Actualizado: 17/05/2022 17:16
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Represión, Intelectuales

Cínicos

Existe la mala costumbre de cargarle la culpa a los “funcionarios” de todo lo tenebroso que hay en Cuba, aunque la causa del mal es del sistema político que se ha dedicado a desguazar al país y sus habitantes

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Solemos justificarnos con la perfección represiva de la dictadura castrista-estalinista; perfección que existe hasta lo perfecto casi, pero que quizás en ocasiones sobredimensionamos. De manera que debemos tomar en cuenta, también, que somos, los exilados, más de dos millones dispersos por el mundo llorando nuestras penas y, de paso, acomodándonos, mientras nos dedicamos a olvidar: no hemos intentado ni una sola vez ponernos de acuerdo para lograr una acción común, como sería recolectar diez dólares per cápita (20 millones de dólares) para colaborar de alguna manera con la reinstauración de la democracia en Cuba; es solo un ejemplo. Más bien lo que hemos hecho la mayoría es huir y esperar, sentados en el portal, a que la vida pase.

Algunos de los que en el exilio nos proclamamos intelectuales nos dedicamos a hacer enjundiosos análisis políticos, económicos, culturales, sociológicos que ya hace tiempo sabemos que no son todos necesarios; sabemos que le estamos dando vueltas a la noria: la dictadura cubana no es analizable. Estamos conscientes de que únicamente la denuncia, la crítica en directo, la exigencia de su desaparición —de la dictadura— resultan válidas; pero seguimos machacando la misma yerba. Aun en algunos de nuestros textos llamamos “Presidente” al dictador y “General” al hermano de este, quien, sin ningún mérito de guerra, recibió del primero los grados y de él heredó el cargo de Dueño de Cuba; así, “Presidente” y “General”, nominamos, sin pudor alguno, a aquellos dos que al referirse a nosotros nos llaman “gusanos”, ”vendepatrias”, “vendidos”, “cucarachas”, “miserables”, “estiércol” (claro, esto lo hacemos porque desestimamos igualarnos con ellos al utilizar su propio lenguaje). Y también nos dedicamos no pocos de los intelectuales que estamos en la orilla de acá a dividirnos, a degollarnos entre nosotros mismos, a interdemostrarnos nuestra facundia, y aun a trepar unos sobre otros en ciertos casos.

Los que estamos en la Isla, salvo excepciones honrosas, nos consagramos —en buena medida tanto como los que nos hallamos fuera— a “dejar que otro lo tumbe porque yo no lo puse”, a “yo no me meto en política” (lo justificamos con que la miseria y el pánico nos inhiben para razonar), a fingir, robar, escenificar, vendernos antes que levantar una palabra contra el régimen. Y a mirar, con los brazos cruzados, cuando el azar nos lo proporciona, cómo delante de nosotros los gendarmes castristas golpean a los pocos hombres y mujeres que se atreven a disentir.

Los intelectuales que habitamos en la Isla y disidentes en silencio, estamos bajo control; aceptamos las dádivas de la dictadura, sobrevivimos con un poquito menos de inopia que el resto de la población; publicamos libros para un público cautivo; recibimos premios y distinciones que no existen; nos abrazamos con nuestros verdugos y hasta con algún colega uruguayo o argentino castrista que nos felicita por nuestra entereza revolucionaria; les cargamos la culpa a los “funcionarios” de todo lo tenebroso que hay en el país, aunque sabemos que el pecado original es del sistema político que nos desguaza. Y muchos de nosotros despotricamos de nuestros colegas que están exilados, justo en la misma medida en que aquellos despotrican de nosotros.

No pocos de los exilados que vivimos en Canadá, Suecia, México, Chile, Italia, España nos limitamos a darle brillo solo a nuestros haberes y, como los que están “dentro”, no nos metemos en “política”; no queremos “ponernos en mal con el régimen, por gusto”; no nos interesa “un asunto que no es mío”; no participamos en un acto anticastrista organizado por tres o cuatro intrépidos o en una feria de libro o muestra de cine organizada por los mismos y con igual propósito, porque va y los chicos castristas que andan por ahí por dondequiera nos fotografían, nos filman y “los comunistas son tan terribles que nunca se sabe qué pueden hacernos”, así que mejor, oficiosos, visitamos la Embajada de Fidel Castro de por acá para untarnos ventajosamente con las sustancias de los asesinos en el poder.

Una buena parte tanto de los que estamos fuera de la Isla como de los que vivimos en ella, aceptamos ser los grandes dicharacheros; los bromistas; los que todo lo tiramos a relajo; los que mejor bailan; los ejemplares más perfectos del mundo; los más lindos; los más inteligentes; los más sensuales y sexuales; los que mejor sabemos “capear el temporal”.

Así las cosas, ojalá no llegue el día en que solo merezcamos el desprecio que se reserva para los cínicos.


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