Actualizado: 29/02/2024 16:32
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Exilio, Miami, Hialeah

«Chico… y tú, ¿cuándo llegaste?»

Con razones o sin ellas, la subjetividad y los prejuicios entre diferentes oleadas de emigrantes están causando serias dificultades a quienes tratan de adaptarse a una nueva vida

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El consejo de la ciudad de Hialeah ha tomado la decisión, cuatro votos a favor y dos en contra, de limitar los vehículos recreacionales conocidos como RV en inglés a cierta cantidad y espacios específicos para los residentes. Se veía venir. Solo en 2020 llegaron por la frontera sur más de 200.000 cubanos. Si sabemos que esta urbe al oeste del condado Miami-Dade es donde se concentra la mayor cantidad de compatriotas, que cerca del 84 % de los habitantes habla español, y de ellos un tercio no se comunica en inglés, tendríamos que es Hialeah el destino casi obligado de los nuevos emigrantes. A tal avalancha debemos añadir los miles que han ingresado por el parole humanitario, las reclamaciones familiares y quienes vienen de otros estados norteamericanos, golpeados por la nieve y los altos impuestos.

La matemática es sencilla. Por muchas viviendas nuevas que se construyan con la mayor celeridad, dar cobijo a tanta gente es casi imposible. La inventiva del cubano, para lo bueno como para lo “malo” hizo que alargaran los efficiency —en lengua neófita o spanglish, eficen—, levantaran paredes para dividir salas y los llamados floridas, las casetas para herramientas en los patios se convirtieran en cuartos. Los altos alquileres, y los impuestos a la propiedad chocan con salarios bajos y empleos de poca monta. Esto ha condicionado que el ciudadano busque cómo aumentar su entrada financiera; en la ciudad que progresa hallaremos todo tipo de violaciones constructivas, unas permitidas por política y otras justificadas por el deterioro del nivel de vida.

Una vez explorados todos los espacios vitales, a un listo se le ocurrió rentar o comprar una casa rodante, colocarla en el patio de su casa, y alquilarla como si fuera una casa. Ojo, esa brillante idea no es nada original. En barrios de clase media como Kendall y Mami Lakes algunas familias alquilan Vehículos Recreacionales (VR) a trabajadores temporales y familiares recién llegados. Pero como dijo Máximo Gómez, los cubanos si no llegamos, nos pasamos. Ya no era el VR enfrente, o un solo vehículo. Ahora eran dos o tres casas rodantes, un verdadero edificio multifamiliar en patios jayalienses, sin servicios sanitarios propios, rebasando las bardas del vecino. Y lo peor estaba por llegar; fiestones hasta la madrugada a golpe de reggaetón, chasquidos de fichas de dominó con gritos acompañantes —tribilin cantore, sexteto, duque estrada, unicornio azul, blanquizal de Jaruco—, y su bronquita de vez en cuando, para no olvidar el solar de La California —respeto para la emblemática cuartería habanera.

Un comisionado explotó: Hialeah no es el salvaje Oeste, dijo. Y he aquí que una ciudad que es la de mayores hispanohablantes después de San Juan, en Puerto Rico, y con más de 1.200 habitantes por kilómetro cuadrado, está dando una batalla que algunos auguran perdida. Podrán prohibir o limitar los RV. Pero la medida se parece mucho al cuento de botar el sofá y el marido engañado; el problema sigue ahí. Mientras el alquiler de un cuarto en ese pueblo siga costando entre 800 y 1.200 dólares habrá suficientes perspicaces para “buscársela” por cualquier medio.

La crisis de los RV o VR ha destapado otro conflicto aún más embarazoso, sutil, no enfrentado a profundidad por la prensa o las tesis, libros y ensayos sobre la emigración cubana en la última etapa, tras el recrudecimiento de las penurias en la Isla y la ineficacia de la llamada Continuidad o Castro-Canelismo.

Todo sale de una sencilla pregunta entre cubanos; una interpelación aparentemente sin importancia: “Chico… y tú, ¿cuándo viniste?” Es el cuestionamiento obligado al encuentro de dos compatriotas cuando cierta cordialidad lo permite. La respuesta del interrogado es como su carta de presentación, o su acta de nacimiento norteamericana: yo nací aquí, yo vine pequeño, de joven por el Mariel, hace veinte, diez años, tres días.

El tiempo en Estados Unidos a veces funciona como un crédito, un símbolo de conocimiento y pericia en las artes de la sobrevivencia estadunidense. El preguntón suele suponer que con los años esa persona hablará inglés, tiene propiedades, un empleo fijo bien remunerado y sobre todo, paz en su corazón. Pero si el interpelado contesta que acaba de llegar, o hace pocos años, el entrometido saca prontas conclusiones: este tío no sabe una papa de inglés, no tiene trabajo, o a tiempo parcial, y, por supuesto, vive en una casa rodante en Hialeah.

Con razones o sin ellas, la subjetividad y los prejuicios entre diferentes oleadas de emigrantes están causando serias dificultades a quienes tratan de adaptarse a una nueva y diferente vida. Si bien es cierto que en la medida que se deteriore la economía cubana, y como consecuencia cada día el nivel de adaptación psicopática de la ciudadanía es mayor, no todo el que llega es un delincuente, mal educado, sin oficio o grado académico. Eso sí, casi todos fuimos analfabetos en derechos humanos y comportamiento ciudadano. En la Isla pocos saben lo que es tener tarjeta de crédito, cuenta bancaria, pagar la renta a tiempo, tener un seguro médico, abonar los impuestos. Tampoco podrían saber por qué las calles y los parques están tan arregladitos, y los niños tienen escuelas gratuitas, y la basura se recoge dos veces por semana, incluidos los reciclables. Quienes critican a los recién llegados olvidan que pasaron cursos intensivos-depresivos de buen comportamiento en sociedades libres.

La pregunta sobre el tiempo de cimarroneo no solo es molesta e imprudente. Es intrusiva y cuestionadora. Contario a lo que podría suponerse, el tiempo exiliar no tiene una relación lineal, directa, con el éxito; es un proceso circular que pasa por momentos de altas, paradas y bajas. Un porciento no despreciable de individuos con años en esta tierra no ha hecho absolutamente nada, o peor, lo ha hecho casi todo mal. Causa dolor ver a cubanos llegados en su infancia y adolescencia, con todas las oportunidades en las manos, y que sean los primeros clientes en las clínicas de desintoxicación de drogas y alcohol. Esto no es una carrera de velocidad, dicen los más viejos. Es de resistencia. En el capitalismo nadie regala nada. El trabajo y el sacrificio personal casi siempre son bien remunerados.

Mientras haya dictadura comunista en la Isla, la fuga de la Isla-Hacienda no se detendrá. Y siempre habrá un viejo cimarrón apalencado que mire al fugitivo con resquemor y sospecha desde la altura de sus propios errores. Razón tiene en parte. En el barracón el neo-esclavo recibe una buena ración de yuca, bacalao y tasajo —por supuesto, amigo lector, estoy citando a Moreno Fraginals en su libro El Ingenio—, y aquí, aunque en la libertad del monte, pagará el precio de aprender a comer raíces, miel, frutas, y lo que encuentre —otra cita del veterano Esteban Montejo en Biografía de un cimarrón.

Un familiar que vive en el frío del Norte me cuenta que jugaba squash con un norteamericano de cuello colorao. En una pausa el americano le preguntó de dónde era. Mi pariente respondió que había nacido en Cuba. El gringo, sorprendido, volvió a la carga: ¿y que hace un cubano en este lugar? ¿Cuándo viniste? A lo que “mi sangre” contestó que trabajaba como profesor-investigador en una importante universidad. Meses después, en casa, compartió conmigo esta reflexión: “nadie me hubiera preguntado en Miami que hago en esta ciudad… acaso que cuando vine. Pero entonces solo le hubiera respondido que dónde voy a ser, yo soy de aquí, de Hialeah”.


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