Actualizado: 19/08/2022 18:27
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La columna de Ramón

Carta a Manuel Muñoz Cedeño

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Enjuto y musical bayamés Manuel Muñoz Cedeño:

En la única foto suya que he visto tiene usted cara de haber chupado grosellas. Puede que no, sino que algo le había caído mal, el colonialismo español, por ejemplo. Tal vez era usted asi y no acababa de tomarse un jugo de tamarindo. Un jugo de tamarindo, sin hielo, provoca unas expresiones terribles, y que yo sepa, la primera fábrica de hielo de Bayamo se abrió mucho mas tarde.

Es posible que haya sido un error del fotógrafo, o que en la ocasión de marras hubiera usted tenido un mal día. En el siglo XIX la gente se tiraba una sola foto, sin pensar que pasaría a la eternidad con esa jeta. No había preparación previa, ni ensayos, ni ejercicios faciales. Si hacía calor uno quedaba con cara de calor, y si el almuerzo resultaba pesado o las libaciones copiosas, se plasmaban en el daguerrotipo, y luego no era posible retocar la plancha. Lo que no tiene discusión, ni permite elucubraciones, y que es palpable de una sola ojeada en ese valioso testimonio gráfico, es que tenía sangre africana y española, y se le nota que había nacido en la calle Mercaderes, el primero de enero de 1813.

Vino al mundo —que es un absurdo, porque nació en Bayamo, que en ese momento venia siendo como el ano del universo— en una casa colonial, situada justamente al lado de aquella fábrica de próceres donde nacieron Tristán de Jesús Medina y Carlos Manuel de Céspedes. Ya no se fabrican casas coloniales, pero en el siglo XIX estaban de moda. Ahora a cualquier cosa le dicen casa, sin tener en cuenta que ahí tiene que vivir una familia.

La suya era humilde, que es como se denomina cuando uno vive al día y no sobrepasa el salario básico. Cuando la familia cumple esas condiciones, los vástagos suelen resultar unos bandidos. La suya tenía otra característica: era honrada; y en siendo así, les salió usted distinto. Los nacidos en familias humildes pero honradas, terminan siendo albañiles y maestros de obras.

A pesar de que a nadie se le ha ocurrido escribir su biografía, encontré algunas notas sobre su persona. En una dice que "desde joven se inclina con mucho amor por la música". Supongo que inclinarse de esa manera termine en seria escoliosis, o en una deformación lumbar. Yo creo que se inclinó correctamente y no para dejar de construir casas coloniales, que llevaban un trabajo tremendo. Viendo los resultados posteriores, fue un amor verdadero por el pentagrama, a pesar de que algunos puedan pensar que a Bayamo lo quemaron los insurrectos para que se fuera usted con la música a otra parte, teniendo en cuenta que su casa fue de las primeras que ardió.

Cuando ya se sintió fuerte —y decididamente inclinado— en lo musical, le dio por fundar una orquesta de música culta, sacra y popular. No nos ha llegado ningún disco, y mucho menos el nombre de su agrupación. No puedo imaginar que la llamara "Cedeño y sus Sacros", aunque en este mundo ya se ha visto de todo.

Tampoco sobrevivió a aquel incendio ningún programa que anunciara sus actuaciones. Mi mente bayamesa y calenturienta echa a volar poniendo cartelitos que digan: "A bailar y a gozar con sabrosa música sacra", o "Eche un pie con Cedeño, que Bayamo está que arde", o quizá "Sacra a tu mujer el sábado a bailar con Cedeño y sus muchachos". Dada su inclinación y escoliosis, sería más sobrio poner este: "Muñoz Cedeño: concierto sacro-lumbar".

A su esfuerzo ayudó ser vecino del Padre de la Patria. Uno vive pegado a un eminente cubano y se empeña en no quedar muy por debajo. Fíjese que se ha hecho común eso de "a la sombra de un gran hombre", o "a la vera de un prócer". A la larga resulta molesto tener un prócer pared con pared, pero hay gente que no lo ve así.

Por otra parte, a los hombres eminentes les viene de perilla —y Carlos Manuel usaba una— tener tan a mano a un músico. El día que creen estar inspirados, lo llaman con urgencia, lo llenan de lisonjas —no hay nada más difícil de quitar que una lisonja pegada al cuerpo— y le convencen de su grandeza y de la necesidad de que colaboren para que la eternidad se entere de sus chispazos de genialidad. Y etc, etc, etc —no hay nada más corrosivo y difícil de despegar que una etcétera—.


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