Actualizado: 21/09/2018 11:18
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Constitución, Patria, Socialismo

Banalidad del mal

La patria no puede ser reducida a un concepto o adjetivo político

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El reciente Proyecto de Constitución de la República de Cuba ha causado reacciones y emociones diversas. Para algunos, entre los que me incluyo, es simplemente un reacomodo de las relaciones de poder de la élite política en el país; para otros, es un paso de avance que siembra motivos para el optimismo. No dudo que en determinadas áreas se pueda tener un cierto optimismo, en medio de más incertidumbres que certezas generales. Sin embargo, cuando observo reacciones de un ciego optimismo, inevitablemente me recuerda una profesora que tuve de Sociología, quien, haciendo referencia a las históricas relaciones de dominación en diferentes etapas y sociedades, decía: “optimista es aquel que no tiene todas las informaciones”.

Analizando dicho proyecto, me llaman la atención varios de sus artículos, por las repercusiones que pueden tener y sus posibles trasfondos. Entre ellos el Artículo 3, que, por cierto, me resulta aterrador y contradictorio:

ARTÍCULO 3. La defensa de la patria socialista es el más grande honor y el deber supremo de cada cubano. La traición a la patria es el más grave de los crímenes, quien la comete está sujeto a las más severas sanciones. El socialismo y el sistema político y social revolucionario, establecidos por esta Constitución, son irrevocables. Los ciudadanos tienen el derecho de combatir por todos los medios, incluyendo la lucha armada, cuando no fuera posible otro recurso, contra cualquiera que intente derribar el orden político, social y económico establecido por esta Constitución.

La historia del mundo está llena de laceraciones humanas y sociales basadas en posturas políticas. Específicamente, en la Cuba posterior a 1959, el socialismo-comunismo han sido pilares para acarrear realidades contraproducentes para la esencia humana y, a mi entender, este articulo representa una tentativa de su continuación. Más aún cuando se declara que la defensa de la patria socialista es el más grande honor y el deber supremo de cada cubano. En fin, al leer este Art. 3, se me asoma la “sospecha” de un futuro para Cuba, permeado de una cierta banalidad del mal, al estilo de Hannah Arendt.

El concepto “banalidad del mal” de Arendt, deriva de su experiencia como corresponsal en el juicio del exdirigente nazi Adolf Eichmann, en 1961 en Jerusalén. Con base en esa experiencia, Arendt escribió el libro Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal, donde narra sus interpretaciones sobre el juicio. A pesar de lo polémico que han sido muchas de las ideas plasmadas por esta autora en el anterior texto, me resulta prudente pensar en la política cubana actual (aunque bien puede aplicarse a otros países), a partir de algunas de sus reflexiones.

Para Arendt, dicho concepto alude a la disposición de determinadas personas para cometer crímenes de diversos tipos, en regímenes totalitarios. Entre las principales motivaciones para ello, la filósofa alude al deseo de ascender, ser reconocido y hacer carrera dentro del grupo, lo cual simultáneamente está vinculado a acciones sustentadas en reglas (manifiestas y/o latentes) y en la irreflexión sobre las consecuencias de dichas acciones. En este sentido, la preocupación por las consecuencias de los actos resulta irrelevante delante de la necesidad, importancia y/o deseo de cumplir con las órdenes, reglas, sean cuales sean su naturaleza e implicaciones. Sin embargo, lo más temeroso de esta situación, es el carácter normal o natural que adquieren estas prácticas, según puede apreciarse en las siguientes citas de la autora:

“Lo más grave en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales”. (…) “Él cumplió con su deber…; no sólo obedeció las órdenes, también obedeció a la ley” (…).

Este concepto de “banalidad del mal”, se presenta entonces como reflejo de lo relevante que es prestar atención a la manera en que se configuran los sistemas legislativos, donde Cuba obviamente no sería un caso ajeno. La ley, en innúmeras ocasiones se presta para banalizar el mal en determinadas sociedades. No siempre la ley es justa, es lo correcto, pues responde a intereses concretos de determinados grupos sociales en ciertos momentos históricos. Como diría Foucault (2013)[1], la ley no es un estado de paz, sino una manifestación de “guerra” en acción, un ejercicio de estrategias para la dominación.

Retomando una de las ideas expuesta anteriormente, al Art. 3 me resulta aterrador porque en la Cuba postrevolucionaria y contrarrevolucionaria (valga la redundancia), el socialismo-comunismo ha servido como escollo para una sociedad más justa y como base de laceraciones humanas. Son ejemplos de estas laceraciones, las fuertes discriminaciones a aquellas personas con diferentes orientaciones sexuales, ideológicas y culturales, que nos hacen recordar algunos hechos. Entre ellos, las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP) y el llamado quinquenio gris, donde se consideraba un tabú escuchar The Beatles (para después hacerle una estatua a Lennon en medio del Vedado) y donde se presenció el cuestionamiento político y social a jóvenes con “apariencia de disidentes” (para después tener un ministro con pelo largo), por solo citar algunos acontecimientos. Todo esto (y más), repito, en defensa de una patria concebida a semejanza de la voluntad de unos pocos y que, en el caso que ocupa, se esconde detrás de la idea de patria socialista y su sentido radical.

¿No sería más viable que el más grande honor de un (a) cubano (a) sea defender una patria humanista, altruista, justa, próspera, aun cuando estos conceptos constituyan una supuesta fuente de inspiración para el actual proyecto? Algunos defensores dirán que estos conceptos están incluidos en el adjetivo “socialismo”, conforme tradición marxista. Lo raro es que, en la práctica, los mismos se han visto subyugados al anterior adjetivo. Por eso, cuando leo que el socialismo es irrevocable y que el más grande honor es defender la patria socialista, me asaltan interrogantes como: ¿esta idea significa que defenderemos lo justo, lo humano y etc., mientras que esto no represente una amenaza para el socialismo por ellos interpretado? ¿Implicaría el destierro en nuestra propia tierra no simpatizar con esa tendencia política? ¿Tener el derecho de combatir por todos los medios a cualquiera que intente derribar el orden político (Art. 3), justifica agresiones a las Damas de blanco y demás opositores? ¿La búsqueda de lo justo y lo humano sería posible a través de hechos contrarios al socialismo defendido por la élite política? ¿Seremos considerados disidentes y, por tanto, reprimidos cuando reclamemos las transformaciones necesarias para que el sistema y el Estado cumplan con el sueño incumplido de garantizarnos la igualdad en el disfrute y ejercicio de nuestros derechos? ¿Son estas las realidades que subyacen y/o pretenden desarrollarse con base en ese artículo?

La patria no puede ser reducida a un concepto o adjetivo político. Eso no representa la “invisible” diversidad política de la Cuba de hoy. La patria es un lugar de nacimiento, de identificación cultural, simbólica, afectiva, es mucho más que ser socialista. ¿Qué harán entonces aquellos (as) cubanos (as) que aman su patria por sus colores, olores, su gente, su café, su música, sus costumbres, su arte, su ritmo de vida, su cultural en general? ¿Serán estas personas condenadas al destierro porque no se identifican con el socialismo o simplemente con ninguna tendencia política? ¿Estos (as) cubanos (as) no tendrían patria? ¿Quién le otorgo a esa élite política la potestad para definir qué es la patria y cuál es la que debemos defender? ¿Qué harán aquellos que no les interesa defender una patria socialista, pero si una patria libre, prospera, alegre, altruista, justa, emancipada, culta? ¿A qué se refiere esa gente cuando habla de socialismo?

Unido a esa última interrogante, además de aterrador, el mencionado artículo me resulta contradictorio, como bien había expresado. Según el propio documento, la defensa de la patria “socialista”, como el más grande honor y deber supremo de cada cubano, así como la irrevocabilidad del socialismo, se sustentan en hechos esenciales de la condición humana y de la historia de Cuba, a los cuales, cínicamente, la propia revolución le ha fallado.

Entre otros hechos, el documento resalta la defensa contra la corrupción política, la falta de derechos y libertades populares y la explotación impuesta por capitalistas. También, subraya el ideario de Martí, de Marx, Engels y Lenin, además de los postulados en el concepto de Revolución, expresado por Fidel Castro[2].

Para la humilde población cubana, no veo diferencia entre explotación capitalista clásica con base en el mercado y la explotación capitalista con base en el Estado, siendo está ultima (capitalismo de Estado) la que a mi entender se manifiesta en Cuba. La diferencia más notable es el lugar para dónde va la plusvalía (Mercado vs Estado). Por ello, me pregunto: ¿por acaso no es una explotación similar a la del capitalista trabajar por un salario que no alcanza para satisfacernos de esa realidad creada por nosotros mismos, como producto de nuestro trabajo? Esa es la esencia del concepto de “enajenación” propuesto por Marx y a través del cual él critica la sociedad capitalista, proponiendo el comunismo como solución. Por tanto, me resulta insolente justificar la irrevocabilidad del carácter socialista de la “revolución” con base en un hecho criticado pero incurrido sistemáticamente por parte de esa misma élite política y del propio sistema.

Mas contradictorio e insolente que lo anterior, me resulta sustentar ese Art. 3 en el concepto castrista de revolución. No encuentro conexión alguna entre el citado artículo y presupuestos del mencionado concepto, tales como: tener sentido del momento histórico; cambiar todo lo que debe ser cambiado; ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; desafiar fuerzas dominantes; defender valores en los que se cree. ¿No perciben esos “líderes” el momento en el que estamos, después de tantos años de escases, frustraciones, familias divididas, etc.? ¿No existen fuerzas dominantes en Cuba? ¿No perciben que la realidad cubana es limitada en términos de tratamiento como seres humanos, toda vez que nuestro salario no alcanza para vivir y que nuestro trabajo no es fuente de realización y emancipación conforme propone Marx? ¿No ven que el desafío de las fuerzas dominantes los incluye a ellos como élite política y que las diferentes ideas que muchos defienden son tan válidas como las de los otros, supuestos socialistas y seguidores de Marx, Martí etc.? Nada justifica la exclusión de ciudadanos, menos por sus ideales, conforme sugiere ese Art. 3 con sus nociones sobre la patria socialista.

Con base en los pavores y las contradicciones descritas, es necesario reconocer que el actual juego político en Cuba solo ha sido posible por la complicidad interesada más que irreflexiva de muchos “Eichmann”. Ha sido posible por el apoyo activo y pasivo de muchos (as) cubanos (as), ya que las prácticas horrendas (que no implican exclusivamente violencia física, sino además estructural y simbólica), no son meramente responsabilidad y voluntad del ser humano que las ejerce. En este caso, no son menos responsables por dichos actos la sociedad que solamente espera sin arrebatar su lugar, o los políticos y representantes “populares” que no se dignan a reclamar lo mejor para su pueblo, más allá del oportunismo de arrimarse a ideales políticos. Como bien expresó Karl Jaspers[3]: “Los actos de Estado son al mismo tiempo actos personales. De ellos son responsables y han de responder personas singulares”.

Esperemos que en adelante el pueblo de Cuba encuentre los caminos correctos para asumir el verdadero papel activo que le corresponde en la construcción de la sociedad y la política. No reconocer, no cuestionar las posibles repercusiones y realidades que subyacen en este proyecto de constitución, solo deja la sensación de estar frente a un proceso que promete dar mas de lo mismo. Un proceso que apunta a establecer normativas que sustenten y legitimen practicas funcionales para la dominación, aunque las mismas constituyan laceraciones de nuestras condiciones (económicas, sociales, políticas, subjetivas) como sujetos de derechos. Un proceso, donde las reflexiones sobre sus nefastas consecuencias para la ciudadanía valen nada ante la mezquindad de los propósitos, los intereses y las órdenes. En pocas palabras, un proceso que promete continuar conviviendo con la banalidad del mal.


[1] Foucault, Michel. Microfísica do poder. 27 ed., São Paulo: Graal, 2013.

[2] “Revolución es sentido del momento histórico; es cambiar todo lo que debe ser cambiado; es igualdad y libertad plenas; es ser tratado y tratar a los demás como seres humanos; es emanciparnos por nosotros mismos y con nuestros propios esfuerzos; es desafiar poderosas fuerzas dominantes dentro y fuera del ámbito social y nacional; es defender valores en los que se cree al precio de cualquier sacrificio; es modestia, desinterés, altruismo, solidaridad y heroísmo; es luchar con audacia, inteligencia y realismo; es no mentir jamás ni violar principios éticos; es convicción profunda de que no existe fuerza en el mundo capaz de aplastar la fuerza de la verdad y las ideas. Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños de justicia para Cuba y para el mundo, que es la base de nuestro patriotismo, nuestro socialismo y nuestro internacionalismo”.

[3]Karl Jaspers en su libro El problema de la culpa, Paidós, 1998.


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