de los comandantes guerrilleros, alguien sin callos en las manos, hablando con educación y moviéndose en el terreno de las relaciones exteriores, mientras los “guardias” se llenaban de hambre y fango en las trincheras y se jugaban la vida en guerrillas latinoamericanas y campañas africanas.

Mientras Fidel Castro controló el poder absoluto nadie cuestionó a Alarcón, quien estuvo catorce años (en dos momentos diferentes) como representante del Gobierno cubano en Naciones Unidas (aunque a pesar de eso habla inglés con acento de Hialeah), fue viceministro y ministro de Relaciones Exteriores, y desde 1993 presidió la siempre unánime Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP).

Para los “guardias”, Jaime Crombet, vicepresidente de la ANPP con Alarcón, era mejor, a pesar de ser suegro del tronado Pérez Roque: fue presidente de la FEU, y a la vez secretario general de la UJC y jefe de la Columna Juvenil del Centenario; después, viceprimer ministro. Y lo más importante para los militares: fue Comisario Político del Frente Norte en Angola mientras Alarcón “combatía” en New York dentro del edificio de la ONU.

Crombet solicitó su renuncia por razones de salud a mediados de 2012, que fue aceptada por Raúl Castro, quien lo despidió del cargo con cálidas palabras y lo designó asesor suyo para los cambios constitucionales con relación a esa entelequia del Poder Popular.

Habrá que estar atentos a las palabras de despedida de Raúl Castro a Alarcón. Dicen que sería asesor suyo para política exterior, lo que no sería tan relevante ahora que el canciller Bruno Rodríguez fue ascendido al Buró Político. O que se le encargará encabezar la “batalla” por la excarcelación de los cinco espías que cumplen condena en Estados Unidos, antojo sin sentido de Fidel Castro que le permitirá matar el tiempo y viajar medio mundo, o mundo y medio.

¿Cuál es el legado de Alarcón después de tanto tiempo al frente de la ANPP y casi toda su vida en función de la imagen exterior de eso que llaman “revolución cubana”?

No demasiado: haber presidido por veinte años una institución que reúne alrededor de 600 personas dos veces al año y ostenta el triste récord de que en sus reuniones nunca se haya producido un voto en contra de nada. Aunque eso no es poco, otros episodios suyos resultarán inolvidables, como cuando dijo que no se permitía a los cubanos viajar libremente para evitar la congestión del espacio aéreo internacional, o sus conceptos sobre los proyectos democráticos en la historia universal, a los que llamó “utopías” para justificar la dictadura castrista, pretendiendo emular a Pericles cuando no le llega ni a la chancleta a constitucionalistas y diplomáticos de la llamada “república frustrada”.

El paraguas protector de Fidel Castro le dio seguridad e impunidad, pero no vergüenza, y mucho menos honestidad. Los argumentos de la ANPP para rechazar el Proyecto Varela presentado por Oswaldo Payá son dignos de un Museo de la Estulticia Absoluta. Y bajo su presidencia la ANPP fue cómplice de la implantación del “período especial”, de la Primavera Negra y del fusilamiento sumario de tres jóvenes negros por un intento de secuestro de una embarcación para escapar de Cuba, donde no hubo hechos de sangre.

Como Fidel Castro lo consideraba experto en las relaciones con EEUU, le correspondió negociar con “el imperio”, entre muchas otras cosas, la crisis de los balseros de 1994 y las posteriores conversaciones migratorias con ese país, que no condujeron a mucho por la terquedad y mala fe de Castro.

Tras la crisis de poder en 2006 estuvo activo en la prensa internacional, asegurando que el Comandante estaba vivo, cuando muchos lo dudaban. Y fue —por su cargo— un factor importante para legitimar a Raúl Castro como sucesor, pues la Asamblea debía oficializar la designación, como sucedió en febrero del 2008.

A partir de ese momento ya no era imprescindible para ninguno de los planes importantes del general, pero como Fidel Castro todavía estaba relativamente lúcido, fue mantenido en el cargo, y fue reelecto al Buró Político en el Sexto Congreso del Partido.

Sin embargo, Raúl Castro sabe esperar. Mientras tanto, para reorganizar y definir las funciones del Poder Popular y las relaciones entre el gobierno central y los gobiernos locales, tarea fundamental del Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, hace tiempo designó al General de División Leonardo Andollo, segundo Jefe del Estado Mayor General de las FAR y también segundo de la Comisión de Implementación de los acuerdos del Sexto Congreso del Partido. No se sorprenda nadie si en la nueva legislatura en febrero del 2013 este general ocupa una posición relevante.

Se especula sobre quién será el sustituto de Alarcón presidiendo la ANPP, pero eso podría ser una pérdida de tiempo ahora: dependerá de lo que piense Raúl Castro sobre la relevancia y alcance de la Asamblea, y de lo profundo de su compromiso en promover jóvenes, mujeres y negros a los cargos más importantes del país.

Cualquiera que sea el destino de Ricardo Alarcón tras salir de la presidencia de la ANPP en febrero del 2013, hay que verlo como provisional: será solamente un paso más en su inevitable camino hacia el basurero de la historia, donde sin dudas terminará, junto a los jerifaltes del castrismo a quienes “chicharroneó” tantos años.


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