Actualizado: 12/06/2024 15:05
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Ironía, Narrativa, Historia

Céspedes y el 10 de Octubre

La historia de verdad, verdadera de Cuba, en versión irónica del autor

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Carlos Manuel de Céspedes era un hacendado que se las daba de Lincoln. Así, al llegar los carnavales de Manzanillo de 1868, reunió a sus esclavos y se los llevó a disfrutar de las fiestas. Pero ya algo jumado, quizás para demostrarle a sus negros que a él nadie le metía el pie, comenzó a discutirle al catalán administrador de una pipa de cerveza. Según él estaba aguada. Encabronado, porque el peninsular no le daba la razón, le lanzó el contenido de la perga en la cara, y volviéndose hacia sus negros les grito:

—¡Arriba nagües, que nos vamos para Yara! Ahí mi hermano el indio Hatuey hace tremenda cerveza, y no le echa agua. —y hacia allá partieron, ya bastante borrachos.

Pero lo que Carlos Manuel no sabía era que en el negocio de mojar la cerveza estaba implicado, y de a lleno, Lersundi, el Gobernador de la Isla, a quien sin perder un segundo el catalán le mandó aviso por el telégrafo. En La Habana, capital de todos los cubanos, Lersundi, encabronado por el exabrupto del oriental, que le ponía en mala el negocio, telegrafió a Bayamo, para que mandaran varias patrullas a Yara, a detener a Carlos Manuel y sus prietos.

En la entrada del pueblo nuestro hombre se resistió, y la civil apeló a sus armas. Quedaron tres prietos en el campo, pero el manzanillero y la mayoría logró escapar. Poco después se le reunió un tal Marcano, un dominicano residente en la Isla, quien venía con tres cooperativas de guajiros, también encabronados por el bautizo de la cerveza en los carnavales de Manzanillo. Juntos decidieron irse a Bayamo, a armarla. Decisión inspirada por sobre todo por las cincuenta cajas de cerveza de Hatuey, que este les trajo de regalo —Hatuey se “quemó” por esto, porque poco después Lersundi mandó a intervenirle la cervecería, lo que lo obligó a emigrar a Alemania. Allí uno de sus nietos terminó de coronel de las SS, pero esto es otra historia.

En Bayamo Carlos Manuel, Marcano, sus negros y sus guajiros, armaron tremendo salpafuera y pronto la ciudad quedó en su poder. Después de encerrar al gobernador de la ciudad y a los guardias civiles, decidieron enviarle un telegrama a la Reina, en España, para echarle palante los negocios con la cerveza de su Capitán General en Cuba, y pedirle que decretara un bando según el cual en la Siempre Fiel la cerveza se vendería de ahí en lo adelante sin agua. Pero en el telégrafo se enteraron de que en España también habían tumbado a la Reina, por un negocio semejante, pero con el vino. Así que quedaron un tanto indecisos de qué hacer. Hasta que por suerte apareció un mulato músico de la Banda Municipal, un tal Pedro Figueredo, que los embulló a decretar la independencia. De paso les cantó un himno nacional que tenía preparado hacia más de un año.

De más está decir que Carlos Manuel no anduvo muy convencido —la música y la letra del himno no acaban de cuadrarle, y por demás la falta de voz del mulato no ayudaba mucho. Por lo menos hasta que uno de sus prietos, especie de mayordomo suyo, y que solía soplarle las jugadas en el dominó, le hizo ver que con la Isla independiente, y él de Comandante, podría cogerse el negocio de aguar la cerveza…

Lo que siguió es harto conocido: quienes en realidad salieron ganando en el negocio fueron los americanos, que fueron los que pusieron la cerveza en definitiva, para sustituir a la que venía de España. Un blanquito de La Habana, un tal Martí, propuso entonces sustituir la cerveza aguada americana por vino de plátano. Mas como a nadie le gustó la solución, incluido el tal Martí, alias “Pepe Ginebrita”, después de 1902 seguimos con la cerveza aguada americana. Hasta que en 1959 llegó un galleguito oriental, un tal Castro, y propuso en lugar de echarle agua a la cerveza hacerlo al revés, y echarle cerveza al agua… del mar. Así andamos todavía.


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