Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Humor

Año nuevo, etapa nueva

La actual salud del Comandante y de cómo han desaparecido Camilo, el bistec y los gatos, desde 1959 hasta 2006.

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En esta fecha gloriosa del primero de enero, todos los cubanos tenemos algo que celebrar. No importa si comiendo puerco asado, ropa vieja, yuca y tostones, o con gallos viejos, jutías, masa cárnica o el gato de la abuela. No importa si nos estamos recuperando de una resaca de ron, cerveza, whisky, champán, cava, vino australiano, chispetrén, alcohol de reverbero o vino de romerillo.

Lo importante es celebrar, aunque sea la caída de Batista. Algo siempre es mejor que nada. Es el momento de que todos los cubanos nos sintamos uno solo, unidos por los mismos dolores de cabeza, la misma acidez, semejantes diarreas. Revueltos del estómago, pero legítimamente orgullosos de haber resistido durante todos estos años a los norteamericanos, especialmente en Miami, a los españoles en Madrid, a los orientales en La Habana, o a los habaneros, dondequiera que estén.

Pero no sólo se trata de celebrar nuestro pasado heroico, sino también el promisorio futuro. Todos los días, un funcionario cubano dice que el Comandante, tras su misterioso "accidente de salud", está mejor. Eso tiene que llenarnos de esperanza, porque conociendo bien al Comandante y las dificultades para mejorarlo, posiblemente lo que quieren expresar es que está muerto o algo parecido. Y no se trata de celebrar su muerte, porque se sabe que los cubanos tenemos tendencia a las celebraciones de mal gusto con bailes públicos en la calle Ocho de Miami o guaguancós secretos en los solares de La Habana.

Nos falta la elegancia andina de los chilenos, que supieron celebrar la muerte de su ex dictador brindando con champán y tirando piedras, lo que hace sospechar que los chilenos no bailan ni en los carnavales. Pero no se trata de nuestra incapacidad para las celebraciones elegantes, sino de que la noticia del deceso del comandante no enfriará en lo más mínimo el deseo de los compatriotas de la Isla de seguir avanzando por el camino señalado por él todos estos años, y que tiene dirección norte con un recorrido de por lo menos noventa millas.

El nuevo Valeriano Weyler

El Comandante podrá morir cuando lo estime conveniente, pero seguirá viviendo en los corazones de todos los cubanos. Razón suficiente para suponer que los cardiólogos tendrán trabajo garantizado en las próximas décadas.

Hablando de médicos, hace unos días se anunció que desde España había viajado un médico para colaborar en el restablecimiento de la salud de nuestro querido Comandante. El galeno dijo que el Comandante no tiene una enfermedad maligna (!?), que se encuentra muy bien de ánimo y con excelente sentido del humor (ha pasado definitivamente de su fase mediática a la legendaria: ahora tendremos que conformarnos con lo que cuenten de él).

Un acto solidario de tal magnitud, desde España hacia los cubanos, no se veía desde el envío de Valeriano Weyler en 1896. El único modo que se me ocurre para corresponder ese gesto, sería enviarles de vuelta al Comandante, pero me temo que el gesto del médico español sea totalmente desinteresado. Sin embargo, resulta chocante que una recontrasuperpotencia médica como Cuba, el mayor exportador de médicos del planeta, que los envía a lugares tan inaccesibles como Pakistán o Varadero, requiera para tratar a su presidente de los servicios de un español.

Lo siguiente sería que mandaran a un santero catalán. Eso equivaldría a que desde Cuba se enviaran toreros a España, futbolistas a Brasil, narcotraficantes a Colombia, o autosuficientes a Argentina. Aunque en este último caso, la capacidad de los cubanos es comparable a la de los porteños y serviría para amortizar la deuda con los rioplatenses desde el envío del Che Guevara y la versión obesa de Maradona.

Después de todo, el asunto del intercambio solidario está ahora en uno de sus mejores momentos, desde aquella época dorada en que los cubanos cedieron, cada uno, una libra de azúcar mensual al gobierno de Salvador Allende y no la vieron regresar, ni siquiera después del golpe de Estado de Pinochet. Al parecer, a Pinochet le gustaba su café con leche bien dulzón.

'Chávez, gallina, nos gusta la gasolina'

El gobierno cubano no se limita a enviar médicos, maestros o entrenadores deportivos a los países hermanos, ahora ha enviado a Venezuela a un grupo de asesores para la lucha contra la corrupción administrativa.

Es fácil imaginar lo primero que hicieron los asesores: llevarse las toallas, los jabones y el papel sanitario del hotel donde se alojaron. Lo segundo debe haber sido explicar a los venezolanos que la corrupción en el hermano país se debe al exceso de tentación. En cuanto se lleve la economía al punto en que llevarse las sobras de la merienda del trabajo para la casa sea considerado desvío de recursos, se habrá dado un gran paso de avance.

En respuesta, el gobierno de Hugo Chávez envió cuarenta plantas eléctricas a la Isla, las cuales al llegar a La Habana fueron reenviadas a Nicaragua, como regalo a Daniel Ortega por haber ganado su primera elección en 17 años.

Por menos que eso, a Khrushev —cuando recogió los misiles que había mandado a Cuba— le gritaron "Khrushev, mariquita, lo que se da no se quita". Pero como la relación con Venezuela es mucho más fluida de lo que era con los soviéticos, supongo que esta vez se coreará algo así: "Chávez, presidente, no nos quites la corriente", que no es lo mismo que decir: "Chávez, propóleo, no nos quites el petróleo", o "Chávez, gallina, nos gusta la gasolina".

En lo que casi todos los expertos coinciden es que ha concluido una etapa y se inicia otra, la ECE(PR) —Etapa del Caballo Escondido (Pero Recuperándose)—, conducida por Raúl (Mi-Hermano-Está-Mejorando) Castro.


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