Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Humor: La columna de Ramón

Carta a Daniel Santos (I)

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Revoliquero, aguajista e inquieto anacobero Daniel Doroteo Santos Betancourt, El Jefe:

En Cuba siempre han sobrado los filósofos callejeros, esos virtuosos ambientales que analizan, muestran, aconsejan, diseccionan, desbrozan, sopesan y controlan cada actitud y cada noticia, desde una sólida formación empírica donde se mezclan, con armonía singular, Hegel con Vargas Vila, Amado Nervo con Kant, Platón con el Trío Matamoros, Schopenhauer con Ñico Saquito, Kirkegaard con ciertas aristas ariscas de Tejedor en la tarde.

Yo nunca te había mirado desde ese ángulo, y, sin embargo, cuando me levanté el embargo —que significa que me desbloquié— comprendí, anonadado, tiritando y titiriteando, que solamente tú habías dado en el clavo con una definición política que ningún europeo había encontrado para clasificar nuestro heroico proceso histórico: el tíbiri tábara.

Sé que esta afirmación mía encontrará objetores y detractores. No me importa. Mientras no tropiece con tractores, la cosa marcha. Estoy acostumbrado a que mis afirmaciones tropiecen, de manera que pongo empeño, las afirmo nuevamente y eso me da fama en la reafirmación. Mientras más me refirmo, menos alto tengo el colesterol y más holgados andan mis calzones. Pudiera parecer una obsesión, pero no sé cantar, y Obsesión fue un tema exitoso en tu voz.

También me arriesgo a que alguien note el mucho cariño que te tengo, y eso no es bueno entre varones criados en el desamparo del barrio en lugar de en un amable seno familiar. A ambos nos ha sucedido. En la falta de ternura filial llega un momento en que uno tira para el seno, para cualquier seno, aunque no nos sea muy familiar. Es nuestra manera de dormir senados, que es lo mismo que satisfechos. Al menos nos evita el llanto por aquello de quien no llora no mama. Lo reafirmo como huérfano graduado: si no hay madre, que haya mamas.

Sortearé también —para afirmar con firmeza y decoro, lo que me convertirá en decorador— que te prefiero como agorero, filósofo, anacobero —que en ñañigo antiguo es sinónimo de diablillo—, visionario y ejemplo latinoamericano de desarrollo, a pesar de que cualquier tronco de yuca destruya mis ilusiones con varios pincelazos —brochazos infames, denuestos superpuestos— como estos datos reales de tu biografía:

Uno: "De niño, Daniel Santos limpió zapatos y vendió aguacates, huevos frescos, hielo y carbón para ayudar a sus padres, don Rosendo y doña María".

Dos: "Estableció negocios de barras en Cuba".

Tres: "Tuvo doce hijos de doce mujeres diferentes de distintas nacionalidades".

Cuatro: "En casi todas las ciudades que visitó tuvo problemas con la justicia y hasta fue apresado".


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