Actualizado: 20/10/2017 18:43
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HUMOR

Los faraones y el agua

Si alguien ha aprendido de la sabiduría de los antiguos es el Comandante: Él llega antes que los ciclones, los desvía, los derrota y si pasan lejos, dice que le cogieron miedo.

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Piensen en Egipto; piensen en Mesopotamia (no digo que piensen en la India y China, porque eso les va a traer algún recuerdo de juventud y ahí mismo se acabó la reflexión). Cuando en la antigüedad surgieron los primeros Estados tuvieron la encomienda principal de controlar las aguas de los ríos, levantar diques, prevenir inundaciones… Eso fue antes de que se inventaran las escuelas, el correo, las bibliotecas públicas y los bomberos. Porque para cazar jutías o mamuts, o para machacar a la tribu vecina, no hacía falta un Estado. Si acaso amigos y un poco de cerveza. Pero ya los diques y las inundaciones eran otra cosa.

Y no es que después de la creación del Estado, el Nilo, el Éufrates o el Ganges no se siguieran llevando por delante a cada rato a media humanidad con sus respectivos enseres domésticos, pero al menos la gente se iba al más allá tranquila, sabiendo que en el reino de los muertos no la iban a poner a construir pirámides (y si lo tenían que hacer, al menos las piedras iban a pesar como en el más acá).

Uno ve lo que pasó en Nueva Orleáns, el ciclón, la inundación y los muertos, y se pregunta para qué existe todavía el Estado. Allí falló todo, desde el último de los policías hasta el presidente. Un tercio de los policías de la ciudad no fue a trabajar y el presidente apareció tres días después haciendo señas desde la ventanilla del avión. Cuando el Nilo crecía, los faraones se movilizaban bastante más rápido que Bush, incluso aquellos que por alguna razón de peso (la muerte, por ejemplo) ya hubieran sido embalsamados.

Y es que hasta los defensores del actual presidente de Estados Unidos tienen que reconocer que la velocidad de reacción no es la cualidad por la que destaca Bushankamon II. Michael Moore ha hecho notar que al presidente le tomó siete minutos reaccionar cuando supo que habían atacado el World Trade Center. Lo que nadie sabe es si su reacción se debió a esa noticia o a que había ganado las elecciones el año anterior. El doctor que atendió el parto de su madre debió haberse preguntado por qué el pobre no lloró cuando le dieron la nalgada de rutina, sin saber que el niño iba a pasarse su tercer cumpleaños llorando a causa de aquella nalgada primigenia.

Lo cierto es que cuando sus enemigos políticos tratan de convencernos de que Bush es un genio del mal, las pasan negras para explicar la parte del genio. Al parecer, Dios ha creado a Bush the Second para que tipos con tan escasa imaginación como Michael Moore puedan hacer películas.

Con Clinton todo hubiera sido distinto. En cuanto se hubiera enterado que había pasado algo en Nueva Orleáns, se habría aparecido allí con su saxofón, como si el solo pudiera conducir las aguas desbordadas hasta al mar al compás de su instrumento (me refiero al saxofón, por supuesto, no al que tocaba Lewinsky). Al final no hubiese resuelto nada pero al menos todos habrían salido bastante más complacidos (tanto como los egipcios arrastrados por el Nilo, aunque no tanto como el propio Clinton cuando tocaba Lewinsky).

Y uno como contribuyente empieza a preocuparse por el uso que le dan a los impuestos que pagamos. Porque entre tanques y naves espaciales con vocación de fuegos artificiales, pudieran ocuparse de comprar cosas más útiles como, por ejemplo, un acelerador de neuronas para nuestro querido presidente Bush El Momia.


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