Actualizado: 27/05/2022 14:24
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LA COLUMNA DE RAMÓN

Carta a Rita Longa

No fabricó saurios para evitar sospechas o malas interpretaciones, y que vieran en ello alegorías políticas. Así se salvó de que le colgaran el remoquete de Rita la Caimana.

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Yesista, moldeable y abarrotada Rita Longa Aróstegui:

A pesar de su obra y sus esfuerzos, y el de otros que se han sumado con los años, el país sigue necesitando ser modelado. Quizá sea un problema material de materiales. Una sociedad viva y en constante relajo mental acepta más el bruñido bronce candente que el hormigón por muy armado que esté. Tengo la certeza que a muchos no les disgustaría el mármol, y hasta que lo prefieren al yeso.

Pienso —por eso existí tanto en la Isla que se me saló la existencia por falta de existencias— que el problema es además de métodos. Se puede dar forma con las propias manos, en un sobao constante y sonante, amoroso, energético, sanguíneo, donde el creador transmute sus temblores a la obra. Y los hay que quieren descubrir la forma escondida en el corazón de la piedra a puro mandarriazo. Todo depende de la prisa que tenga el autor por esculpir. Un escultor con catarro o roña esculpe más seguido, aunque tenga paciencia y mucha flema. Los hay de saliva espesa e interminable, como el que ha querido meterle mano a la nación, y le ha quedado un bajo relieve de lo más desigual y muy bonito.

Pero lo suyo era la figura humana, quizá por haber nacido allá por 1912. Solamente hay que ver el grupo de venados de la puerta del Parque Zoológico de La Habana, que el vulgo conoce más como zoológico de 26, para darse cuenta de que son mulatas traicioneras y chéveres con cornucopia o cornudación, que en otros idiomas también se pronuncia cornamenta, palabra rara y contradictoria, porque al traicionado no se le puede mentar nada relacionado con cuernos. Hay otros Parques Zoológicos donde es posible encontrar más ejemplares coronados por altivos huesos craneales. Pero el Salón Rosado de La Tropical no tiene obras suyas. Allí se mueven.

Qué ternura. Qué estólida solidez hay en ese conjunto canino. El jefe de la manada, seguramente elegido democráticamente por la masa que le acompaña, se yergue sobre sus cuartos traseros, desafiante, libre, osado, lleno de tensos músculos. Nadie ha sabido nunca por qué está alegre. No se ha descubierto el gérmen de su ferocidad leonina. Es un ejemplar muy ejemplar, fijado sobre roca rocosa. Imagino el trabajo que le costó su elaboración. Hablo de la roca, por supuesto. El ciervo herido, el macho cabrío, es otra cosa. Siempre temí que se lanzara al ruedo, al hirviente asfalto de la avenida, y muriera aplastado por la ruta 27. No sucedió porque la 27 jamás pasaba.

Pero esos ciervos de la gleba vivieron su momento más álgido durante el período especial. Gracias al Dios de la escultura, el cubano de a pie nunca llegó a descubrir los secretos de la alquimia más profunda. No ha descubierto aún cómo cocinar el bronce. Pero al más pequeño de la familia le aparecieron muescas en el lomo una verde mañana, huellas de dientes de algún transeúnte desesperado.

Pocos saben de sus esculpiciones. No hay sitio en la ciudad que no lleve la huella de su mano. Un buen día de 1943, tal vez presintiendo el despelote moral que nos iba a caer encima, le dio por preservar la virginidad. Fabricó vírgenes de todos los tamaños en un tiempo en que otros hacían martises como chorizos en un errado y falaz gesto patriótico: Martí nunca tuvo que ver con los embutidos aunque se viera obligado a embutirse en una guerra para que embutieran más tarde al pueblo en su nombre. Fueron años de mal busto en la escultura, y a cualquiera se le espantaba la juma al doblar una esquina y tropezarse con un cabezón insomne sobre pedestal pedrestre. Eso no se le hace a un hombre zigzagueante.

Sin embargo, usted siguió ancha y ajena construyendo féminas virginales. Así le metió mano a Santa Rita de Casia, que es como un símbolo de la desesperanza cubana, por haber sido elegida abogada de los imposibles. Y en 1948 su obra más oscura, broncínea y sólida, que regalaba fe al viajero que huye: La Virgen del Camino, situada en la desembocadura de Luyanó con todo lo demás, y que iba a convertirse, a la larga, en la única virgen de la zona. Alta, esbelta, dulce en su rigidez, La Virgen del Camino aguantó a pie firme la entrada del Escultor Mayor un 8 de enero sin manifestar deseos de fugarse, tal vez por lo bien soldada que está al piso. No hizo un mohín, no lloró siquiera por el hollín y el olor a azufre serrano que destilaba el caudillo. No se pisó ni el dobladillo ni perdió la compostura o la virginidad.

Cuando todo indica que se cansó de la escolástica, a lo mejor cansada de gastar material en velos, túnicas, capuchas y mantos de espanto, se lanzó a lo mundano. Fue un período simplista y danzarín. Sobrevolando el agua mansa de la fuente del cabaret más grande del mundo, está la Bellerina de Tropicana, ligera de ropa y de cascos, resignada al sueldo que le da su categoría de avaluada en lo alto del tridente, con formas elementales y aerodinámicas. Es un engaño. No ha resultado tan aérea como usted quiso, y muy poco dinámica. Ahí sigue esperando al empresario español que la despose para dejarle a Marianao su atmósfera en los callos.

Debo decir algo en su honor. Se mantuvo fiel a su imaginación y no aceptó fabricar héroes. No tuvo habilidad para eternizar villanos. O su formación en San Alejandro le impidió plasmar el plasma de ese tipo de gente. No le dio por los guajiros, ni por las milicianas de gesto moscovita, con rostro iracundo y puño alzado al cielo. A pesar de que tenía paciencia demostrada en fabricar tarritos bronceados, se le hacía difícil el armamento complementario que ha de llevar un mazacote de mártir martirizado en bandolera. No cedió a presiones ni a pretensiones.


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