Actualizado: 25/01/2022 14:16
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LA COLUMNA DE RAMÓN

Carta a Thomas 'Pete' Willard

Quedó usted, durante 18 largos años, contratado como mamut siberiano, en medio de una isla que se derretía de calor.

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Gélido y fiambroso capitán Thomas Pete Willard Ray, piloto en nevera:

Por el Día de Acción de Gracias —Thanks Giving Day, en el lenguaje rockero de los expedicionarios del Myflower— me regalaron un guanajo. Era un ejemplar perfecto, ampuloso, protuberante, ligeramente lívido, muy quieto y manso, espléndido con sus patas tiesas, sus muslos amplios como los de Faye Dunaway en su época, y unas alas que parecían raquetas de squatch. Es la costumbre en Norteamérica, donde todo comenzó con un guanajo y puede terminar siempre con un burro o un elefante que le cuestan demasiados pavos a la gente. El ave tenía un solo defecto: estaba muerta.

¿Qué hacer con tanta fibra?, me preguntaba petreocupado, a punto de cumplir mi viejo sueño vikingo de comerme, con las manos, un gran trozo de mamífero asado. ¿Lo meto en el horno, como dicta la tradición o, por el contrario, imagino ser un esquimal en iceberg y lo ingiero por municipios? ¿Qué localidad me meriendo primero: la pechuga, un muslo, el cascarón de proa o los cuartos traseros, aunque yo no haya nacido en Culiacán? Opté por esta segunda variante, aunque me di cuenta de que un pavo, por muy guanajo que sea, no tiene cuartos traseros ni baños intercalados.

De vikingo pasé a ser londinense. Una verde mañana tomé el instrumental quirúrgico y me convertí en Jack el Destripador. Partí limpiamente aquella mole en catorce provincias y un municipio especial, y ahí fue donde me vine a acordar de usted, mi capitán, porque la única solución para prolongar mi Thanks Giving fue congelar el cadáver, y así tuve muchos días sucesivos de acción para ir dando las gracias.

Pocos cubanos saben su historia. Si supieran cuántas veces pasaron junto a su cuerpo tieso, congelado a ocho grados bajo cero, se hubieran vuelto vegetarianos, o les daría mala espina cada vez que el gobierno del Big Congelator repartía pollos pilotos sacados de las neveras estatales.

El cuento era sencillo, y a la vez espeluznante. Era usted de Alabama sea Dios, y piloto, dos condiciones que le valieron que la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Juntos le designaran entrenador, supervisor, controlador un poco aéreo y coordinador de aquella tropa ilusionada que invadiría Cuba en 1961 por Bahía de Cochinos. No sé cómo se las arregló usted para controlar, coordinar, entrenar y supervisar a aquel molote de cubanos, siendo usted sureño y controlador aéreo. Tal vez era, sin saberlo, el candidato perfecto, pues los miembros de esa graciosa nación no hacen nada por lo bajo.

No quiero extenderme en sus méritos para no demorar el orgasmo del cuento, que es lo que los sexólogos del Tibet llaman "el clímax" del asunto. Para los cubanos, "el clímax" ha sido siempre una especie de enemigo para algunas cosas, y un aliado para otras. Los fenómenos meteorológicos nos distraen de los otros fenómenos, o de El Fenómeno en particular. Cuando sucede —como en los últimos tiempos— que El Fenómeno se pone a combatir un fenómeno meteorológico, todo se vuelve más ilógico.

En fin, que la tropa se lanzó, desembarcó, y se armó la de "daleunabúfataaLola", y en el "huélemelacolcha" y "pásameeltrapo" la descoordinación de aquella Brigada 2506 fue mayúscula, teniendo en cuenta que el Big Congelator había tenido, días antes, una especie de revelación mística, una iluminación subcutánea o el soplo de algún agente disfrazado de cocodrilo infiltrado en la Ciénaga de Zapata, pues en visita a esos hermosos y carboneros lares, con el anunciado propósito de desecarla —con lo cual los habitantes de aquel microsistema, campesinos, majases, garzas, manatíes, cangrejos moros, flamencos y cocodrilos hubieran tenido que ser disecados—, miró al cielo, escudriñó los mangles, olisqueó el viento de cuaresma y apostrofó: "A lo mejor se tiran por aquí".

Como la población de la época era todavía un poco beata, y en mayor medida mojigata, le creyeron, y pusieron cerquita todo un arsenal: tanques de guerra, tractores, metralletas y ametralletas, cuatro bocas, bocas del lobo, y al Gallego Fernández, así que a la Brigada 2506 la estaban esperando y no para ver si les llevaban pantalones y cuchillitas gillette. Se armó la de San Quintín, y en la refriega, que es como se le dice a una reyerta aunque no haya detergente, se recibió un mensaje en la base nicaragüense donde usted radicaba. Y el mensaje era perentorio, clarísimo y bastante desolador. Decía: "Manden más, que estamos perdiendo".

Para un militar pundonoroso como era usted, que la tropa asesorada estuviera en desventaja por despistes y otros quistes, y porque Juanito Kennedy había decidido, a última hora y sin decírselo ni al portero de la Casa Blanca, no mojarse más en la revuelta, fue todo un desafío, un insulto y un reto. Y allá se fue en su avión a ver cómo andaban los restos de las tropas. Y lo apearon de un leñazo, junto a su copiloto Leo Francis Baker, que ocupaba el importante cargo de morenito de a bordo. Era la mañana del 19 de abril de 1961.


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