Actualizado: 13/06/2024 22:37
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HUMOR

Los faraones y el agua

Si alguien ha aprendido de la sabiduría de los antiguos es el Comandante: Él llega antes que los ciclones, los desvía, los derrota y si pasan lejos, dice que le cogieron miedo.

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Lo que mata al socialismo es la normalidad

Pero si alguien ha aprendido de los faraones es el Comandante. Él llega antes que los ciclones, los desvía, los derrota y si pasan lejos, dice que le cogieron miedo. Y eso sí, a Él nadie se le ahoga si no es con su expresa autorización y, de ser posible, en aguas internacionales. Porque vamos a estar claros: hoy por hoy, es el socialismo el único sistema que le da algún sentido al concepto de Estado, tal y como previsoramente lo desarrollaron los faraones. Nada supera al socialismo en tiempo de ciclones, terremotos y construcción de pirámides (aunque una simple carretera sin baches sea toda una utopía).

Hay que ser honestos y preguntarse: ¿qué importa la falta de libertad si se cuenta con un buen sistema de evacuación? Si todos los días hubiera ciclones, no habría discusión de cuál sistema es mejor. Lo que mata al socialismo es la normalidad. Allí el problema no es cómo enfrentarse a cada ciclón, sino cómo sobrevivir entre una evacuación y otra.

Y el Comandante, con toda su experiencia y generosidad, estaba loco por ayudar con la catástrofe de Nueva Orleáns. Y por eso ofreció enviar 1.500 médicos y 30 toneladas de medicinas (sobre esto último los cubanos no tienen por qué preocuparse, pues entre todas las farmacias cubanas hace mucho tiempo que no ven tantas medicinas juntas. Seguramente esos medicamentos se los habrán quitado a los turistas).

El Comandante nunca lo ha pensado dos veces antes de mandar médicos a cualquier parte. Ha cambiado médicos por dólares, por petróleo, por ollas arroceras y hasta por azúcar. Cualquier día aparece alguien declarando que en el pasado el Comandante envió médicos cubanos a Colombia como parte de un intercambio comercial con Pablo Escobar. Pero su especialidad es enviar médicos de gratis, y todo el mundo contento. Pero yo se lo digo por experiencia propia: nada sale tan caro en este mundo como la medicina gratis del Comandante.

No bien había anunciado el Comandante que mandaría médicos cubanos a Nueva Orleáns, y ya estaban todos sentaditos en las butacas del teatro Karl Marx con sus batas blancas y sus mochilas verde olivo. Es que los médicos cubanos tienen un alto sentido del deber. Sospecho que sólo se aceptaron en el contingente a los médicos que estuvieran casados y con hijos, porque con los médicos solteros siempre se corre el riesgo que pidan asilo en el primer aeropuerto en que hagan escala, así sea el de Varadero.

Los expertos internacionales se rompían la cabeza preguntándose qué es lo que llevaban estos sacrificados médicos en sus mochilas verde olivo, y tras una larga investigación pudimos dar con la respuesta. Todo apunta a que llevaban dentro más maletines, "gusanos" y bolsas de nylon de todos los tamaños, para en cuanto desembarcaran en Nueva Orleáns tener donde meter todo lo que encontraran flotando y no oliera mal.

Durante horas, los médicos concentrados en el teatro estuvieron tensos, expectantes, sabiendo que cada minuto que pasara podía ser fatal. Se corría el peligro de que los delincuentes de Nueva Orleáns terminaran apropiándose de todo artículo utilizable que quedara en la ciudad. Pero al final, para desgracia de los médicos, el gobierno norteamericano rechazó la oferta del Comandante.

Sin embargo, no hay que sacar conclusiones apresuradas de esa respuesta. Con la conocida capacidad de reacción del presidente norteamericano, posiblemente la negativa se refiera a alguna proposición hecha por el Comandante cuando la Crisis de Octubre. Una vez que quedaron claras sus intenciones de ayudar el Comandante, se desentendió del asunto, satisfecho de haberle añadido una piedra más a la pirámide espiritual que asegurará su inmortalidad.

Mientras tanto, los médicos, disimuladamente, lloraban. Y siguieron llorando e inundaron el teatro, luego todo el barrio de Miramar y finalmente la ciudad. Pero tampoco es para preocuparse, porque se tiene una nueva oportunidad para experimentar la virtud que sitúa al régimen cubano por encima de cualquier otro: un cuidadoso y eficaz plan de evacuación.


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