Actualizado: 18/01/2020 16:08
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Clandestinos, Oposición, Protestas

Clandestinamente disgustados y equivocados

La indignación o la simple reprobación del acto vandálico a la imagen de quien es considerado el compatriota más universal, es justa y necesaria

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Todos somos muy ignorantes. Lo que ocurre
es que no todos ignoramos las mismas cosas.
Albert Einstein

Actos de “protesta” poco habituales recorren La Habana de estos días: los bustos de José Martí en ciertos espacios públicos de alto significado político y militar han sido ultrajados. La humillación al símbolo es derramar sobre la escultura pintura roja, como si la piedra sangrara. Las redes sociales explotan en comentarios, casi siempre condenatorios de la acción, tanto por su pobre significado opositor como por la confusión de valores. El régimen, como era de esperar, no solo se ha limitado a la investigación y el desagravio, sino que ha ligado a los autores del delito al “imperialismo norteamericano” y a sus “cómplices y lacayos”, según un ensayista orgánico —lo de orgánico no es porque en su ascenso revolucionario no haya recibido, que se sepa, fertilización material.

Hasta ahora no hay confirmación de que los autores de lo que parece una insensatez hayan sido atrapados. Lo que sí es evidente es el nivel de respuesta, no oficial, ocurrida en la Isla. En el sitio de los hechos, los jardines donde radican las revistas Bohemia y Verde Olivo, el ensayista citado acusaba una vez más a los “yanquis” de su intención de apropiarse de los destruidos edificios de la que fue una de las revistas más importantes de Hispanoamérica, hoy reducida a una magra libreta de notas escolares. Por su parte, el Órgano Oficial —este sí crecido con abundante fertilización inmaterial— ha dedicado varios trabajos al tema de los símbolos patrios, la ley y la ética ciudadana.

La indignación o la simple reprobación de cualquier cubano al acto vandálico a la imagen de quien es considerado el compatriota más universal es justa, y necesaria. De hecho, algunos opositores al régimen comunista se han pronunciado en ese sentido. Lo que resulta aún más indignante es la hipocresía de quienes condenan la ofensa a los símbolos patrios cubanos y al mismo tiempo enaltecen a un deportista que no respeta su himno nacional, la quema de banderas norteamericanas por todo el mundo, incluso las pintadas a la estatua del general Manuel Baquedano en la Plaza Italia de Santiago de Chile durante las violentas protestas en ese país hermano. Los símbolos patrios del “imperialismo” si pueden ser vejados —y también los de los enemigos circunstanciales como Chile en este momento.

La ira contra las imágenes es una respuesta natural, tal vez desmedida y poco racional del ser humano al no poder alcanzar y hacer justicia a la persona o al hecho que representa. Así ha sido durante toda la historia de la Humanidad, desde que las tribus dominaban a otras y lo primero que hacían era quemar los tótems, las banderas y otros distintivos de identidad alegórica. La humillación de la insignia es un desplazamiento emocional que sirve de alivio y al mismo tiempo de reafirmación: destruido el ícono —estatua, bandera, edificio— el vencedor siente haber ganado una parte importante de la batalla.

Eso nos lleva a un análisis serio de lo que ha sucedido con estos “Clandestinos” quienes se adjudican los actos referidos. Por supuesto, ni la prensa cubana ni los ensayistas —sean o no fertilizados— pueden o deben profundizar en las verdaderas causas que han tenido estos ciudadanos para embarrar de rojo los bustos del Apóstol. La primera “razón” fue expuesta en el párrafo anterior, y nada tiene que ver con el imperialismo ni con los “lacayos”. La cólera contra un régimen que se percibe opresivo, abusador, es expresada de esa manera en cualquier lugar del mundo. Pero, ¿Por qué contra José Martí? ¿Qué “mal” representa para los llamados Clandestinos esa imagen de nuestro patriota más ilustre?

En el caso cubano, y como han señalado muchos autores, la responsabilidad primera la tiene la llamada Revolución cubana desde el día en el que, atrapado durmiendo y llevado al Vivac de Santiago de Cuba, el ex máximo líder se paró debajo de una foto de Martí y dijo que ese era el autor intelectual de aquel suicidio. ¿Alguien puede creer que el Apóstol hubiera conducido a un grupo de jóvenes a esa carnicería sin que lo supieran hasta unos minutos antes? No fue el Difunto el primero en autotitularse heredero del legado martiano; en toda la ordalía republicana no hubo un solo presidente que no se considerara el más “martiano” y “revolucionario”. Pero ninguno tuvo un poder tan absoluto ni tiempo suficiente como para construir en la mente de sus conciudadanos el paralelismo entre él y el mártir de Dos Ríos. Esa ventaja solo la ha tenido quien sobrevivió lo suficiente para hacerlo pedestal.

Es lógico que tras muchos años de adoctrinamiento y el fracaso rotundo del castrismo en todos los órdenes, las generaciones más jóvenes la “cojan” con Martí. Y no porque este sea impoluto de errores humanos y políticos. Como afirmaba un ensayista e historiador cubano —no orgánico, fertilizado con el mejor abono capitalista—, algún día tendremos que hacer una crítica objetiva, desapasionada de nuestro héroe nacional si queremos tener una república democrática, moderna, no una dictadura patriarcal. Los jóvenes cubanos en general no pueden saber que no hay ninguna semejanza entre el Difunto y José Martí, ni en sus historias personales, el físico, la ideología de ambos, sus espiritualidades.

Martí era un hombre de ciudad, nacido en el barrio más humilde, debilucho y rodeado de mujeres, excepto por un padre comprensivamente duro con su único hijo varón. Nunca practicó deportes, pero amaba cabalgar. Jamás usó un arma de fuego contra sus enemigos y cumplió prisión siendo aún adolescente, compartiendo el trabajo inhumano en la cantera con hombres de toda ralea. Vivió en el “monstruo”, y aunque fue crítico de algunas cosas propias de un país idiosincráticamente distinto, nunca hubo rechazo a sus avances científicos o su cultura. José Martí fue muy claro en cuanto a la guerra: sin odios, breve pero necesaria. Poeta y ensayista, periodista, Martí era un hombre espiritual, masón, admiraba a la figura histórica de Jesucristo. Murió sin disparar un solo tiro, en el campo de batalla. Tenía 42 años.

El ex Máximo Líder era un campesino, nacido en un latifundio e hijo no legítimo, apellidado varios años después. Estatura impresionante, era un deportista competitivo, tenaz. Fue becario desde casi un niño; el calor del hogar apenas fue conocido por él. Sin embargo, estudio en las mejores escuelas de la Isla, y se graduó de abogado, algo que ejerció poco y sin fortuna. Las armas de fuego eran lo suyo desde aquellos turbulentos días universitarios. A pesar de estar complicado en varios asuntos legales, jamás pisó una celda hasta el ataque al segundo cuartel militar de Cuba. Pasó unos meses en la cárcel, inventado recetas de cocina, leyendo de todo y sin oír música —“no me traigan el tocadiscos”. Al vencer a una dictadura corrupta y asesina, aseguró medio siglo de poder, y su nombre está inscrito, indeleble, en la historia del Siglo XX.

Convertido a la ideología comunista, se dijo materialista de toda la vida. No hubo conflicto en América Latina, Asia o África donde directa o indirectamente no participara. Aunque decía odiar profundamente a los “americanos”, y como pocos los conocía, solía compartir veladas y mojitos con sus senadores y políticos. Era incapaz de escribir una línea con coherencia y belleza. Pero era un orador consumado, de memoria elefantiásica. Murió en su cama, en una fortaleza moderna e inexpugnable en uno de los barrios más exclusivos de La Habana. Iba a cumplir 90 años.

Lo más grave de lo sucedido con los bustos de José Martí no es el acto en sí, sino lo simbólico del desatino: la mayoría de los jóvenes cubanos desconocen el Apóstol verdadero, y lo vinculan al desastre, a la falta de una vida feliz y con esperanzas. Ante la ausencia de bustos y estatuas del Difunto, el verdadero culpable, quien como sabia y premonitoriamente había dejado claro en su testamento que no los quería, los “Clandestinos” la emprendieron con el menos responsable, José Martí. Esa es quizás la lectura más alarmante y triste de todo este penoso episodio.


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