Actualizado: 27/05/2022 14:24
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LA COLUMNA DE RAMÓN

Carta a Rachel Dekeirsgeiter

Decirte mariposa cuando ejercías de bicha.

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La culpa la tuvo siempre Barbarabarito Diez, por su apellido de cifra redonda, su ceceo insular y su interpretación de Una rosa de Francia. Él me ha confundido todo el tiempo; tu misterio ha estado insepulto en mí hasta hoy, que te catapulto. Incluso fui a ver la película que te hicieron, sin enterarme mucho, porque llevaba la marca esa tan típica de que todo lo de antes era malísimo, contradiciendo a mi abuelo, que afirmaba socarrón que en el pasado amarraban a los perros con longanizas. Hoy, que la longaniza agonizó, y los perros lo miran a uno con desconfianza, reafirmo las razones de mi abuelo, y compruebo que era un sabio anónimo.

A Barbarabarito lo descarté por confuso, y por su manía de edulcorarlo todo, de poner las cosas más torcidas y barrocas de lo que son o han sido. Tuve que quemarme mucho las pestañas para llegar a descubrir el trasfondo de la frase "bellas fruslerías"; estudié un semestre de psicología socialista aplicada, y me apunté a un par de cursos breves sobre adicciones y efectos colaterales, para entender, a plenitud y con luz de neón, que alguien padeciera de cleptomanía y robara solamente "por un goce de estética emoción".

Entonces me dediqué a desmenuzar a conciencia la historia de aquella cleptómana que contaba Barbarabarito cantando, cuando decía que la había conocido una tarde en un comercio antiguo, hurgando un caprichoso frasquito de cristal. Qué asco y qué decepción tuve al descubrir con asombro que el melódico de ébano, cuando se refería al recipiente "que tuvo esencia rara", se refería nada menos que a un vulgar pomito para análisis de orina. Para colmo, su delicadeza y caballerosidad le obligaban a cantar en elipsis, apartándose de la cruda verdad. Si alguien duda, que escuche cómo describe a la ladrona con este eufemismo polifémico: "y en su mirar ambiguo". Tanto cuidado para decirnos que la mujer era bizca me saca de mis casillas.

Lo cierto es que tu vida fue corta como ración de Escuela al Campo. Corta pero alborotadita, como miembro viril de chino. Tenías esa fragancia extranjera que le pone los perros de punta a chulos y poetas, y que se convierte en sueño húmedo para los parroquianos de cualquier local nocturno. Y si tu vida fue como hielo en un vaso de whisky, tu asesinato sigue siendo un misterio insondable, y una aberración de bañadera.

Mi masa encefálica se ponía fálica cada vez que soñaba con tu origen: la Francia. Te confieso que ahora sé por experiencia que no todos los franceses son de París. Es posible que nacieras cerca, en Pontoisse, que viene siendo con respecto a Cuba como Güinía de Miranda pero con quesos. A pesar de todo llevabas la fragancia del país galo en el cuero pálido, el salitre del Sena en los senos, la nocturnidad en los ojos, y cierta alevosía en las caderas. Un material como ese en un país desordenado y tropical es un batazo. Una linda boquita, un oficio tan antiguo como el tuyo, una ardentía de ojos y una muerte como la que tuviste es material de tango, y caso extremo, de bolero, que lleva menos depresión.

Descubrí algo que me dejó anonadado: te había llevado a La Habana, como sublime coquito de importación, el mismo Villaverde, que inauguró contigo la lucrativa, enigmática, jugosa y atractiva profesión de "sosteneur", que en francés suena precioso, pero que en su traducción directa del cubano antiguo significa simplemente chulo. Hay que ver lo mal que se daba la cultura en esos tiempos en los que el Estado no metía mano en ese campo.

Pensé que al pobre Villaverde le iba muy mal con la venta de su novela Cecilia Valdés, obra cumbre de nuestra literatura. Hasta encontré lógico que un hombre de mundo como el Villa, buscara caminos alternativos para su sustento, vías carnales y glamorosas. Pero, como es ya usual en mi atormentada vida, me equivocaba: tu Villaverde era otro Villaverde. Se llamaba Oscar y no Cecilio.

Oscar Villaverde era un truhán antipatriótico. En lugar de honrar el ilustre apellido que llevaba, y ponerse a vivir de las mulatas habaneras, que en esa época daban al pecho en la umbre umbría, le dio por el ganado europeo. Para colmo de mares era dueño de un cabaret llamado Tokio, no sé muy bien si por dolencia ciática o propensión asiática, o por el toka toka que entre sus paredes se armaba. A mí particularmente, lo nipón me aleja de la lujuria y me acerca a lo electrónico. Mas, aquellos eran otros tiempos.

No puedo aseverar que el Tokio fuera exactamente un antro de perdición. Allí nadie se perdía. Estaba enclavado en San Lázaro y Blanco, juntando así lo piadoso con lo racista, y me da el pálpito que todo el que frecuentaba el local llegaba ya perdido. Además de ofertar carne de primera, en el Tokio se podían degustar broncas bebidas nacionales con algo mundano y mundial de la coctelería de afuera, cuya mezcla, ligada a la observancia de aquellas hetairas de sensuales acentos lejanos, embrollaba la lucidez de la clientela masculina, garantizando la bronca del cierre.

Tenía un atractivo añadido en la buena música nativa, que en esos finales de los veinte e inicios de los treinta iba dejando de ser la letanía quejumbrosa de los sextetos para evolucionar hacia las jazz band. La orquesta estaba al mambo del maestro José Curbelo, así que, libaciones, manoseo y aturdimiento sonoro garantizaban el ensope cerebral de los numerosos curdelos que iban a abrevar entre sus paredes. Ver madamas de la periferia parisina y ser testigos de la evolución de nuestra música, en vivo y en directo, era un lujo que no se ha vuelto a repetir.


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