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La revolución de la inmundicia

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A partir de 1959, las transformaciones estructurales y formales que soportaron el Estado y la política en Cuba no puede decirse que hayan sido suficientemente novedosas. Se alfabetizó. Se expropió. Se discriminó por concepto de ideología o credo. Pero estas prácticas no pueden ser estimadas con propiedad revolucionarias si se rastrea el ángulo innovador, evolutivo de la palabra. No hubo nada nuevo bajo el sol. No se descubrió que la rueda rodaba. El breve período revolucionario -la primera década del régimen- no desmerita esta visión del asunto. No obstante, en lo social sí es posible hallar síntomas que redecoran el escenario de lo cubano, de lo popular en ejercicio.

Si la cubana fue una revolución, lo ha sido escatológicamente hablando. En primera instancia, la imagen de "el más allá" como meta a alcanzar, como artilugio e instrumento del Poder, ha funcionado a todo trapo durante los últimos cincuenta años. La vieja consigna “Patria o Muerte” es quizá el ejemplo más a mano, pero referencias sobran. Por otro lado, que el castrismo intentara enraizar semejante percepción en la conciencia de la nación no significa que ésta se la haya tomado muy a pecho. Lo cubano es, por definición, vital, ajeno a una cultura de la muerte o el martirologio. Y ello a pesar de Martí, Chivás y demás puntualidades.

Pero donde lo escatológico adquiere carácter masivo, donde gana la batalla a nivel social, es en su vertiente más soez u ordinaria. Lo escatológico revoluciona el lenguaje, los modos, las estratagemas. Cuba es hoy día un país donde lo grosero se ha adueñado de lo cultural y aun de lo político, sobre todo si se tiene en cuenta que esto último ha condicionado lo primero y lo ha hecho, conscientemente o no, desde la inmundicia.

La podredumbre, lo escatológico como punto de referencia, es la seña de identidad de un proceso cuyos principales dirigentes -salvo excepciones muy puntuales- utilizan lo soez como arma o se han visto amalgamados y condicionados por ello. La imaginería popular, cimentada en datos muy concretos, dibuja a un Che Guevara maloliente, desaseado, o a un Fidel Castro que copula –brevemente- con las botas puestas. De los tantos apodos administrados a este último, convendría recordar uno de su época universitaria, cuando aún el líder no era el líder: Bola de Churre. Y Bola de Churre ha impulsado decisivamente, desde la imagen, el verbo y sus innumerables mandamientos, la revolución de la inmundicia en Cuba.

Tampoco le fue demasiado difícil. La idiosincrasia del choteo, ya significada por Mañach, brindó soporte a los nuevos aires traídos por el castrismo, que comenzó a llamar las cosas por su nombre más rastrero. La revolución de los humildes, por los humildes y para los humildes fue, en otra dimensión sociológica, la rebelión de lo escatológico contra lo diverso, la minuciosa y festiva cruzada de la chabacanería contra la mesura. Había una base, claro está, un caldo de cultivo que fue autorizado a extraer lo soez del baúl de los recuerdos de la inhibición pública. El cubano es extravertido, inmoderado, enfático: a cambio de no tocar ciertos temas, obtuvo la libertad de abordar otros muchos sin contención ni buen gusto. La vulgaridad no sólo prosperó a escala institucional, sino que en la calle el vocabulario se masificó, perdiendo individualidad y matices: mecanizándose. Del “nosotros” al “compañero”, de la “reunión del comité de base” al “municipio especial”, al “delegado especial”, al “período especial”, la palabra se hizo anónima, ganando impunidad y perdiendo distinción. Así, el sistema educacional totalitario ha contribuido especialmente a diseñar un modelo de nación en el que no tiene cabida la elegancia.

La dictadura de lo escatológico en Cuba llega al final de un ciclo histórico con sus deberes cumplidos. Ciertamente, se hace cada vez más evidente que la diversidad aflora, con asustadiza cautela, allí donde lo oficial tenía hasta hace poco jurisdicción. Pero no hay que subestimar la labor de zapa que durante medio siglo dirigió el Estado y consolidó el sistema. Y no sólo en un sentido cultural o social. Ahora mismo la antigua Perla de las Antillas es un país arrasado, derruido, donde lo escatológico zigzaguea por las principales avenidas en forma de excremento canino. Y está La Habana, ese monumento erigido por el Poder en conmemoración del enésimo aniversario de la revolución de la inmundicia. No será fácil higienizar la ciudad. Ni siquiera recoger a los perros.



Yero: La confusión cultural de Eliades Acosta

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un artículo de Arnaldo Yero

Según la ponencia del señor Eliades Acosta en el seminario 50 Aniversario de la Revolución Cubana, la mejor garantía para evitar la reversibilidad de la revolución es la profundización de una cultura revolucionaria integral en cada cubano.

El ex director de la Biblioteca Nacional y uno de los principales ideólogos del régimen de La Habana asegura: “Hoy se sabe que la clave que hace que unas revoluciones humildes triunfen y otras en países con mayores recursos hayan desaparecido no estriba en producir más acero que Occidente, ni en tener más divisiones que la OTAN […] sino en la educación y la cultura de todo un pueblo en función de la propia práctica social revolucionaria, y viceversa”.

Si tomamos una acepción descriptiva lo más general posible para definir el término, la cultura, según el Diccionario de la RAE, es el “conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico, industrial, en una época o grupo social”. Es decir, en su concepción más amplia, la cultura no se circunscribe a la ideología, sino que abarca todas las esferas de la actividad humana, es el resultado de la praxis y por ende está en constante evolución.

De acuerdo con el señor Acosta, sin embargo, la cultura revolucionaria, “especialmente cuando los revolucionarios han tomado el poder […] es la vía consciente y organizada para fomentar y masificar esas ideas que transforman de raíz una sociedad, y que son, por fuerza, inicialmente confusas, intuitivas y aisladas, circunscritas a un estrecho círculo de cuasi iluminados (los intelectuales revolucionarios). La tarea de la cultura revolucionaria es, en consecuencia, la de explicar, exponer de manera racional, fomentar y propiciar, deliberadamente, la producción y reproducción de esas ideas nuevas hasta que pasen a formar parte indisoluble del pueblo, guiando su actuación desde la conciencia, los principios y los valores, y no desde la imposición, la coerción o la censura”.

Evidentemente el señor Acosta, tal vez sin darse cuenta, describe en el párrafo anterior la imposición de una ideología política, producto de las ideas confusas de un grupo de “elegidos”, por medio del adoctrinamiento sistemático de las masas, independientemente de los resultados empíricos de dicha ideología.

El problema con el cuadro anterior descrito por Acosta es que las ideas, los principios y los valores prevalecen no porque sean dogmas revelados, inculcados a la fuerza mediante una maquinaria de propaganda estatal, generación tras generación, sino cuando demuestran su validez mediante la práctica cotidiana.

En ningún lugar de su ponencia al señor Acosta se le ocurre plantear que el problema más grave que tiene la llamada revolución tal vez no sea su reversibilidad por falta de una “cultura revolucionaria” adecuada, sino su obsolescencia a pesar del activismo ideológico del Estado. Que el problema no estriba en que alguien quiera darle marcha atrás a la historia y volver a la dictadura de Fulgencio Batista o a la de Gerardo Machado, sino en que la práctica de más setenta años en la antigua URSS y el bloque soviético, amén de los cincuenta años de socialismo en Cuba, han demostrado hasta la saciedad que el totalitarismo y la economía centralizada no satisfacen las necesidades materiales y espirituales del hombre, verdaderas causas por las que fracasó el socialismo real en Europa oriental, y por las que otras dos revoluciones devenidas sociedades totalitarias no mencionadas en su ponencia, la china y la vietnamita, optaron por las reformas de economía de mercado para avanzar en su desarrollo.

Confucio decía que había que darle “los nombres justos” a las cosas, porque todo lo que se derivara de sus nombres falsos estaba condenado al error. Tal vez de ahí provenga la confusión del señor Acosta a la hora de diagnosticar los peligros y las posibles soluciones a los problemas del régimen cubano.

Hoy en día, nadie que tenga dos dedos de frente en la oposición o que dentro del propio régimen aspire a cambios reales que saquen a Cuba del estancamiento actual, aspira a revertir una revolución que dejó de existir hace décadas, sino a superar una dictadura de cincuenta años que sigue atrincherada en la guerra fría de los años sesenta, defendiendo el dogma marxista-leninista de los años veinte y profesándose continuadora de un ethos revolucionario que ha lastrado al país desde el siglo XIX.

La revolución de que el señor Acosta habla sencillamente no existe, terminó cuando el régimen de Fidel Castro acabó de desmantelar las instituciones de la república e institucionalizó el totalitarismo. De ahí en adelante lo que continuó funcionando en Cuba fue la dictadura militar de los hermanos Castro, que envuelta en su demagógica retórica revolucionaria, apropiada de todos los símbolos patrios y en poder de todos los medios de comunicación y propaganda, se dedicó a controlar minuciosamente todas las esferas de la vida de la nación para garantizar su perpetuación en el poder.

En una atmósfera de represión tal, donde el individuo no puede pensar ni actuar libremente por temor a las repercusiones políticas, no puede existir una cultura genuinamente independiente y mucho menos una cultura revolucionaria en el sentido del libre juego y gestación de las ideas.

El régimen militar cubano es una gerontocracia dogmática e ineficiente aferrada al poder, incapaz de resolver problemas tan elementales como acabar con el marabú que cubre los campos de Cuba o viabilizar la ayuda humanitaria que se le ofrece para mitigar el sufrimiento de los damnificados de un ciclón. Mientras el señor Acosta no se atreva a definir dicho régimen como lo que es, seguirá equivocándose en la búsqueda de su remedio.



La mirada en el ombligo

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Cuba es un país distorsionado por sus elites. Entre otras cosas, por eso quien sería su presidente idóneo es acusado por el gobierno cubano de terrorista, mientras el verdadero terrorista lleva cincuenta años gobernando, y dividiendo, a los cubanos.

Las elites cubanas han construido un país inexistente, profusamente decorado en base a cuotas cada vez más inoperantes de estridencia, egolatría y exhibicionismo. El problema cubano no puede resolverse no porque no tenga solución, no porque el totalitarismo se haya consolidado y mucho menos porque haya nacido un pícaro de opereta por el estilo de Fidel Castro, sino porque la cultura asimilada no encuentra referencias a partir de las cuales reformarse: las referencias deben constituirlas sus elites, y sus elites están más ocupadas en promoverse, o proyectarse, a sí mismas, en hacer girar la noria de su “trascendencia”. Un diálogo de sordos que se extiende ya demasiado en el tiempo.

Además, las elites, en su mayoría –las excepciones son marginales-, cojean de la misma pata que la cultura predominante. Si las esferas llamadas a reformar la seudo-cultura nacional, a establecer modelos alternativos de comparación, a redefinir sus paradigmas, a ofrecerse como referencia, son incapaces de transformarse, ¿qué puede esperarse del resto?

Hay una frase que ejemplifica perfectamente lo anterior, que cito de memoria y cuyo autor ahora mismo no recuerdo –quien recuerde el nombre y la frase literalmente, por favor, que me “aclare la mente”. Dice algo así como que “el choteo es la respuesta cultural del pueblo cubano a la falta de seriedad de sus elites”. Nunca mejor dicho: es ahora, luego de dos años de tribuna sin Fidel Castro, cuando esta falta de seriedad, y por extensión de capacidad, puede aquilatarse en toda su lastimosa dimensión. Cuesta cada vez más trabajo tomarse en serio a las elites cubanas.

En su libro Cuba: Claves para una conciencia en crisis, edición de 1983, Carlos Alberto Montaner pone el dedo sobre la llaga: “El castrismo es la última expresión, la caricatura final de los delirios de grandeza cubanos”. También podría decirse que la cultura vigente es la última expresión, la caricatura final de los delirios de grandeza de las elites cubanas. Pero Montaner lo define todavía mejor en el libro de marras: “La desgracia no está en las percusiones rítmicas de los negros, sino en la demencia mesiánica, en la hipertrofia de nuestra apreciación histórica, en nuestra manía de vernos el ombligo a través de un microscopio”.

Cuba necesita de sus elites una reacción pragmática, y humilde, al problema de la disolución nacional. O al problema de la involución nacional. Pero sus elites insisten en mirar para otro lado. Ya se sabe para dónde.



De Armas: Más de medio siglo de hombre nuevo en La Habana (I)

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Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo. Estén seguros que 2009 será un gran año, sobre todo para aquellos que se lo propongan. Los dejamos con este magnífico trabajo de Armando de Armas, que editamos en dos partes.

Más de medio siglo de hombre nuevo en La Habana (I)

un artículo de Armando de Armas

El hombre nuevo castrista está dañado a un punto tal que sería una rémora no ya para la democracia, sino para el castrismo mismo. O mejor, precisemos, ese ente sólo le serviría al castrismo por omisión: elemento neutro, pasivo, aunque no pacífico, que resultaría beneficioso para la permanencia de esta ya larga sobrevida de la dictadura en el sentido de, digamos, languidecer, morir tranquilamente en el poder sin resistencia, sin los riesgos reales de un levantamiento. Es más, qué hablo de levantamiento, esa sobrevida ocurriría hasta con cierta aquiescencia justificativa que, en casos extremos, llegaría a ser filosófica y contemplativa.

De ahí que el castrismo pida con tanta vehemencia que se le otorguen a la isla las 20.000 visas anuales de los acuerdos migratorios con Estados Unidos. Una manera fácil de deshacerse del hombre nuevo, ese que ni siquiera le serviría dentro de Cuba pero que, una vez fuera, adquiere inusitada utilidad, la de una mano de obra calificada y bien pagada en el extranjero para el envío de las puntuales remesas que de la nada le sostienen la decrépita economía. Negocio redondo, y que al año y un día regresa como si tal ( ¡aquí no ha pasado nada mi gente!) a celebrar inclusive el aniversario de los Comités de Defensa de la Revolución, desmintiendo de paso lo del exilio y la persecución política.

Por supuesto que no hablo de las excepciones de toda regla, esas que durante medio siglo han llenado las cárceles y las filas de la oposición de una u otra manera, sino de la población general desovada durante medio siglo de comunismo. Me permito unas anécdotas que alumbrarían el texto más que cualquier análisis.

Estábamos en 1993, la caldera del manicomio castrista a punto de estallar. En 1994 vendrían los acontecimientos del 5 de agosto en el Malecón de La Habana, con el subsiguiente éxodo de balseros, y en las principales ciudades de la isla se daba lo que se conocería como la intifada criolla: apedreamientos de edificios gubernamentales, vidrieras comerciales, casas de funcionarios, agentes y delatores del régimen, así como pintadas en las paredes con consignas antigubernamentales, incendios y explosión de pequeños petardos en diplotiendas y otros lugares emblemáticos de la injusticia socialista. Por esa fecha la dictadura hizo desembarcar por el puerto de Cienfuegos un cargamento de pertrechos, armas y equipos apropiados para la lucha antimotines. Una madrugada el convoy avanzaba a la altura de Prado y Colón, cuando ocurrió que el último vehículo fue atacado con cócteles molotov y los rumores, exagerados o no, hablaban de la explosión en llamas del vehículo y la muerte de cuatro represores en su interior.

Lo cierto es que al menos durante una semana la ciudad del sur fue ocupada por ostentosos elementos de Tropas Especiales que, cada tres o cuatro metros, se bamboleaban en las calles como simios artillados. Desde otro ángulo, a consecuencia de lo ocurrido, alguna gente no afectada por el síndrome del hombre nuevo respiraba, reía y se manifestaba con una euforia temeraria y triunfalista a duras penas contenida.

Por esos días me encontraba con mi novia de entonces y actual esposa Daymis, Mimi, Sánchez, esperando el ómnibus en una parada, y coincidimos con una muchacha que, desafiante, contaba en alta voz como los maricones de la guarnición de Ariza, a donde había ido a visitar a su hermano condenado por asesinato, la habían golpeado salvajemente (mostraba los ojos hinchados) y decomisado la poca comida que había logrado rapiñar para llevarle, porque a ella se le había ocurrido ir vestida con una camiseta de bandera y águila norteamericanas estampadas al frente. En clave rapera, nerviosísima, señalaba con ojos asombrados el símbolo imperial. Nos acercamos solidarios, la brasa a nuestra sardina. Mimi le ofreció un chiclet y le pidió que se calmara. Yo, tanteando terreno, le dije: no te preocupes, chica, ya estás vengada, mira lo que les hicieron en Prado y Colon, ellos también tienen miedo…también se mueren…

No había terminado y ya ella gritaba: ¡ qué se han creído estos dos, gusanos, hijos de puta, los guardias de Ariza serán unos maricones abusadores, pero eso no tiene nada que ver con la revolución, ni con Fidel, Fidel no lo sabe, y yo, pa´que sepan, me muero por esto! Con tan buena suerte que el ómnibus arribaba expeliendo una humareda negra y logramos escabullirnos, desaparecer entre la encrespada multitud que a patadas y codazos se abría brecha, se lanzaba al abordaje del rugiente y antediluviano monstruo sobre ruedas.

En Miami una vez el director de una importante entidad anticastrista me contactó para trabajar en un proyecto que me resultó interesante y muy viable. Consistía en reclutar cubanos que hubiesen trabajado en empresas extranjeras en la isla para establecer una demanda millonaria en contra de las mismas por complicidad con la dictadura en la explotación de mano de obra en régimen de esclavitud y violación de derechos humanos. Le contesté que conocía varios casos y que estaba seguro que, por patriotismo o posibilidad de convertirse en millonarios, accederían gustosos a participar en el proyecto. Estaba errado. No pude convencer ni a una sola de las diez personas que conocía habían trabajado, fundamentalmente en hoteles de turismo, para dichas empresas foráneas que pagaban al Estado cubano una cifra en dólares por el uso de la inerme mano de obra criolla mientras éste, a su vez, venía a pagarles a dichos obreros un ínfimo salario en pesos cubanos.

Todos y cada uno de los contactados argumentaron tener en la isla un primo, una tía, una novia, una abuela, una madre, un padre, un amante, un amigo, un conocido, un perro, algo o alguien a quien no querían perjudicar con su proceder y, además, decían, no querían saber nada de política, pues tan descarados eran los de allá como los de acá, es decir, los castristas como los anticastristas. Argumentaban que ellos no lo habían puesto, en referencia a Castro, y que lo tumbe quien lo puso, que lo de ellos era la familia, regresar a ver a la familia, lo de uno, man, ver lo de uno, no hay cielo como el cubano, man, tan azul, man, el malecón, man, el malecón, las palmas, man, novias que esperan, man.

Hace unos días un amigo me llamó asombradísimo porque, invitado al cumpleaños de alguien en Miami, a la hora de picar el cake, enorme y costoso, éste resultó ser nada más y nada menos que la nefasta configuración de la bandera del 26 de julio. Cuenta el amigo que al inquirir él de qué se trataba aquello la novia del homenajeado le dijo, en plan de quien está por encima del bien y del mal, que había sido una broma, pues el novio había nacido precisamente un 26 de julio y era tan anticastrista que a ella no se le había ocurrido otra cosa que, sanamente desde luego, fastidiarle un poco con la transmutación del objeto de su odio en objeto de su estómago. Una reminiscencia quizá de los arcaicos tiempos en que los guerreros devoraban a sus enemigos y los devotos a sus dioses en una suerte de comilonas rituales, algo de eso perviviría aún en el ingurgitamiento del vino y de la ostia durante el oficio de la misa cristiana.

Pero, no nos llamemos a engaño, ni los guerreros primordiales, ni mucho menos los devotos primordiales, pretendían eliminar al enemigo o al dios, según fuese el caso. Lo que verdaderamente pretendían era incorporar sus cualidades, a saber, lo valeroso, poderoso o numinoso que presuponían en el enemigo o en el dios. En definitiva, mediante eficaz y paradójica operación homeopática acercarse, parecerse, ser en alguna medida el dios o el enemigo. Cuenta mi informante que, dado el odio anticastrista que se le atribuía al cumpleañero, esperó, confiesa que un poco asustado, a que el mismo estallara en santa ira y reventara el cake, del tamaño del ataúd de un niño de 8 años, sobre la cabeza huera de su novia. Pero no, nada de ello sucedió. El homenajeado y la novia, los suegros por ambas orillas, y todos los allí presentes (mi amigo me jura por su madre que él no) rompieron en una estrepitosa carcajada y terminaron cantando a viva voz el himno del 26 de julio, en tanto ejecutaban una frenética danza en torno al adefesio rojinegro que Fidel Castro ha portado en sus hombreras por cerca de medio siglo.

Mientras esto escribo observo el siguiente diálogo en una cafetería de Miami:

Mujer # 1 entra con niño. Mujer # 2 en la caja pregunta: ¿Cómo la pasó el niño de vacaciones en Cuba? Mujer # 1: De maravillas, muchacha, de maravillas. Llorando en el aeropuerto de La Habana, no quería volver para Miami. Mujer # 2: Chica, digan lo que digan, pero allá los muchachos la pasan bien, son los que mejor la pasan, los sueltas para la calle y despreocúpate, todo el mundo te los cuida. Mujer # 3 acodada al mostrador: El mío estuvo 15 días y la pasó divino aunque, eso sí, extrañaba el aire acondicionado. Mujer # 4 en el fregadero: Lo único que se extraña allá de acá, la verdad, es el aire acondicionado, a mí sí que no me vengan con cuentos de camino.

Anécdotas todas que hablarían del síndrome de la indefensión adquirida, o más bien inducida, unido al síndrome de Estocolmo, fenómeno en alguna medida entendible en el caso de los que permanecen en la isla (la muchacha en la parada del ómnibus), pero que extrañamente se arrastra y pervive en el exilio. Un exilio donde no existen serios riesgos y se buscan bajo la manga coartadas familiares y de toda índole para justificar la no acción contra los intereses de la dictadura, ni siquiera ya por un asunto de principios patrióticos o cívicos, sino por un mero interés material, perfectamente plausible, desde el que con un mínimo de esfuerzo podrían inclusive terminar siendo millonarios (ex trabajadores de empresas extranjeras en Cuba). O donde, en el colmo de la bobería sensiblera, muchos experimentan una especie de nostalgia por la dictadura de la cual han escapado y que disfrazan de unos chistes y unos juegos y unos arrumacos que pretenderían ser contestatarios y terminarían siendo patéticos y sumisos (danzantes en torno al cake como bandera del 26 de julio), nostalgia que en algunos ni siquiera se disfraza y se presenta tal cual, sin afeites y sin complejos (mujeres de la cafetería en Miami).

De otra manera no se entendería que el Canal 22 de Miami tenga un exitoso espacio los sábados en la noche para pasar las mismas estúpidas películas que, producidas por el ICAIC, se ponían en los cines de la isla. O que en las fiestas de dicha ciudad, sobre todo en ambientes dizque artísticos e intelectuales, sea de buen gusto oír al cantautor y diputado castrista Silvio Rodríguez, fenómeno que un actor amigo ha bautizado como “Movimiento de los Hippies de Rodríguez” bajo el argumento sensiblero de que el arte nada tiene que ver con la política, como si ese arte no hubiese servido una y otra vez para lavar la cara ensangrentada del régimen.

Olvidan o ignoran que, parafraseando al novelista Milan Kundera, lo realmente malo del Gulag no sería el Gulag mismo, sino la cantidad de obras artísticas y literarias que se producen, con mayor o menor calidad, y cuyo último fin no es otro que el de edulcorar o ennoblecer la imagen del Gulag con vista a la opinión pública internacional, de manera que éste siga funcionando como eficaz máquina de moler carne. Es ese mundo de idiotas sonrientes, el somos felices aquí, que el comunismo gusta de exportar.

Los prófugos del fraude al Medicare, un reportaje de Jay Weaver aparecido el 5 de agosto de 2008 (por cierto, aniversario número catorce del levantamiento del Malecón en La Habana) en The Miami Herald, revela que existen 56 fugitivos de la justicia norteamericana acusados de facturar fraudulentamente al menos $272 millones al Medicare antes de desaparecer, y que en conjunto se llevaron por lo menos $142 millones en dinero de los contribuyentes. Pero lo interesante del asunto es que 33 de los 36 fugitivos cuyos nombres las autoridades han revelado, son nada menos que inmigrantes cubanos y, en su mayoría, arribaron a Estados Unidos en los últimos quince años, según documentos del FBI, Inmigración y los tribunales. Por otra parte, la mitad de ellos regresó inmediatamente a Cuba, afirma el FBI, que basa su información en archivos de viaje, aduana, pasaportes, bancos y computadoras.

Nos encontramos ante un acabado ejemplo de cabales hombres nuevos castristas. La interrogante que surge acá es, dada la facilidad con que regresaron a la isla sin pagar consecuencia alguna, ¿son ellos estafadores independientes o venían a Estados Unidos entrenados y mandados por los servicios secretos de la dictadura cubana con el objeto de estafar al Medicare y obtener divisas fuertes y fáciles?

Por supuesto, siempre hay quienes hacen honor a las ya mencionadas excepciones, y la prensa ha informado recientemente que los cubanos Alberto Justo Rodríguez Licea, Fernando Alonso Hernández y Luis Alberto Casanova Toledo, quienes habían establecido una demanda contra la compañía Curacao Drydock Company, con sede en la isla de Curazao, por tratos inhumanos y degradantes, lograron un histórico triunfo cuando el magistrado estadounidense James Lawrence King falló a favor de ellos y ordenó efectuar un juicio el 17 de noviembre de 2008 para determinar los daños sufridos. La decisión es la primera de su tipo en que un tribunal de Estados Unidos determina la responsabilidad de una compañía extranjera que negocia con Cuba para imponer trabajos forzados a naturales de dicho país, incurriendo en abusos a los derechos humanos y laborales en colaboración con el régimen comunista cubano, dijeron los abogados defensores.

La demanda contra el astillero Curacao Drydock Company fue presentada por las firmas de abogados Do Campo & Thornton y Grossman Roth, con el apoyo de las organizaciones de exiliados Cuba Study Group y el Grupo Internacional por la Responsabilidad Corporativa en Cuba. El informe del juez manifiesta que el régimen de la isla traficaba enviando ciudadanos cubanos a trabajar para el astillero de reparaciones en Curazao, con el interés de contribuir a pagar las deudas de ese régimen con la empresa. El dictamen del juez fue calificado de victoria histórica para los trabajadores cubanos que continúan oprimidos en la isla.

La demanda fue presentada en un tribunal del sur del estado de Florida el 24 de agosto del 2006. Rodríguez Licea, Alonso Hernández y Casanova Toledo lograron escapar de Curazao a Colombia y recibieron allí un permiso humanitario para ser admitidos en Estados Unidos. Con motivo del dictamen del juez ellos declararon: Nos sentimos abrumados por la generosidad de tanta gente que ha trabajado intensamente para contribuir a que se haga justicia en contra de nuestros opresores.



De Armas: Más de medio siglo de hombre nuevo en La Habana (II y final)

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UN GRAN 2009 PARA TODOS.

un artículo de Armando de Armas

Hubo un momento en la isla en que el hombre nuevo estuvo muy cerca de lograrse. Era el espécimen que, en abril de 1967, el Che Guevara describía en su Mensaje a la Tricontinental como una suerte de homicida ejemplar: El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una eficaz, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así: un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal. Era el momento del entusiasmo revolucionario, salvífico, sacrificial y carnicero.

Pero, con el discurrir del tiempo, este homínido feroz, austero e internacionalista, decidido delator por otro lado, derivaría hacia una entidad más difusa y hasta disoluta, algo más próximo al hombre nuevo internacional, hijo del Espíritu de la Época. Era de esperar que algo así ocurriera pues el hombre nuevo castrista, el castrismo mismo, ese fenómeno que llaman revolución cubana, no caería en la isla del cielo, ni se daría por generación espontánea, ni muchísimo menos sería un invento autóctono, aunque algo de autóctono tendría, sino que sería más que nada una consecuencia del Espíritu de la Época, que desvirtuado un tiempo por la épica y el entusiasmo revolucionarios, volvía lógicamente a sus antiguos cauces. Y, mirándolo bien, lo que se había producido en la isla, si obviamos por un instante la represión y todo lo concerniente a un régimen totalitario y comunista, tenía mucho que ver con el hombre occidental que prosperaba y se imponía en el exterior de la isla.

Entonces, el Gulag real que es la revolución castrista pudiera ser más una consecuencia del Gulap virtual (ese que campea en la prensa, el estrellato hollywodense, los estamentos de poder y la intelectualidad en Occidente) que del Gulag real instaurado en la Unión Soviética y el Campo Socialista. Y es que la Unión Soviética y el Campo Socialista mismos no eran otra cosa que consecuencias del Espíritu de la Época.

Ejemplos del pneuma epocal soplando, determinando sobre los destinos de la isla serían, entre otros, la serie de entrevistas del periodista estadounidense Herbert Mathews a Fidel Castro en la Sierra Maestra, publicadas en el New York Times con unas fotografías de lujo que otorgaban a Castro la impronta de un Cristo redentor dotado, como de casualidad, con un fusil de mira telescópica; el embargo de armas al general Fulgencio Batista y la apuesta a favor de la guerrilla fidelista, enamoramiento casi, en el Departamento de Estado norteamericano, tan bien descrito por el último embajador estadounidense en La Habana, Earl E. T. Smith, en su esclarecedor libro El cuarto piso; el beneplácito con que la opinión pública internacional ha acogido sin mayores fisuras a la dictadura cubana desde sus inicios y que dura, en demasiados casos, aun hasta nuestros días con una fidelidad a prueba de fusilamientos y derrumbes.

El problema entonces sería el Espíritu de la Época, ese que podría haber comenzado a manifestarse luego de la Reforma protestante, pero que iniciaría su escalada universal y uniforme a partir del siglo XIX, que entraría en su apogeo durante el XX, y que iría acercándose a la definición de orgasmo oceánico en lo que va de este siglo XXI. Ese espíritu es, como saben los que lo han padecido o se le han opuesto, socialista y paternal, sensiblero y mecanicista, inductor e impositivo, seductor e implacable, solidario y suicida. Rechaza el azar y apuesta por la planificación, prefiere la repartición de la riqueza a su creación, hablar de los derechos humanos a hablar de los derechos del individuo, la sumisión a la guerra, las mujeres fuertes y los hombres flojos.

El espíritu de la época ha impuesto un nuevo lenguaje, un metalenguaje que en el intento de no dañar lo más mínimo la autoestima de nadie ha terminado por dañar el pensamiento y crear una especie de hombre nuevo, uno que resultaría informado y bruto, dócil y protestón, anárquico y correcto, acomodado y sin voluntad. Bajo ese espíritu Occidente parecería avanzar cada vez más hacia una sociedad de seres inducidos por la hipnopedia del libro Un mundo feliz, de Aldous Huxley, hipnopedia que en boca de un personaje es descrita como la mayor fuerza moralizante y socializante de la Historia. Una sociedad de seres altruistas, anoréxicos y asexuados, bien hablantes y mejor pensantes.

El Espíritu de la Época apostó primero por las pueriles teorías del paraíso en la tierra que hace sólo unos años terminaron en los campos concentracionarios de los nazis y los comunistas, y de cuyo recuerdo ahora huye aterrado para crear una versión amable de los mismos, una donde los fusilamientos y los gaseamientos no serían físicos sino mentales, y ocurrirían no en los campos y al amanecer, sino en las pantallas y a toda hora, y donde las personas igualmente dependerían de papá-estado, papa-estado como papá-dios. Es lo que el Papa Benedicto XVI ha descrito como la dictadura del centro.

El hombre nuevo castrista tiene muchas de las características anteriores, quizá por ello no causa demasiada alarma cuando desembarca en Occidente. Y la verdad es que Occidente, sobre todo Europa y su caricatura, América Latina, prefiere al hombre nuevo castrista, se entiende mejor con él, que a ese otro hombre que proveniente de la misma isla optó, a un precio innombrable, por desentenderse del modelo que le imponían. Y es que el producto estrella del régimen cubano, de su Departamento de Orientación Revolucionaria, en su versión light me refiero, tiene mucho que ver con el bípedo retratado en la novela El hombre sin atributos, obra inacabada en dos volúmenes escrita por el austriaco Robert Musil (1880-1942) entre los años 1930 y 1943, y que suele traducirse también como El hombre sin cualidades -una de las novelas más ambiciosas de la literatura alemana del siglo anterior-, al reflexionar sin piedad sobre las paradojas de la modernidad, sobre la crisis del racionalismo, y acerca de la búsqueda de una teoría del sentimiento que viabilice las emociones atrapadas en un sistema asfixiado por la ciencia y la complejidad de la vida. Un bípedo que, seriamente dañado en su psique, se somete dócilmente a la desproporcionada maquinaria estatal de la supramodernidad encarnada en el fascismo y el comunismo para, tras la liberación que supuso el triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, emerger más dañado todavía, no ya en la psique, sino en la psique y en el cuerpo, en el cuerpo y en el alma, pero mayormente en el alma. Una entidad lista por una parte para habitar el Gulag de los soviéticos y por la otra para habitar el Gulap mediático, ese que de alguna manera había avizorado y deseado el intelectual Antonio Gramsci (1891-1937) y que ahora se manifestaba más allá de los predios de la Cortina de Hierro.

Conozco el caso lamentable de un ex preso político cubano que, salido de la cárcel, se vino inmediatamente al exilio con su mujer y su único hijo pequeño. Era un hombre apegado a la tierra y lo hizo más que todo para que el crío no recibiera el adoctrinamiento marxista en las escuelas de la isla, para que no se diera una fractura ideológica entre él y su hijo. Bueno, pues el muchacho terminó graduándose en una de las mejores y más respetadas universidades estadounidenses, detentando una formación marxista muchísimo más sólida y completa que la que hubiese recibido en Cuba, marxismo sin censura, vaya, y dirigiendo una suerte de departamento de intercambios culturales entre su universidad y las universidades cubanas. Total, que padre e hijo han terminado peleados si no a muerte, al menos sí a vida, en todo a lo que su vida en común concierne.

Esto explicaría un poco la complacencia de Occidente con la dictadura cubana. Estertor, detritus de su racionalismo, no puede efectivamente condenarla, eliminarla intelectualmente de su entorno sin mutilarse en alguna medida a sí mismo. Pues lo que arriba al poder en la isla aquel primero de enero de 1959 no es otra cosa que la extensión del hombre sin cualidades procreado en esa Europa esencialmente socialista que, bajo los efectos corruptores del trópico, desarrollará como una élite degradada hasta unos insospechados extremos. Revolución consecuente donde las haya -olviden lo de la revolución traicionada-, catapultó la morralla de las cloacas nacionales hacia los primeros planos del país. Degradación que, la verdad, iniciaría con otra revolución, la tan cantada revolución de 1933, esa que de un plumazo, o de un pistoletazo, terminaría finalmente transmutando a los soldados, cabos y sargentos en capitanes, coroneles y generales, y sin la cual nunca una gavilla de guerrilleros, léase bandoleros agrarios, hubiese derrotado a las Fuerzas Armadas nacionales. Para que ello ocurriera, antes esa institución armada debió ser convertida en una institución de advenedizos sin formación ni fogueo, donde el cabo de ayer era el general de hoy. Luego, las escaramuzas de la Sierra Maestra y el llano no se darían entre un ejército profesional y un ejército revolucionario, sino entre dos ejércitos revolucionarios. A ese punto como nación habíamos llegado.

Por ello, más allá de las prevenciones respecto a la parcialidad que supondríamos en un texto autobiográfico y los señalamientos de violación de derechos humanos que pesan sobre el personaje, me parece adecuado revisar el libro Memorias (México, 1961), del teniente coronel de la Policía Nacional de Cuba, Esteban Ventura Novo, donde, a tono con su oficio, expone el desempeño delictuoso, la índole moral, de importantes figuras de la dictadura castrista antes de meterse a revolucionarios. Y así, por ejemplo, narra que Juan Almeida Bosque, alias Caballo Blanco, había sido condenado por el asalto a una turista norteamericana, Hallen Ayes, de Fort Lauderdale en la Florida, delito que, según confesión del propio Almeida, no era de su giro, ya que sus actividades eran la venta de marihuana en la esquina de San Isidro y Damas, en unión con Caridad Suao, alias la Conguita, quien vivía en la posada donde Ventura Novo asegura haber arrestado a quien luego ostentaría el título de comandante de la revolución.

El expediente de Efigenio Amejeiras, alias Tomeguín, que llegaría también a comandante de la revolución y a jefe de la policía nacional revolucionaria, lo muestra como integrante de una banda cuya especialidad consistía en arrebatar los bolsos o carteras a mujeres desprevenidas que tomaban o dejaban el ómnibus en el parque de la Fraternidad, frente al hotel Mannhattan. Además, según el teniente coronel, en el Juzgado Municipal de Puerto Padre, término municipal de la provincia de Oriente, en funciones de Juzgado Correccional, consta en los libros las sentencias dictadas de 60 días de privación de libertad contra Efigenio Amejeiras y Armando Cubría por haber sido sorprendidos infraganti mientras entrambos practicaban la pederastia. De este modo el temido policía nos va trazando un panorama en el que los heroicos revolucionarios, con las excepciones de rigor que darían peso a sus aseveraciones, se delataban los unos a los otros nada más pisar la puerta de las comisarías a lo que, declara, se debía fundamentalmente el éxito alcanzado en las operaciones antiterroristas desarrolladas en La Habana de la época.

Lo narrado por Ventura Novo palidece ante el historial gangsteril del propio Fidel Castro en su época de estudiante universitario. Acorde con ese historial habría participado, como actor o cómplice, de la muerte de algunos miembros de pandillas enemigas. Así, siendo miembro del grupo gansteril Unión Insurreccional Revolucionaria, UIR, es señalado como cómplice en el asesinato del líder estudiantil Manolo Castro y de haber dado muerte a tiros al sargento de la policía Oscar Fernández Cabral, quien le acusaba de matar al primero.

Pero, lo cierto es que el modo en que el hombre sin atributos occidental degeneraba en la isla caribeña, no sería exclusivo de la oposición revolucionaria, sino que en alguna medida sería correspondido generosamente entre las filas de revolucionarios en el poder, en el gobierno de Batista y en la sociedad civil cubana en general, y nos topamos con que el mismo Ventura Novo, en un alarde de imparcialidad historiográfica, nos dice:

Fueron cómplices los militares, de distintas graduaciones, que sentados cómodamente en sus burós…permitieron que por sus subalternos se conspirara descaradamente y no los denunciaron.

Fueron cómplices los oficiales del Ejército, la Marina y la Policía, que al amparo de aquel gobierno se enriquecieron y sin embargo nada hicieron, siquiera para sostener el régimen.

Fueron cómplices estos señores, a quienes saquearon sus cajas de seguridad o sus bóvedas en los bancos y… se descubrió que guardaban millones de pesos robados a los suministros de las fuerzas armadas… Fueron cómplices los altos funcionarios del gobierno que, en tertulias familiares comentaban en voz baja que “el gobierno está apretando demasiado” y contribuían por temor, con gruesas sumas, comprando bonos del 26 de Julio (por cierto que, en cuanto a culpabilidad, los danzantes en torno al cake del 26 de Julio en Miami, mencionados anteriormente, me parecen una especie de párvulos inmaculados en comparación con estos compradores de bonos), creyendo que un día, se lo iban a tener en cuenta y que podrían quedarse tranquilamente haciendo la digestión de sus mal habidas fortunas, al amparo del poder público…

Fueron cómplices, los industriales, propietarios de fábricas… los hacendados y colonos que… contribuían con el impuesto que les cobraban las pandillas de delincuentes, en vez de apoyar con todo su potencial económico al gobierno para reprimirlas de una vez por todas… Fueron cómplices los educadores, los maestros, los rectores de la Enseñanza oficial y privada, quienes permitieron, con extraordinaria complacencia, que en los centros donde impartían la educación, se conspirara con una impunidad pasmosa y que hoy ven sus instituciones confiscadas, sus cargos despojados y el adoctrinamiento de ideas extranjerizantes.

Ventura Novo termina su pase de cuentas de esta manera inesperada y tremenda: Todos, absolutamente todos, tienen bien merecido lo que hoy les sucede.

La pregunta que se impone aquí es la siguiente: ¿Hay esperanza alguna para una sociedad, un hombre, tan seriamente dañado durante tanto tiempo? Y la respuesta es que sí, que hay esperanza, no mucha la verdad, pero la hay. Esa esperanza comenzaría a manifestarse desde el punto mismo en que el hombre nuevo castrista inició en la isla la deriva hacia la definición occidental del hombre sin atributos. Vuelta a los orígenes, una en que el ente isleño entroncaría nuevamente con la corriente internacional, regreso más o menos tranquilo del Gulag real al Gulag virtual.

Lo cierto es que el asunto no viene a ser como para morirse de optimismo, pero, si convenimos en que por otro lado el Espíritu de la Época, ese que habría prohijado indistintamente al homo novus en su vertiente light y concentracionaria, estaría entrando en un tiempo bisagra en que podría ir evolucionando hacia otra cosa, digamos, hacia una suerte de Segundo Renacimiento. Uno en que, como en el Primer Renacimiento (ese que algunos estudiosos han considerado la última gran época de la humanidad) se manifieste una radical transformación del pensamiento, la psique, el espíritu, la cultura y la sociedad.

Arribados a ese punto, Cuba, como parte de Occidente, pudiera transitar hacia eso que los religiosos denominarían como un tiempo de auténtica redención. En este sentido, las palabras a la prensa del rockero cubano Gorki Águila, nada más salir de su reciente encarcelamiento y juicio por un caso de supuesta desobediencia, pudieran quizá ser premonitorias: ¡Estoy orgulloso por toda esta gente que se ha solidarizado y siento más odio contra esta tiranía!



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Autor: Armando Añel

Armando Añel

Escritor, periodista y editor. Reside en Miami, Florida.
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