Actualizado: 24/05/2024 14:27
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Clásico: Cuba Roja y Cuba Azul

Ahora la discusión es si es ético, moral, volver a jugar con la camiseta de las cuatro letras y bajo qué condiciones

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En mis imborrables recuerdos de pequeño está ir al “Latino” —antiguo estadio del Cerro— con mi padre y ver jugar béisbol al Cuba Rojo y al Cuba Azul. Faltaría a mi memoria si afirmara que en la lomita estaban los meteóricos José A Huelga por un equipo, y Braudilio Vinent por el otro. Tampoco puedo recordar con exactitud tantas estrellas sobre el terreno; jugaban con el corazón y hacían, a los chicos, llamarnos por sus nombres cuando jugábamos al “cuatro esquinas”. Probablemente en esos días era tanta la calidad de la pelota cubana, que el Rojo y el Azul debían topar para seleccionar los mejores para el equipo nacional.

Eran tiempos de inocencia inducida. Los más jóvenes no supimos que al Norte otras estrellas llamadas Luis Tiant y Minnie Miñoso ya no alumbraban los parques cubanos de beisbol porque eran profesionales de la “pelota esclava” —los esclavos no cobran por jugar. La esclavitud beisbolera había dado paso al “amateur” en la Isla: los peloteros pasaban el año jugando y “trabajaban” como camioneros, electricistas y albañiles al mismo tiempo gracias al don de la ubicuidad castrista. No había certamen internacional que no ganaran. Sus oponentes, además de imberbes estudiantes de universidades, necesitaban ese empujón aficionado para llegar a las Ligas Mayores.

Un buen día un pelotero llamado Euclides Rojas —nada que ver con el matemático griego— tomó una balsa y apareció en la Base Naval de Guantánamo. ¿Por qué el caso de Euclides fue tan ‘sonado’? ¿Podría decirse que era de los mejores pitcher? ¿Por qué Bárbaro Garbey, quien también tomó la vía de escape marítima por el Mariel no fue tan mentado en Cuba? Ni la geometría euclidiana podría descifrarlo. En un año lleno de calamidades y dolor, que uno de nuestros ídolos abandonara la Isla en 1994 —¿traicionara?— era algo que muchos deseaban hacer.

Después de Euclides otros han seguido el camino del exilio. Será imparable. Saber que se tienen cualidades extraordinarias, y una vida deportiva corta, son motivos humanos para buscar mejor futuro. Las medallas y los títulos no se comen, no alimentan a la familia. Dentro de esa pertinaz costumbre de hacer invisibles a los que les adversan, la Involución ha tomado siempre la postura menos ética y contraproducente: borrar los récords y los nombres. No es ético porque los campeones existen fuera e independientemente de la mala conciencia del régimen: son “verdades objetivas”. Contraproducente porque todos saben quién fue Duke Hernández y quien el Capitán de capitanes, Antonio Pacheco. Darles invisibilidad solo refirma la naturaleza patibularia de los mayorales de la Hacienda.

En artículo anterior reflexionaba sobre el deporte como una vía para acercar seres humanos de distintas ideas y proyectos. Ha sucedido antes entre naciones. En la Sudáfrica de Mandela un equipo de rugby multirracial ganó el mundial de 1995. Suele pasar con ciertos regímenes autoritarios, quienes “perdonan” a sus deportistas alguna declaración disidente. Para ellos, si los jugadores compiten y ganan medallas está en su cálculo político; además de lavarles la cara ante la comunidad internacional, permite acceder a financiamiento de organismos deportivos mundiales.

Sin embargo, el caso Cuba es muy particular por ser el beisbol deporte nacional e incluso la diferenciación cultural del colonialista peninsular, quien prohibió el juego dándole así carácter de rebeldía. Hace años el dilema era si debía o no hacerse un equipo Cuba integrado. El conflicto ha sido resuelto: existe el equipo y está en el Clásico de Béisbol.

Ahora la discusión es si es ético, moral, volver a jugar con la camiseta de las cuatro letras y bajo qué condiciones. Después de sufrir todo tipo de vejámenes, someter a la familia a escarnio público —actos de repudio— y prohibir por un tiempo la salida de Cuba… ¿es honorable integrar el Team Cuba? ¿Se puede separar al deportista o al artista de su ideología, de su hacer político? El deporte, ¿es un margen estéril donde cabe el “gusano” y el “compañero involucionario”? ¿Un jonrón lleva la consiga por encima de la cerca de los 400 pies?

Podríamos ver las cosas más allá del terreno de pelota. Una visión optimista, diría inocente: al menos para representar a Cuba los de Aquí y los de Allá se han puesto de acuerdo. Estamos obviando que es La Habana quien puso las condiciones: no llamar a quienes desertaron —excelente palabreja castrense— en una competición internacional.

Aquí comienza a enredarse el juego. Cuando algunos creíamos que era posible y conveniente, al ganar el juego con Taipéi, el Designado se aparece con esta perla: “Cuba vuelve a ser el EQUIPO. ¡Qué juegazo el de anoche! Con una hora menos, la madrugada tuvo decenas de emociones más. Que se repitan”.

Sin duda, son declaraciones que irritan por su desfachatez. Pero… ¿a qué Cuba se refiere el Puesto-a-Dedo? Es la “Cuba Roja” comunista, la misma que tanto ha hecho sufrir a deportistas y sus familiares por buscar un mejor futuro? ¿O habla de una Cuba Azul, la nación que nunca debió estar dispersa? ¿Quiso decir que este es un primer paso para que todos, sin excepción, integremos el EQUIPO MAYOR llamado Cuba?

Sin exilio no hay país. La mejor conclusión es que sin la Cuba “de afuera”, esa de deportistas, científicos, artistas, trabajadores y campesinos en el exilio, no pueden ganar ni un campeonato de Taco. Mucho menos ganar la lid de la vida y la prosperidad en común.

Porque si el único objetivo del Continuismo Canélico ha sido ganar una ronda, y anunciarse eufóricamente, como hace la prensa oficial, que van en franca resurrección deportiva, está muy claro que los peloteros fugados del Barracón-Isla nunca debieron participar. Si, al contrario, este paso del Canelato anuncia que trabajan para unir, no en separar a quienes piensan distinto, y esto es una suerte de “diplomacia de las bolas y los strikes”, quienes no fueron estaban equivocados. Han perdido la oportunidad histórica de ser bisagras del tiempo.

Así debería terminar este partido: Cuba Roja y Cuba Azul, empatados en un solo equipo, como los colores de nuestra bandera. Entonces podríamos exclamar, junto al llamado filósofo del beisbol, Yogui Berra: “El futuro no es lo que solía ser”.


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