Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Humor: La columna de Ramón

Carta a Daniel Santos (II)

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Reyertista, gardeniosero y anacobio ecobio Daniel Doroteo Santos, segunda:

Durante todo el verano de 1981, un tipo me tuvo al borde del desaguacate mental pidiendo el mismo tema de tu cosecha. Luego descubrí que no era precisamente de tu cosecha, y me vi obligado a complacer a aquel raro ejemplar de admirador, que se gastaba un dineral mandando postales a la emisora de radio donde yo escribía y dirigía aquel programa sabatino, así que sospecho haber cometido cohecho de mi cosecha.

Era como martes tirando a jueves, pero con cierta cara de viernes. Yo era, sin embargo, un tipo de domingo. Tenía una vida ligeramente desordenada —cosa que, sin saberlo, me asemejaba mucho a ti, y me ponía filosóficamente en tu línea—, donde cada almuerzo era una sorpresa. De modo que aquellas postales recibidas el lunes, donde un hombre del Diezmero, nostálgico de ti, pedía insistentemente que programara cada sábado aquella guaracha titulada Pa' fricasé los pollos, me revolvía la curiosidad y los jugos gástricos. Así te fui descubriendo. Dicen que el amor entra por la cocina. Al menos, antes era así en la Isla. Ahora se sabe por donde sale.

Luego, la Oficoda, el Consejo de Ministros, el Juceplan, y más tarde el Poder Popular —esesiespoder—, se mezclaron con tu sustrato ideológico, resultando un nitrato que me enseñó a nitratar de entender la babaza que nos envolvía con su envolvencia cada día, que es como se le dice a amanecer cotidianamente en babia, y aplaudir sin entender nada. Era el Tíbiri tábara, la neblina del ayer confundiéndose con el hielo seco del futuro promisorio, consigna con nombre de jarabe para la tos —un jingle escrito por un uruguayo dice: "Somos mucho mas que tos"— o una pomada contra la urticaria.

Así encontré el hilo que me llevó a conocer tu agitada vida. Y como era el único hilo que había entonces, me sirvió para zurcir la década anterior con la posterior, hilvanando sucesos, dando puntadas largas al acontecer de otra memoria, y me alumbró sorpresivamente con la idea infeliz de que aquel proceso era un parche en la historia patria.

A partir de entonces, imperceptiblemente, me fui convirtiendo en mujeriego, bebedor, juerguista —para juergo es tarde o hagan juergo, señores—, investigador vaginal —la valginación social se supera— y, para que no me marcaran como indecente e indeseable con el cuño de los problemas ideologógicos, me hice anticolonialista, porque desde niño siempre había ejercido de independentista gracias a un amigo que trabajaba como independiente de una tienda.

Supe que habías llegado a Cuba por primera vez en 1946. Entonces no te pude ver porque de seguro estaba yo en algo relacionado con las ganas de nacer, y el trámite de que mis padres se conocieran, se enamoraran, bajaran noviazgo reglamentario con chaperona confiable, y se casaran con todos los visos de seriedad posible, me demoró en el visado. Tardaste igualmente en llegar porque te había agarrado el Ejército Norteamericano para que le prestaras grandes servicios al país.


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