Actualizado: 25/01/2022 14:16
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LA COLUMNA DE RAMÓN

Carta al manjuarí

Tienes esa higiénica expresión de no pensar en nada, que te asemeja a ratos al ministro de Relaciones Exteriores.

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Antediluvioso, prehistérico y ejemplar manjuarí:

Digo ejemplar como podría decir vanguardia, o patriota. Eso, un modelo de comportamiento. Si alguien pudiera ser premiado, diplomado, reconocido como patriota, y de paso también como puro y autóctono, ese eres tú: el único cubano que jamás se ha ido en millones de años. El único ser vivo sin familiares en el extranjero. El único organismo que ha funcionado por los siglos de los siglos sin ayuda del exterior, echando mano a lo que le rodea, sin malas influencias, ni nocivas referencias. Amén.

Lo entiendo y no. Lo entiendo poco, como me voy desentendiendo de discursos cada vez más rabiosos y repetitivos, teques soberbios y argumentos soserbios. Por un lado, comprendo con respeto que te has ganado el derecho de admisión, la atención científica y popular por tu afán de permanencia entre nosotros, único testigo del parnaso taíno —viste a Hatuey crujiente y adobado—; y aplaudo el empeño que has puesto contra el tiempo implacable, con tu diseño pasado de moda para burlarte de la extinción y agarrar el diploma de antediluviano, que nos honra. Ni el socialismo ha logrado desaparecerte, y eso que te han tirado con ganas.

Pero miremos por debajo del agua y razonemos nadando plácidamente. ¿Pez o reptil? ¿Saurio o anfibio? ¿Cine o sardina? Dicen que tu carne es sabrosa, y tal vez haya un indio, allá en el caney celestial, a quien se le haga la boca agua pensando en la vez que merendó contigo. Pero tus huevos son venenosos. Alguien con veneno en los huevos no es de fiar.

Y si hago una lista de utilidades, descalificas: No nadas nada. No tienes colores atractivos como para que cada cubano te tenga en una pecera. No tienes líneas voluptuosas. No desprendes esa fragancia que traen a la orilla pargos, chernas y doradas. No cantas. No comes fruta. No imagino que algún empresario cuentapropista decida enlatarte en trozos aceitosos. No tienes depredadores. No cambias las escamas en primavera. No te bañas en el malecón. No tienes virtudes afrodisíacas. No se te puede utilizar para collares y abalorios. Eres como un esturión, pero más bruto y menos romano. No muges, no ruges, no chillas, no bramas, no berreas. Y no se te ve nunca.

¡No se te ve nunca! He ahí la razón de tu trascendencia, de tu invicta presencia, de tu supervivencia en el agujero del tiempo, que derrota ampliamente a los integrantes del Buenavista Social Club. Estás, pero no andas por ahí diciéndolo, proclamando tu victoria contra etapas geológicas, la aplastante derrota que ha dado al imperialismo tu coraza.

Andas en las profundidades de lagunas y riachuelos, allí donde no llegan las orientaciones de la ANAP, poniendo cara de bobo sumergible, pero jamás se te ha visto en actos patrióticos ni conferencias científicas. Te conformas con que digan por ahí que eres un fósil viviente, evadiendo distinciones y condecoraciones, o que pueda recibirte en privado —alto honor que muchos descerebrados reclaman— el otro fósil que nos queda.

Tiene que haber algo más que tu empeño en no dejarte abatir, en traspasar los siglos. Debe existir un método, un sistema que te hizo evadir el empanizado con yuca en los areítos y asimismo pasar elástico y prehistórico, incólume, por las abismales aguas del período especial. Algo que te haya alejado de los programas alimentarios, y de los brillantes planes que surgen en ese otro pozo insondable y oscuro que es el cerebro del dinosaurio que dice encabezar a la patria. Un sistema lógico, un truco no estudiado, una capacidad para la cabronada que te ha mantenido fuera de cruces genéticos, empresas de piscicultura o renglones exportables.

Qué puñetero eres, querido e invencible manjuarí, alias atractosteus tristoechus. Qué complicadito y vivo me has resultado. Qué brillante y tozudo me has salido, que incluso saboteándole los criaderos de truchas y tilapias al Brontosaurio Mayor, a nadie se le ha ocurrido lanzar campañas contra ti, ni movilizar a cientos de miles de cubanos a fumigar lagunas y rellenarlas con abate, ese arsénico lupin de dudosa modernidad, improbada efectividad y pésima moralidad.

Debes ser sabio. Aunque si se le mira con acuático interés filosófico, resultas muy dañino para la creación del hombre nuevo, y para la estampa revolucionaria del cubano de a pie —en los últimos 40 años casi todos los cubanos verdaderos son cubanos de a pie, los motorizados se empeñan en extinguirlos—. Mirándolo desde el más plausible, frío y sereno raciocinio, la clave de tu sistema vivencial es la quietud: permanecer sin pertenecer. Eres suavemente insistente, y abnegada e irrenunciablemente, de agua dulce.


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